La soledad de nuestra época

Mié, 14/01/2026 - 09:15
Esta cultura produce individuos hiperactivos y espiritualmente exhaustos. Mucha ansiedad, y movimiento, pero poca dirección.
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Cortesía Engin Akyurt

Éxito por fuera, devastación por dentro

Hay una soledad que no se confiesa porque no encaja en el relato del éxito. No hace ruido ni se declara en crisis. Es funcional, educada, productiva. Se levanta temprano, cumple responsabilidades, responde mensajes, sonríe cuando corresponde y repite la frase socialmente aceptable: todo bien.

No nace de la ausencia de personas, sino de algo más profundo e incómodo: la pérdida de interioridad. Vivimos volcados hacia afuera, atentos a la imagen, al rendimiento, a la aprobación constante. Nos mostramos más de lo que nos habitamos. Y cuando el centro interior se vacía, ningún vínculo logra compensarlo. Nunca hubo tanta comunicación. Nunca hubo tan poco encuentro real.

Comunicar no es encontrarse

La tecnología no es el enemigo. El problema es la ilusión que construimos alrededor de ella. Confundimos comunicación con cercanía, intercambio con vínculo, visibilidad con presencia.

Hablamos mucho, reaccionamos rápido, opinamos de todo, pero rara vez permanecemos. Respondemos, pero no sostenemos. Estamos conectados, pero no disponibles de verdad.

El encuentro humano exige tiempo, silencio y una renuncia que esta cultura evita: dejar de administrar la imagen que damos. Encontrarse implica exponerse, aceptar el ritmo del otro, tolerar la incomodidad de no controlar la escena. Por eso escasea.

El éxito como culto

A este empobrecimiento interior se suma un fenómeno dominante: el culto al éxito. El éxito funciona hoy como una religión sin trascendencia. No promete sentido, pero exige sacrificios constantes: tiempo, vínculos, descanso, silencio, reflexión.

Hay que rendir, producir, avanzar, crecer, destacarse. Y si no se puede, al menos parecerlo. El valor personal se mide en resultados visibles y la vida interior queda relegada a un asunto secundario. Detenerse se vuelve sospechoso. Dudar es debilidad. Confesar cansancio, fracaso. Así, la persona aprende a vivir desde la exigencia permanente, desconectada de lo que siente y de lo que necesita.

Dinero, imagen y aprobación

El dinero deja de ser medio y se convierte en identidad. La imagen deja de expresar y pasa a exigir coherencia constante. Los “likes”, las visualizaciones y la aprobación digital se transforman en indicadores silenciosos de valor personal.

Cuanto más dependemos de esa validación externa, más frágil se vuelve la identidad. El aplauso no acompaña, no sostiene y no ama. Solo entretiene. Y cuando el aplauso desaparece, aparece el vacío. Se vive pendiente de ser visto porque ya no se sabe quién se es cuando nadie mira.

El consumo emocional y sexual del otro

En este contexto, también el vínculo se degrada. El otro deja de ser misterio y amor para convertirse en recurso. Aparece el consumo sexual y emocional: personas usadas como estímulo, como escape, como confirmación momentánea de valía.

Relaciones rápidas, intensas, descartables. Cercanías sin compromiso. Sexo sin encuentro. Emociones compartidas sin responsabilidad. No se busca compartir la vida, sino anestesiar la ansiedad. Pero el vacío no se calma así. Se profundiza.

Cada vínculo usado deja un poco más de desgaste interior.

La gran mentira: “estoy divinamente”

Konciencia
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Cortesía Maria Budanova

Pocas frases condensan mejor la crisis contemporánea. Estoy divinamente se dice para no incomodar, para no quedar mal, para no parecer débil. Se dice como reflejo, aunque no sea cierto.

Se dice mientras por dentro hay cansancio, confusión, tristeza, irritación contenida, una agitación que no encuentra reposo. Mentirse se vuelve hábito. Y toda mentira sostenida tiene consecuencias.

El costo es la desconexión interior. Quien niega sistemáticamente lo que le pasa termina volviéndose extraño para sí mismo. Y quien se abandona por dentro acaba solo, incluso acompañado.

Ansiedad y agitación sin centro

Esta cultura produce individuos hiperactivos y espiritualmente exhaustos. Mucha ansiedad, y movimiento, pero poca dirección. Mucha ocupación, poco sentido. No hay tiempo para pensar ni espacio para sentir.

Detenerse se vive como amenaza, porque detenerse obliga a escuchar. Y escuchar puede derrumbar la narrativa de control. Por eso el ruido es constante, la agenda está llena y el silencio incomoda.

La soledad moderna no es reflexiva: es agitada y confusa

Cuando el cuerpo habla

Cuando la interioridad se descuida, el cuerpo interviene. Ansiedad persistente, insomnio, tensión constante, tristeza difusa, sensación de vacío. No siempre es enfermedad. Muchas veces es desorden interior. El cuerpo no sabe fingir una vida con sentido cuando la conciencia vive fragmentada.

No es la soledad el problema

Conviene decirlo sin rodeos: el problema no es estar solo. El problema es vivir sin verdad. La soledad puede ser un espacio de lucidez si se la habita con honestidad. Pero cuando se la evade con éxito, consumo, imagen o placer inmediato, se transforma en angustia. Nadie puede construir un vínculo profundo mientras huye de sí mismo.

Cerrar el año sin máscaras

La soledad de esta época no nace del abandono, sino de la renuncia a la verdad. Nos acostumbramos a parecer antes que ser. La espiritualidad auténtica comienza cuando cae la máscara y ya no hay a quién impresionar. Cuando uno se atreve a admitir, sin atajos, que no está bien… y deja de huir.

Mientras sigamos viviendo para sostener una mentira, la soledad será inevitable. Cuando recuperamos la verdad esencial, la soledad deja de ser castigo y se vuelve umbral. Y, solo quien cruza ese umbral sin fingir puede, por fin, encontrar el tesoro de la paz interior.

Creado Por
Armando Martí
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