Hubo un tiempo en el que los sábados tenían dueño. No importaba si Colombia atravesaba días de violencia, incertidumbre o dificultades económicas. Al llegar la tarde, millones de hogares repetían el mismo ritual: el almuerzo se alargaba, la familia se reunía frente al televisor y, por unas horas, el país se permitía reír. Ese momento tenía un nombre: Alfonso Lizarazo.
Con su partida no solo se despide el creador de Sábados Felices. También se cierra uno de los capítulos más entrañables de la televisión colombiana, esa que lograba reunir a varias generaciones alrededor de una misma pantalla cuando todavía el control remoto no dividía a las familias y las plataformas digitales no existían.
Lizarazo entendió algo que muy pocos comprendieron: hacer reír también era un servicio al país. Mientras Colombia vivía algunos de los momentos más complejos de su historia, él apostó por regalar una pausa. Una sonrisa. Un respiro. Y durante décadas lo consiguió. Sábados Felices dejó de ser un programa para convertirse en una tradición. No había edad, región o condición social que impidiera reconocer a sus humoristas, repetir sus personajes o esperar con emoción que llegara el fin de semana.
Pero Alfonso Lizarazo también demostró que la televisión podía tocar el corazón de los colombianos. Con Una Escuelita en Tu Corazón hizo que miles de personas entendieran que la solidaridad también podía convocarse desde una pantalla. Allí no se buscaban aplausos ni rating; se buscaba cambiar vidas, construir escuelas, despertar esperanza y recordarnos que un país también se une cuando decide ayudar a quienes más lo necesitan.
Ese fue quizás su mayor legado: demostrar que la televisión podía entretener sin perder la humanidad. Que podía hacer reír sin burlarse del dolor y emocionar sin caer en el espectáculo. Fue un pionero que abrió las puertas a generaciones de humoristas, productores y presentadores, dejando una huella imposible de borrar.
Hoy las audiencias se fragmentan, cada quien consume contenido desde su celular y son muy pocos los programas capaces de reunir a toda una familia. Por eso la partida de Alfonso Lizarazo también despierta nostalgia por una Colombia distinta, aquella en la que un sábado bastaba para sentarse juntos, olvidar las diferencias y compartir una carcajada.
Hay personas que hacen televisión. Otras terminan haciendo parte de la historia de un país. Alfonso Lizarazo pertenece a ese pequeño grupo de colombianos que trascendieron la pantalla para convertirse en un recuerdo colectivo.
Hoy se apaga una vida, pero permanece intacto un legado que acompañó la infancia, la juventud y la adultez de millones de colombianos.
Porque el último sábado de Alfonso Lizarazo no es solo una despedida. Es el final de una época que difícilmente volverá a repetirse. Descansa en paz, maestro. Colombia siempre tendrá un motivo para agradecerte.
