Adicta

27 de mayo del 2011

Hoy vengo a confesar mi adicción. Algo de lo que no puedo desprenderme, aunque quisiera. Un hábito que me persigue desde que sale el sol hasta que anochece. Un viejo vicio me persigue, desde niña, y no puedo dejarlo, aunque quisiera. Estoy enganchada.
Todo empezó hace 23 años. Febrero o marzo. Se llamaba Ofelia. Con su mano derecha y sus uñas perfectamente arregladas, escribía con una caligrafía elegante algo que mis ojos no alcanzaban a comprender todavía. Eran figuras extrañas que brillaban en tizas de colores pasteles sobre un tablero verde e inmenso. Bailaban unas con otras. Algunas podían juntarse, otras no,: eran las vocales y las consonantes.
Después de escribirlas sin ningún pudor, las pronunciaba suavemente juntando y abriendo dramáticamente sus labios pintados de color rojo, marcando su sonido con un seseo pronunciado, producto de su indiscutible acento paisa. Las demás  debíamos entenderlo. ¡Y sólo teníamos seis años! , ¡estábamos empezando el colegio!
Después teníamos que aprender a identificarlas, juntarlas todas a la vez y combinar sus sonidos como en una orquesta, en voz alta, de pie y sin titubear. Pero todo no terminaba allí:  nos hacía  también dictados feroces, ¡y ay de aquella que no escribiera bien!  El rojo ya no estaría más en sus labios, sino a lo largo y ancho de nuestros exámenes, con equis en fila como rosarios. Era impúdico. Era cruel. Inquisidor. Teníamos que aprender a leer. Costara lo que costara.
Recuerdo perfectamente sus ojos negros y grandes, su pelo oscuro y corto y su mirada un poco dulce. Aquella mujer,  que vestía  blusa blanca y  pantalones azules, me dejó un hábito del cual no he podido desprenderme: la lectura. Sí, lo confieso. No he podido detenerme. Me declaro culpable.
Al año siguiente, desesperada por aumentar la dosis, hice un trato con Amparito, la bibliotecóloga del colegio, que terminó por agravar mucho más mi enfermedad: le dije que si me dejaba leer algunos libros durante el recreo, yo me comprometía a organizar el desorden que dejaban las niñas cuando salían disparadas a jugar en los jardines cuando sonaba la campana. Ellas entraban. Yo salía.  Así, yo llegaba siempre a las nueve y media de la mañana, me comía rápidamente el sánduche de jamón y queso que me mandaban en la lonchera, y después enderezaba las mesas, ponía las sillas en su lugar y apilaba los cojines en un rincón. Al terminar de ordenar, leía los cuentos de los Hermanos Grimm, clásicos infantiles y la colección de Norma llamada Torre de Papel. En esa colección estaba el primer libro que me leí, completo: El País más hermoso del Mundo, de David Sánchez Juliao, un libro en el que sus protagonistas, Lalo y Tala, recorrían los 12 países del mundo (que eran también los meses del año) montados en una nube. A tal genialidad y fantasía, ¿quién podría renunciar?, ¿Quién podría ignorar las fantásticas historias que surgían y surgían tan solo pasando un par de hojas? Ahí me perdí. No pude salir. No he podido.
Mis padres también fueron culpables. Mi madre leía a Madame Bovary mientras nosotras montábamos en bicicleta cerca al parque de laureles inmensos que había cerca de la casa. Mi padre, ingeniero y lector consumado, compraba enciclopedias, libros nuevos, de segunda, de bolsillo… Él también leía, en las noches, los domingos, cuando nos íbamos de vacaciones o antes de dormir. Culpables ellos también.
Incluso mis abuelos deberían avergonzarse. La biblioteca que aún conservan en su apartamento era mía, solamente mía, en las tardes en la que yo los visitaba. No me prohibían tomar ninguno de sus libros, y por eso, leía sus libros sentada en un sillón de cuero muy confortable, muy cerca del balcón de un séptimo piso que daba una vista hermosa a la ciudad. No tenía restricciones. Recuerdo que leí, muy pequeña todavía, El diario de Alicia, el relato de una drogadicta que muere de una sobredosis antes de terminar el colegio. En la portada del libro aparecía la protagonista fumando marihuana. Nadie dijo absolutamente nada. Recuerdo también a Esopo y a Rafael Pombo. De este último tenía que aprenderme sus fábulas para que mi abuela sonriera…”el hijo de rana Rin Rin Renacuajo”… ¿no es eso una vida infeliz?
Ya en bachillerato la cosa siguió. Ana Frank en un fin de semana. Cien años de Soledad en 3 días. La Bruja (esa misma, la que está por estrenarse) en pocas horas en un paseo a una finca.  El horror de Agatha Christie por las noches. La Vorágine. Algo de poesía…  En mi cuarto ya tenía biblioteca propia. Ya podía comprar mis propios libros. Ya podía quedarme husmeando en una librería para luego comprar y leer lo que quisiera. Ya no había reversa. Era de por vida.
Después empecé a estudiar periodismo, y estos profesores ya nos obligaban a leer. A Capote, a Laura Restrepo, a Alma Guillermoprieto, a Hesse. El novio que tenía leía a Borges, a Saramago, a Sábato. ¡Terrible influencia! ¿En qué estaba pensando?
Confieso que ahora leo un poco menos. Por unos años me absorbió el mundo y por fin tuve una tregua. Dejé los libros y pasé a los periódicos, al Facebook, al Twitter. Al blackberry. Dejé la fantasía y me intoxiqué de realidad. Me curé. Hice bien…. Además, ya estaba pasada de moda. O si no que lo digan aquellos que alquilan las películas para no tener que leer los libros. Los que buscan el resumen en Wikipedia. Los que no saben a qué huele un libro cuando lo destapas. Los que no entienden qué es imaginarse la trama de una historia, dejarse llevar por aquello que te cuentan, dibujar mentalmente esos personajes que se aman, que se odian, que se matan. Cerrar la tapa de un libro y angustiarse, o alegrarse. No. Es como la peste negra. Esos eran otros tiempos. No creo que ningún otro padre de familia le haga semejante mal a sus hijos. Para eso está el Wii.
Me declaro culpable, pero no quiero rehabilitarme. ¿Cómo no podría recaer?

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