Tras las huellas de los paras de Yarumal

Tras las huellas de los paras de Yarumal

8 de junio del 2011

Olga Behar, periodista, politóloga, escritora, se ve muy tranquila. Está sentada en el comedor de su apartamento, un piso alto donde el viento suena como un lobo. Toma café. De pronto se pone de pie y acomoda un cuadro torcido. Behar confiesa, riéndose, que es psicorrígida. Más aún con sus escritos. Su último libro, El clan de los doce apóstoles, está blindado. Antes de enviarlo a la imprenta, el manuscrito fue sometido a la revisión, línea por línea, de dos abogados. Quería asegurarse de que todo era cierto y comprobable. Tener la certeza de que cada frase tenía un sustento, una prueba documental, testimonial. Así, en caso de una demanda de los protagonistas de esas páginas, la acción se estrellaría con una obra periodística sin fisuras, sin grietas. Un  balín.

El libro, después de pasar la prueba de fuego de los juristas, se publicó y es uno de los más vendidos de Colombia en el último mes. Ahí, en 326 páginas, se cuenta la historia y los crímenes de Los doce apóstoles, un grupo paramilitar al que se le atribuye por lo menos cien asesinatos y que operó en Yarumal, un municipio del departamento de Antioquia, en los años noventa.  Pero no sólo es eso. El foco de la historia está puesto en un hombre con poder.

“Aunque yo no soy juez, mi libro da a entender que Santiago Uribe Vélez, el hermano del ex presidente Álvaro Uribe Vélez, estaría implicado directamente con el grupo paramilitar Los doce apóstoles”.

Santiago Uribe en una reunión con Fabio Ochoa.

El por qué

Olga vuelve a ponerse de pie. Ahora busca entre su maletín de docente de periodismo unas hojas arrugadas. Son cinco y hacían parte de El clan de los doce apóstoles, pero fueron eliminadas de la primera edición del libro para mantener su precio: $39.900.

Las hojas están tituladas ¿Por qué? Es un prólogo, una explicación al lector de cómo nació la obra. Olga Behar lo lee en voz alta.

El resumen de esa lectura es más o menos así: Behar, por asuntos familiares, conocía de forma superficial al mayor retirado de la Policía Juan Carlos Meneses, quien había sido comandante de la Policía en Yarumal en los años noventa. Incluso, una vez había compartido un almuerzo campestre con él. Y había un detalle que no entendía: ¿por qué un Mayor de prestigio, con condecoraciones, optó por pedir el retiro de la institución cuando estaba a punto de convertirse en Coronel? El olfato de la periodista se estaba alertando.

Un amigo de Behar, que perteneció a la Policía, le confesó que él también pensaba que había algo raro. Le aseguró, además, que oyó rumores que contaban que Meneses había estado involucrado en hechos sucedidos en los años noventa relacionados con la muerte de unos civiles en Yarumal, y que ese proceso judicial “volvió a despertarse”. También le contó que el Mayor ya había estado preso por ese asunto.

Olga supo además de un expediente abierto contra Meneses por sospechas de su participación en acciones de grupos paramilitares. Sigue leyendo el prólogo inédito.

“Ese hombre bueno, de conversación amena, que demostraba devoción por sus pequeños hijos, ese policía ejemplar, ¿era un paraco? No podía creerlo y empecé a preguntarme ¿por qué?… hasta que una noche vi su rostro y escuché su voz en televisión. Allí, en Noticias Uno, el segmento televisivo colombiano de mayor credibilidad, estaban su cara pulida, su pelo perfectamente recortado, sus ojos expresivos, su boca, que despachaba palabras que surgían a borbotones por entre sus dientes perfectos; allí empezaron a aparecer las respuestas. Quedé paralizada: que los Doce Apóstoles, que Santiago Uribe el hermano del Presidente, que el muerto acá, que el asesinado allá… un paraco más. Y yo había estado sentada frente a él, viendo sus manos cómplices acariciando la cabeza de su niño”.

(El Mayor Juan Carlos Meneses fue quien denunció públicamente a Santiago Uribe Vélez como cabeza del grupo paramilitar Los doce apóstoles).

“Las reacciones del país a sus revelaciones fueron de todo tipo. Con un pie fuera de la Casa de Nariño, el Presidente Uribe y sus allegados desmintieron y acusaron al Mayor Meneses. Narcotraficante, asesino, de allí no lo bajaron. Desempolvaron expedientes, llamaron idiotas útiles al admirado Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel (bajo cuyo abrigo Meneses hizo las denuncias en Buenos Aires), y al periodista del prestigioso Diario Página Doce, que lo entrevistó. Pero había piezas de ese rompecabezas que no calzaban. No es el típico paramilitar, pensé. Habría que buscarlo, pero no sabía muy bien cómo. Será que la telepatía existe. Pocas semanas después, recibí una llamada. El Mayor Meneses quería encontrarse conmigo. Quería contar su historia. Quería contarle al país la verdadera historia de Los Doce Apóstoles, que tanto terror sembraron en Antioquia, cuando Álvaro Uribe Vélez era el gobernador de ese departamento”.

Olga suelta las hojas. Enseguida cuenta que frente al televisor, mientras escuchaba a Meneses denunciando, se dio cuenta de que tenía una historia poderosa por contar, un capítulo de la historia del paramilitarismo en Colombia que, explicándolo, daría pistas para entender el fenómeno “para” en toda su complejidad.

Pensó entonces en el libro. En uno que no fuera sólo el testimonio de Meneses acusando a Santiago Uribe Vélez. No. Eso sería lo de siempre: la voz de uno, contra la voz del otro. El libro sería el testimonio de Meneses, sí, y un trabajo de investigación exhaustivo que comprobara que todas sus palabras eran ciertas. O no.

Santiago Uribe siempre le dijo al comandante de la policia de Yarumal, Juan Carlos Meneses, que estuviera tranquilo, que contaban con amigos en la Fiscalía y algunos magistrados.
El cómo

Cuando terminó la emisión de Noticias Uno, Olga Behar se confrontó. Ella, que es periodista desde hace décadas, que es reconocida, que ha contado en libros parte del conflicto y la historia de  Colombia Las guerras de la paz, Noches de Humo‒, no había intuido todo lo que estaba detrás de Meneses. Incluso se fustigó: ¿se me olvidó el periodismo o qué?

Fue cuando se trazó un reto: escribir la historia sin importar los riesgos que tenía o, de lo contrario, retirarse y dejar de hacer periodismo, y eso incluía a la docencia.

“Osea: era escribir el libro, o dedicarme a vender empanadas. Porque no sería capaz de enfrentarme a la vida, a mis hijos, a mis estudiantes para decirles mentiras, para decirles hagan lo que yo no hago. El periodista no se puede quedar callado”.

Esa frase suelta así ante un reportero suena más fuerte que el viento en ese apartamento.

Fueron 9 meses de trabajo. Olga Behar viajó a Buenos Aires, a Caracas y otro lugar que no puede revelar, para encontrarse con Meneses. Fotocopió, además, todo el expediente judicial de Los doce apóstoles, tan grande, que las copias le costaron $300.000. Clasificó documentos, señaló con diferentes colores qué se decía ahí, pidió la hoja de vida de Meneses, habló con abogados de las víctimas del grupo paramilitar, se sumergió en todo ese universo que había entre la palabra del Mayor de la Policía y la palabra de los acusados. Y escarbó, hurgó, comprobó, descartó.

El 31 de enero de 2011, en la noche, terminó el libro.

“Con mi editor tuvimos un sistema de comunicación a la antigua, muy cercano al que podían tener los abuelitos. Es decir: nunca entró una coma del trabajo a la Web, nunca se habló del tema por el teléfono, nunca se chateó. Al punto que en el proceso de impresión me mandaron el borrador del contrato con la editorial (Ícono). Eso fue lo primero que entró por la web. El contrato decía: para el libro La última cena. Yo llamé al editor y le dije: ¿le cambiaste el nombre al libro? Quedé como desorientada. Él me dice: usted sí es muy bruta, ¿no? Lleva nueve meses trabajando en la clandestinidad y ahora quiere que yo rompa eso. Nos reímos”.

Yarumal, Antioquia, el pueblo donde Los 12 Apóstoles cometieron varios asesinatos bajo el apelativo de “limpieza social”.

El qué

Pocos sabían en qué andaba Olga Behar. Sus estudiantes, por ejemplo, sospechaban por tanto viaje y tanto aplazamiento de clases que estaba haciendo un libro, pero que a lo mejor era sobre la toma al Palacio de Justicia, una continuación de Noches de humo. Olga, claro, no lo desmentía.

Ese silencio se debía a que estaba en terrenos peligrosos. Su investigación cuenta cómo estaría conformado ese grupo: Santiago Uribe a la cabeza; ganaderos como Álvaro Vásquez, “el Financista”, y curas como Gonzalo Javier Palacio, el sacerdote de Yarumal ‒de ahí, al parecer, viene el nombre del grupo‒, lo secundaban. Y debajo de ellos estaban sicarios como alias “Rodrigo”, encargado de la red urbana, y Hernán Darío Zapata, alias “Pelo de Chonta”, encargado de la red rural.

En el libro de Olga se dice, además, que Los Doce Apóstoles actuaban en alianza con la Policía y el Ejército. Y que quien iba a ser gobernador de Antioquia en la época lo conocía todo: Álvaro Uribe Vélez.

En esas páginas se lee una teoría: el paramilitarismo nació en Colombia para acabar con la guerrilla, sí, pero también, con las Farc, controlar el negocio del narcotráfico. Ese sería el objetivo principal, de fondo. Un asunto económico.

Un capítulo de El clan de los doce apóstoles está dedicado a la historia del paramilitar Francisco Enrique Villalba Hernández, alias “Cristian Barreto”, quien en el proceso de Justicia y Paz habló de Santiago Uribe Vélez, a quien acusó de respaldar a las autodefensas que operaban en Santa Rosa de Osos, un municipio de Antioquia que limita al norte con Yarumal. A Villalba lo mataron.

Olga también narra la vida del Mayor Meneses, un hombre implicado en toda esta trama porque trabajó como comandante de Policía de la mano de Los Doce Apóstoles, y que dice tener una prueba reina de todo lo dicho: una grabación de una conversación  con el capitán de la Policía Pedro Manuel Benavides Rivera, quien trabajó en Yarumal antes de que Meneses llegara, “en donde él dice que sí recibió plata de Santiago para que el grupo de Los Doce Apóstoles actuara”.

El libro le dedica un par de páginas a Alberto Uribe Sierra, el papá de Santiago y Álvaro Uribe Vélez, en las que se lee que tuvo presuntas relaciones con el narcotráfico y el clan de los hermanos Ochoa.

En el muro de Facebook de Olga Behar, entonces, hay una palabra que se repite: valiente, le escriben.

Olga Behar viajó a Buenos Aires, a Caracas y otro lugar que no puede revelar para encontrarse con Meneses, el principal testigo de las acciones de Los Doce Apóstoles.

El epílogo

El viento sigue sonando como un lobo. Olga Behar sigue conversando en el comedor de ese apartamento en el que está por temporadas. Entra y sale, entra y sale. Su vida es itinerante, de viajes constantes. Por seguridad. ¿Tiene miedo? Ella dice que lo siente, aunque se nota muy tranquila. Enseguida habla de una familia disuelta por su oficio. Su hija se fue a estudiar al exterior por decisión propia. Su hijo, en cambio, lo hizo “para prevenir cosas que pueden pasar, pero que espero que no sucedan”. Y agrega: “Hay personas que dicen que la gente de la que hablo en El clan de los doce apóstoles es gente honorable y no van a hacer nada. Espero que sea así”.

Su principal anhelo con el libro es que “la gente lo lea. Y a nivel de justicia, que el proceso se reactive. Yo lo que quiero es que se investigue esto como se debe investigar, por las víctimas. Hay crímenes de grupo sucedidos a principios de los 90 que en dos años podrían prescribir. El expediente de Los Doce Apóstoles es un monumento a la impunidad”.

(En el libro se lee lo siguiente: En el proceso judicial  de Los Doce Apóstoles, Santiago Uribe Vélez ha sido beneficiado por dos autos inhibitorios: el primero en 1996, y el segundo en el 2000. En noviembre de 2010, el caso fue reabierto).

Olga Behar sigue hablando: “Esta obra demuestra que estábamos equivocados. Que el Ejército y la Policía sí podían combatir a la guerrilla, al narcotráfico. Lo que pasa es que se hicieron los de la vista gorda, no quisieron combatirlos. Ese fue el argumento para montar el paramilitarismo en este país. Y yo no justifico eso. En lugar de estar buscando a privados que hagan justicia con su propia mano, lo que hay que hacer es fortalecer las Fuerzas Armadas”.

Hasta ahora, Olga Behar no ha recibido amenazas por lo escrito.  Pero sí ha pasado que desde que se publicó la obra, a su teléfono llaman y cuelgan, llaman y cuelgan. No sabe por qué.

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