Pedro Aranda presenta su primera novela en Colombia con una interesante campaña

Publicado por: felipe.lopez el Mar, 09/06/2020 - 19:20
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El escritor español Pedro Aranda presenta 'El Ruido que nos Separa', su primera novela, y explica una interesante campaña para moverlo.
Pedro Aranda
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Cortesía Pedro Aranda

Pedro Aranda es un escritor español con una onda rocanrolera que muchos relacionan con su propio estilo de literatura. Con solo una obra en su haber, ‘El Ruido que nos Separa’ ya va en una tercera edición, algo interesante es que cada capítulo él lo relaciona con alguna música que cuadre perfectamente con lo que él expresa en palabras, además el libro tiene su propia playlist.

El libro del ibérico iba a ser lanzado en Colombia, pero por la cuestión de la emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 se ha retrasado. Pero el autor propuso una campaña que resulta interesante en estos tiempos de distanciamiento social y confinamiento obligatorio, se llama ‘Un Libro a 10 manos’, “Cuando sacas tu primera novela, lo que te interesa es llegar a la mayor cantidad posible de gente, con independencia de que se vendan más o menos ejemplares”, expresó Aranda.

La campaña consiste en que su novela ruede por manos de varios personajes de opinión en Colombia y lectores voluntarios, “La idea es que la gente que lea la novela escriba en los espacios en blanco del libro una frase, un párrafo o una reflexión de lo que le sugiera el capítulo que esté leyendo, o de algún personaje de los que aparecen en él. ¡Pero sin hacer spoiler!”, explica Pedro Aranda.

A continuación, el autor da más detalles de sus proyectos:

¿Cómo surge la idea de la campaña: 'un libro a 10 manos'? 

“Nace de la imposibilidad de mandar ejemplares al continente debido al confinamiento global al que nos hemos visto obligados a someternos por causa de la pandemia. Casualmente, justo antes de la cuarentena, había mandado un libro a Colombia, y así surgió la posibilidad”.

¿De qué trata su libro? 

“Es una colección de historias entrelazadas y fragmentadas que oscilan alrededor de un combate de boxeo sobre el que hay demasiadas miradas puestas. Es como esas películas modernas que hacen ahora donde no hay un único personaje protagonista, sino que el peso de la trama está compartido. Pero no es un libro sobre boxeo, ni mucho menos. El tema me interesaba principalmente como escenario para el verdadero combate que libran los protagonistas, que es, nada más y nada menos, que contra ellos mismos, que se tiran todo el libro arrepintiéndose de algo que han hecho o dejado de hacer en su pasado, y tratando de arreglar las cosas. Y ese es el hilo conductor de la trama: la mala toma de decisiones y el cargo de conciencia que se les ha quedado dentro a los personajes, a modo de ruido que tratan de silenciar a través de unos actos que van desencadenando una serie de situaciones inesperadas. Por cierto, hubo un momento en el que dudé en si utilizar como telón de fondo el boxeo, o el chessboxing, ya sabes, el deporte ese en el que se intercalan tres minutos de boxeo con cuatro minutos de ajedrez, pero no pensé que ninguno de los protagonistas del libro supiera jugar al ajedrez, y abandoné la idea. 

¿Escribe en papel? 

“Es algo que ya me han preguntado alguna vez. En mi caso es imposible escribir en papel porque elimino la mayor parte de lo que hago, y no está el planeta como para estar talando árboles. Creo que, para escribir en papel, debes poseer un talento natural para la escritura y tener muy claro lo que quieres escribir en ese momento. Y yo no tengo ni lo uno ni lo otro. Además, que luego habría que hacer el trabajo doble, al tener que pasarlo a digital, y yo estoy muy mayor ya como para gastar las pocas energías que me quedan en hacer lo mismo dos veces. Para mí lo ideal es lo que dicen que hace Murakami, y que yo no me creo, pero me parece genial que simplemente exista esa posibilidad. Al parecer, Murakami ya no escribe. Él se dedica ya únicamente a correr maratones. Sus razones tendrá y yo no soy quién para juzgarlas. Pues bien, si no me han engañado, Murakami hombre es una cosa, y Murakami empresa otra. Y lo que nosotros creemos que es Murakami hombre, en realidad es Murakami empresa. Los que escriben sus libros son unos trabajadores, con sus honorarios mensuales, y sus vacaciones y días de libre disposición, como tenemos todos, que trabajan en la empresa Murakami, que tiene hasta su logo con la M muy grade en la puerta, y que, por supuesto, también está en la ropa de trabajo que son obligados a llevar. Ellos, que son unos estudiosos de la obra del “maestro”, como así lo llaman, es decir, de Murakami persona, son los que escriben los libros, o, mejor dicho, el borrador de los libros, que luego Murakami persona obliga a que se lo graben en audiolibro para que él pueda escucharlo con sus auriculares de última generación allá por donde esté corriendo. Y es entre trote y trote cuando Murakami persona, algo que todavía sus trabajadores, asombrados, no entienden cómo puede hacerlo, corrige los libros y manda realizar los cambios una vez que se ducha en el hotel y se pone fresco. Yo, como decía antes, no me creo que eso sea cierto, pero cosas más raras se han visto”.

Pedro Aranda

¿A qué público va dirigido 'El ruido que nos separa'?

“¡Qué pregunta más difícil! La verdad es que nunca me la había planteado. Tengo un amigo, por ejemplo, que es músico, pero además, músico de raíz, de estos que tocan el banjo, que se dejan la uña del dedo pulgar larga para que haga de púa, que te tocan la guitarra a la vez que tienen la armónica colgada del cuello con unos hierros de esos que recuerdan a cuando éramos pequeños y a alguno de los niños les ponían los aparatos esos para enderezarle la espalda que les hacían parecer robots, etc. Ya me entiendes. Pues este amigo no lleva muy bien la moda esta de ahora en la que a todo el mundo le gusta de todo. Ahora, la gente va a una tienda de música y lo mismo te compra un disco de Aterciopelados, por ejemplo, por nombrarte una bandaza que tenéis allí, que del ganador de Operación Triunfo, Got Talent y programas de estos. Así que este amigo mío que es músico dice que el próximo álbum que saque va a ir acompañado de un examen de cultura general, con varios contenidos, desde simples ecuaciones matemáticas de despejar una incógnita a preguntas de psicotécnicos sobre cuál es la figurita que va después en una serie. Y al que no lo apruebe, el dueño no le puede vender el disco. Evidentemente, yo no comparto para nada esa filosofía. Mira, volviendo a tu pregunta, te diré que hace muy poco recibí un mensaje en el teléfono de un número que no tenía grabado en la agenda (para qué voy a mentir, sí lo tenía grabado, pero con el nombre NO RESPONDAS) en el que esa persona me decía que estaba muy intrigada en saber cómo terminaba una de las historias del libro. Esta persona, que la conozco muy bien (mejor dicho, la conocía muy bien) no era precisamente muy lectora. Era vegana, creía en la reencarnación y esas cosas. La última vez que la vi fue como hace seis o siete años. Yo ya sabía que esa iba a ser la última vez. Y ella también. Decidí acompañarla a casa porque era ya muy tarde, aunque andando ligeramente más despacio que ella y sin decirnos nada, hasta que llegamos a su calle y me paré en el punto en el que consideré oportuno que debía quedarme. Y allí la vi alejarse poco a poco hasta que entró en su edificio sin ni siquiera girarse. Así que, tratando de responderte, creo que es un libro muy fácil de leer, incluso para gente que no es muy lectora”.

Por cierto, sí respondí al mensaje. 

Para terminar, háblenos un poco de usted. ¿Qué va a ser lo primero que haga cuando termine el proceso de desescalada por la pandemia?

“La verdad es que no pienso mucho en ello. En lo que sí pienso, sin embargo, es en lo último que hice justo antes del encierro. Y fue tomarme un café en un bar al que entré porque me sorprendió de pronto una lluvia muy intensa. Pues bien, mientras el dueño se encontraba en la cafetera, me fijé en que no apartaba su mirada de la televisión. Allí, en un programa de estos de magia en los que ves a la gente hacer cosas raras, como bajar tan tranquilos por las ventanas andando desde lo alto de un rascacielos, había un mago que hacía movimientos con su mano por debajo de una mesa, y luego un vaso, por encima, se movía al compás. Y este hombre, echándome más baileys del que debería al café porque no dejaba de mirar al televisor, me decía que eso que estaba haciendo el mago era imposible. Yo le dije, para quitarle dramatismo al asunto y para que el hombre se tranquilizara -porque lo estaba viendo realmente nervioso con el tema-, que seguramente el mago tendría un imán con el que estaría moviendo el vaso desde debajo de la mesa. Pero nada. El hombre decía que iba a cambiar de canal porque esas cosas le daban miedo y que eso del imán no tenía ni pies ni cabeza. Recuerdo que ese señor me provocaba una sensación rara cuando me miraba. Era de ese tipo de personas que cuando se te acercan, se te olvida la alegría. El caso es que luego pasó a otro canal en donde estaban dando un especial del avión aquél que se perdió en mitad del océano Pacífico hace unos años y del que nadie sabe todavía nada, y en el que hablaban de los restos que se habían encontrado después en una isla remota. Y en ese programa se quedó el dueño de la cafetería, con el dedo apretado en el botón del mando a distancia sin soltarlo, mientras yo le pagaba el café, hablando de distintas teorías de la conspiración (que si había un pasajero molesto para el gobierno, que si alguien puso aposta a pilotar el vuelo a un piloto que tenía el cerebro como el patio de un manicomio, y cosas así). Y justo al irme le escuché referirse a mí en voz baja: “Un imán, dice. ¿Y lo del avión también, no? Qué disparate”. Y yo he pensado mucho en todo eso durante el encierro. Y creo que esta historia tiene una buena metáfora, pero todavía no sé muy bien cuál”.