La casita de Bad Bunny, historia, diseño y por qué es tan famosa

Vie, 23/01/2026 - 17:42
Una estructura rosa, pequeña por fuera, gigante por dentro, se convirtió en la obsesión silenciosa de los shows de Bad Bunny.
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Bad Bunny vuelve a ser tendencia en Colombia por los tres conciertos que dará en Medellín, y mientras crece la expectativa por el espectáculo, hay un elemento que despierta una curiosidad constante entre fans y seguidores, la casita rosa de Bad Bunny, una estructura que parece sencilla, pero que concentra diseño, ingeniería y un fuerte mensaje simbólico.

La casita fue diseñada por la puertorriqueña Mayna Magruder, y desde su concepción se pensó como una pieza funcional dentro del show, no como un simple fondo visual. Su tamaño permite que en el interior puedan estar hasta 30 personas al mismo tiempo, un dato que la convierte en un espacio íntimo dentro de un concierto masivo, algo poco común en escenarios de estadio.

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Uno de los puntos más llamativos es su balcón, que tiene capacidad para 15 personas adicionales. Desde allí se obtienen algunas de las imágenes más compartidas de los conciertos, ya que combina cercanía con el artista, vista panorámica del público y una estética fácilmente reconocible. Esa combinación explica por qué aparecer en la casita se ha vuelto una especie de símbolo de acceso exclusivo.

El techo es otro de los detalles que más llama la atención. A diferencia de una escenografía tradicional, la casita está diseñada para soportar peso real, puede aguantar hasta 20 personas de manera simultánea sobre su estructura superior. Este dato técnico no solo habla de su resistencia, también explica por qué la casita se utiliza activamente durante los conciertos sin comprometer la seguridad.

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Si se suman todas sus áreas, la casita puede albergar hasta 65 personas entre interior, balcón y techo, una cifra que sorprende si se considera su apariencia compacta. Esa contradicción entre tamaño visual y capacidad real es parte de su magnetismo, parece pequeña, pero funciona como un microescenario dentro del espectáculo principal.

Más allá de los números, la casita tiene una carga simbólica clara. Su diseño remite a la vivienda típica caribeña, con balcón frontal, colores llamativos y una sensación de hogar. En medio de luces, pantallas gigantes y sonido de estadio, la casa introduce una escena doméstica que conecta con la idea de origen, barrio y pertenencia, temas recurrentes en la narrativa de Bad Bunny.

En otras ciudades, la casita se ha convertido en tema recurrente en redes sociales, no solo por su estética, sino por la pregunta constante de quién logra estar allí durante el concierto. Esa dinámica ha transformado la estructura en un objeto de deseo visual, donde una sola foto basta para generar conversación.

Ahora, con Medellín como una de las paradas más esperadas de la gira, la casita vuelve a ponerse en el centro de la atención. No es grande, no se mueve, no canta, pero dice mucho. En el universo de Bad Bunny, incluso una casa rosa puede convertirse en protagonista, porque no está ahí para llenar espacio, está ahí para contar una historia.

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