La llamada entre Donald Trump y Gustavo Petro no fue solo un gesto diplomático. Fue, sobre todo, un movimiento político cargado de mensajes entre líneas. Trump, quien habla de desacuerdos y de la situación de las drogas, reconoce la conversación, valora el tono del presidente colombiano y anuncia una futura reunión en la Casa Blanca. Nada en ese mensaje es casual.
El narcotráfico vuelve al centro de la relación bilateral. Y no porque sea un tema nuevo, sino porque define el tablero de poder, la geopolítica y las narrativas que ambos líderes buscan posicionar. Trump menciona desacuerdos, pero al mismo tiempo legitima el diálogo. Marca distancia sin romper el puente.
El encuentro, coordinado por Marco Rubio y la Cancillería colombiana, se proyecta como un escenario donde chocarán dos visiones de país y del mundo. Por un lado, la de un líder que representa el orden, la fuerza y la política de presión. Por el otro, la de un presidente que insiste en el cambio del enfoque antidrogas, en la transición social y en un discurso que combina ideología, identidad y confrontación.
Más allá del saludo protocolario, lo que está en juego es mayor. Colombia se mueve en un tablero donde cada gesto comunica, cada palabra pesa y cada reunión define rutas de poder. Trump entiende la simbología del reconocimiento. Petro, la narrativa del protagonismo internacional. Ambos juegan. Ambos miden. Ambos se necesitan, en distintos planos.
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La pregunta es qué gana Colombia en medio de ese pulso. ¿Una agenda seria y estratégica sobre seguridad, drogas y cooperación? ¿O un episodio más dentro del ruido político y la confrontación ideológica?
Mientras llega la cita en Washington, una cosa queda clara. No fue solo una llamada. Fue un mensaje que impactó el tablero de las elecciones en Colombia.
