Un exvendedor de enciclopedias que piensa en voz alta

Un exvendedor de enciclopedias que piensa en voz alta

14 de marzo del 2013

Mi primera percepción cuando se abrieron las puertas del ascensor no fue el reflejo inmediato del espacio sino el retumbar gutural y ronco de una voz distante. Era la suya, no había lugar a dudas. Si hay un rasgo que lo caracteriza, como una suerte de segunda huella dactilar, es su voz. Después,  la primera imagen que vi de Poncho Rentería fue un dummie de tamaño natural empotrado en la entrada de su apartamento que empleó como estrategia electoral hace algunos años. ¿Cómo no confundirlo con el de carne y hueso si de Poncho Rentería tenemos postales mentales que lo revelan siempre idéntico a sí mismo?

Una esposa dura tanto como un matrimonio

Comenzó a escribir su columna de opinión en El Tiempo a finales de 1987, casi veinte años después de haber conseguido su primer trabajo en Bogotá como vendedor de enciclopedias “Y una cosa que se llamaba Tarjeta Diners Afiliados”. Hizo el recorrido a pie, por la estrechez económica de aquellos años y la cercanía con su habitación, pues La Avenida Jiménez era el corazón de la ciudad y junto a ella quedaban las habitaciones que los jóvenes provincianos alquilaban por poco dinero. Hasta que un día entró a trabajar a Carvajal SA, en la Calle 19 con Séptima, “me entré a la oficina del gerente de ventas, Horacio Noreña, el maestro, y le dije que quería ser vendedor”. Y en efecto, fue el mejor, hasta que a mediados de los setenta lo despidieron por querer volverla Carvajal & Rentería.

A pesar de este traspié, desde hace unos años concentra todas sus actividades en una central de operaciones ubicada en el piso once de un edificio en el barrio Andino de Bogotá. En un apartamento de cien metros cuadrados, desde el que hace sus salidas televisivas (sus “¡Buenas, buenas!”), tiene su sala de juntas, su bar y hasta una bicicleta estática para ejercitarse. El epicentro del apartamento es su estudio y biblioteca, iluminado por unos ventanales grandes y tapizado con fotos alusivas a toda su carrera. Instantáneas en blanco y negro de él conversando con algún amigo, portadas de Aló y Semana que lo muestran en sudadera, y muchas fotos a color; en todas, su eterna pose y su sonrisa inconfundible. Lo acompañan Salvo Basile, Ivonne Nichols, Amparo Pérez, Antonio Morales y una centena de amigos y “buenos conocidos” que han pasado por sus entrevistas, han coincidido en cocteles o han estado aquí.

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Una de sus estrategias publicitarias para llegar al Senado.

Es un salón de la fama, un espacio dedicado al culto de su figura que mide unos seis metros por cinco donde reposa en el medio una torre de revistas y libros que según él mismo “sí he leído”. Frente de la poltrona de su escritorio hay un televisor de pantalla plana inmenso. En un costado de su estudio, dos imágenes significativas: el volante promocional de su candidatura al Congreso de la República en el que aparece junto al ex presidente Álvaro Uribe, en el 2002; y cerca de éste, la foto con su esposa Liliana –Lula Arango–, médica con un sentido de la vida opuesto al de su esposo.

Un domingo cualquiera Lula puede lucir un atuendo de invierno: bufanda de seda de colores pastel amarrada informalmente, saco azul, chaleco rojo y jeans desgastados. Es una mujer discreta, sus ademanes son mesurados y su tono de voz apenas lo percibí con su saludo de bienvenida al apartamento de su esposo. Lejos de ser una mujer desparpajada parece preferir el silencio. Puede ser el cansancio natural de un trabajo agitado entre semana, de noches en vela y trasnochadas imprevistas en la Fundación Santa Fe de Bogotá. “Un horario de locos”, gruñe Poncho mientras se balancea de un lado a otro buscando en la distancia algún rastro suyo. Al no sentirlo la invita para que se acerque al estudio y comparta con nosotros unos bizcochos de vino que despachamos por docenas sin reparos.

—Hombre,… es que una mujer como ella es un regalo en este punto de mi vida.

Back in the USSR

Mucho antes de casarse con Lula y compartir con ella los últimos veintiún años de su vida, Poncho Rentería conoció en Moscú al traductor de García Márquez en ruso, Valeri Stolbov. Una mañana fría y blanca en Moscú atravesó la entonces emblemática Plaza Roja embutido en un saco grueso de pieles, y con un gorro que apenas le permitía caminar sin tropezarse por el boulevard de Tver y el callejón de Leontiev. El traductor le contó curiosidades de la edición de Cien años de soledad en la Unión Soviética, como que se suprimieron ciertos pasajes eróticos de los capítulos finales, se modificaron diálogos y se agregaron otros. Todo esto “por el puritanismo del hombre soviético”, reconoció Stolbov en una entrevista con Alonso Rentería, su nombre de pila, o ‘el serio’, que utilizaba Poncho en sus días como editor de libros y periodista improvisado en 1976.

—Recuerdo esa conversación, un ruso que comía filetes de oso polar o huevos de esturión, y yo, una mezcla de bocachico y plátanos… como un personaje de don Gabriel García Márquez.

Kienyke Poncho Rentería

Poncho Rentería ha escrito en El Tiempo sin interrupciones desde 1987.

Si se repasan los 33 reportajes que Rentería reunió en el libro García Márquez habla de García Márquez, hay una variedad de enfoques sobre el escritor de Aracataca: una crónica de Juan Gossaín sobre su regreso a Barranquilla, otros centrados en su obra, como el de Daniel Samper Pizano, y uno sobre su relación con la izquierda escrito en llave por Enrique Santos Calderón y Antonio Caballero. Y la sorpresa, ese detalle que Rentería, el editor, consiguió y que le sacó más de una cana a Gabo fue la fotografía de uno de los borradores de El Otoño del Patriarca.

—Estábamos en Cuba con amigos de él (García M.), un día fui a la casa de un cubano que por esos días lo acompañaba, recomendado por Fidel Castro. Vi esa hoja y me dije, ¡caramba, la tengo que tener para el libro!, y le tomé la foto histórica.

Le pagó unos cien dólares al cubano, me cuenta mientras se levanta de su poltrona y va hasta un estante de la biblioteca, tantea los libros y lo saca con firmeza. “Míralo”. Me lo pasa en tanto que se sirve una coca-cola en un vaso repleto de trozos de hielo que Lucecita Chacón, una mujer menuda y de trato cordial le había traído. Ahí está la imagen de un texto escrito a máquina, tachonado, lleno de notas al margen y correcciones en resaltador. Es un tesoro, una especie de infidencia y picardía. Para Poncho es una joya. El libro le también le permitió participar en la revista Alternativa, “el Vaticano de la izquierda en el país”. Busca en sus cajones el número de la revista en la que Antonio Caballero –“el muy antipático, ojo”, así me lo recuerda– lo entrevista sobre su libro y su trayectoria como editor. Allí cuenta que varios de los textos publicados estaban pensados más para lectores y activistas socialistas que para un público académico o de a pie. La revista está un poco marchita por el paso del tiempo. Allí aparecen un Caballero aún con pelos en la cabeza y un Rentería embutido en un saco de paño a cuadros y un cigarrillo en la mano, con un afro parecido al del ‘Pibe’ Valderrama. Regresa al estante, busca entre el montón de libros y toma un llamado Nuestro fútbol 1948-1978, escrito por el entonces reportero deportivo y después de unos meses ahijado de matrimonio, Hernán Peláez.

Toma un sorbo de Coca-Cola y señala que “a pesar de que mis columnas son peluquerías para señoras, Poncho Rentería fue un tipo comprometido con la causa socialista, activista, incluso fui un mamerto insoportable”.

—¿Y de esa época qué recuerdos mantiene?

—Ya muy pocos. Era joven, provinciano, con ganas de surgir. Pero no era tonto, fui seis veces a Moscú invitado por el gobierno soviético.

—Además de entrevistar al traductor, ¿a qué fue?

—Hombre, a ganarme el oro burocrático de los soviéticos.

—¿Y a quién más conoció?

—Hombre…Conocí a los que son jefes de las Farc y hoy están sentados en La Habana.

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Uno de los borradores de la novela de García Márquez El otoño del patriarca.

Una niñez con sabor a guayaba

Poncho se recuesta sobre su silla. Mira hacia cualquier parte. Dice que su vozarrón no fue resultado de una estrategia comercial o un truco providencial que ha convertido en marca personal. Él la atribuye a la estrechez económica y los vaivenes que padeció la familia cuando era niño. Fue un accidente que lo único que abundase en la casa, además de los hijos, fuera unos árboles de guayaba que su tía sembró para al menos mitigar la sed por el calor tulueño. Lo único que tomaba y comía: jugo de guayaba para la sed, postre para las tardes, la fruta redonda para los avatares de algún antojo, y hasta para jugar a la pelota cuando estaban muy secas. “Es que Poncho Rentería se hizo a sí mismo”.

—Mi familia es un caso. Tuve el peor hermano mayor del mundo, un abogado guache y dañino.

No tiene mayor relación con sus hermanos, se reúnen algunos diciembres más para comprobar que siguen vivos que para compartir la época en familia, en esa cofradía y complicidad que brinda a cualquiera que lo conoce. Esa “impresionante cualidad para tratar con familiaridad a los extraños”, como me cuenta Juan Esteban Constaín, que desde hace unos meses es asiduo visitante al apartamento de Poncho que compró hace treinta años, cuando se metió al mundo de la política.

—Fui parlamentario por el Movimiento Cívico de Cali, un generoso regalo de José Pardo Llada, en el 82…. Me tocó cambiar mucho. Y de paso ser consciente de que era padre de la patria.

Pulirse. Adaptarse, diría un libro de Freud que por ahí vi revuelto con otros. De los colores chillones del calentano recién llegado a la capital a las buenas maneras y recato social bogotanos, cambió el alcohol que tomaba y hasta las malas compañías de las noches frías que se desvanecían como una sombra aventurera e intrusa. Y después, los cocteles, las inauguraciones, las invitaciones a jugar tenis los sábados por la mañana o los matrimonios en el Museo de El Chicó en las tardes dominicales. Las frijoladas de Olga Duque de Ospina, las tertulias en casa de Álvaro Castaño Castillo. En fin, la lista es interminable. Hace unos días en la ceremonia de los Premios Planeta de Periodismo, Lina Rozo, mi amiga y nuestra fotógrafa en la revista, lo retrató varias veces y en diferentes poses; me contó que “su gentileza y gusto por ser retratado parecía la de un niño divirtiéndose con su juguete favorito”.

Aunque él tiene una razón veloz: “simplemente dejo trabajar a los fotógrafos”.

La primera vez que hablé con Poncho en su apartamento tenía una pregunta inaplazable: ¿por qué no apareció en ninguna fotografía o video que se conocieron sobre la boda de la hija del Procurador?

—Hombre, Fernando –me respondió–, es que ya a Poncho no lo invitan a ningún lado.

—Y a Uribe tampoco lo vi.

—Ah, es que ya somos de la clase media. No damos para más.

Historias detrás de bambalinas

De manera que eso es lo último que él observa antes de salir de su apartamento “gafas, llaves, celular y billetera”. Un pequeño aviso ajustado a su estatura y preciso para las mañanas en que sale disparado hacia sus diversas citas y ocupaciones. Las tardes, por el contrario, las dedica a escribir sus columnas de El Tiempo y la revista Aló, El País de Cali y a preparar un libro “loquísimo” que recopila su trabajo como columnista. Mal contadas deben ser más de mil piezas periodísticas. Unos días antes de conocernos, él mismo se encargó de precisar esta cifra “12.550 artículos en El Tiempo y 600 en Aló”. Una cantidad que superaría las mil páginas de cualquier formato, casi el tamaño de un tomo de la Enciclopedia Británica.

La segunda ocasión en que lo visité repasamos algunas aficiones suyas, como los boleros, “Vitin Avilés y Olga Guillot están en la lista de mis preferidos”. Hace muchos años, en una tarde como esta, Roberto Pombo, entonces editor de El Tiempo, visitó a Poncho por primera vez. La atmósfera era algo tensa y la situación parecía ir por mal camino hasta que puso a ‘Júrame’, y entonces como un estimulo automático Pombo cantó el bolero sin tropiezos y con buen tono. “Desde ahí somos grandes amigos, un tipazazo sensacional”. Pombo tiene palabras que lo denotan con justeza “silvestre, vociferante, blandito, memorioso”. Esa memoria que lo lleva a preferir esa “vida interesante de mujeres con tormentosa biografía” y que estimuló la empatía con Juan Esteban Constaín, todo un devoto de la historia tras bambalinas. “Él se pasa todos los domingos aquí y nos quedamos conversando hasta el otro día”. Me cuenta esto y justo entonces recibe una llamada suya. Habla con franqueza y cercanía, como quien recibe una llamada atrasada y quiere ponerse al día sobre los temas y la vida del otro.

“Es una de las personas que más quiero en el mundo”, me cuenta Juan Esteban Constaín mientras tomamos un café en La Candelaria, cerca de la universidad donde dicta sus clases. “El otro día en la celebración del cumpleaños al publicista y musicólogo Fernando Martelo, discutimos largamente sobre el mito de la felicidad con Poncho”. Me cuenta que mientras a él “lo aplastó” la felicidad en Italia, caminando por Roma, visitando el Vaticano o el Palacio de Pitti en Florencia, Poncho Rentería con su particular síntesis del mundo le señalaba que no existía, “es un simple relámpago que aparece, según Truman Capote, con el primer Dry Martini de día”.

Puede tomarse como banalidad o irreverencia, es por ello que no pasa inadvertido. Sus artículos se mueven en esa delicada frontera de la frescura y el atrevimiento. “Yo creo que simplemente me sonó la flauta desde que Hernando Santos Castillo me invitó a escribir en su periódico… y allí sigo, soy el más leído de Colombia”.

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El libro García Márquez habla de García Márquez está conformado por 33 reportajes. 

El arte que no es casto no es arte

En este momento voy por un segundo trago de whisky. Me invita a que conozca sus afiches y algunas obras que lo cautivaron. Sobre el piso, recostado sobre un estante de la biblioteca Marilyn Monroe en su película “Niagara” a todo color junto a Joseph Cotten. Toma el cuadro y lo levanta para observarlo con detenimiento, suspira, “!qué hermosura!”. Al fondo del corredor que da a la entrada hay un cuadro de buen tamaño del pintor ruso Kandinsky, de un azul tenue y amarillos y rojos desperdigados con escrúpulo. “Ese lo conseguí en Rusia después de todo el tema del traductor de don García Márquez…, aunque me gusta más aquel de Portocarrero”. Un gallo que recuerda la tradición cubana, lleno de color, “este lo conseguí en Cuba”. Se encuentra en el centro de la sala, detrás de su estudio, de modo que lo contempla todas las tardes o noches en su espacio social.

—¿Tiene otra pintura en su cuarto o aquí?

—No. Bueno, sí… un grabado falso de Sebastián Matta. Pero ese no lo muestro. ¿Pero sabes cuáles son mis preferidas?

—No.

Va hasta su estudio y escoge al azar algunas fotografías del cajón de su escritorio. Regresa a la sala y me las muestra.

—Esta es la foto que más me gusta, la de Lulita Arango y su nieta Valentina.