Buscando ideología

11 de mayo del 2011

Cuando era universitario y tenía tiempo, presumía de tener principios. Estudiaba, leía y confrontaba distintas posiciones. Definía como guías un conjunto de valores que adaptaría a las circunstancias pero que nunca podían ser comprometidos. Por ejemplo creía en la igualdad, y por eso defendía los derechos civiles. Pero ya no tengo tiempo para eso. A medida que el trabajo, los negocios, los problemas, las relaciones, el ocio y la pereza me fueron quitando minutos del día, concluí que el único camino para tener posiciones sociales, económicas y políticas era adherirme a una ideología. Empecé esa búsqueda hace un par de años.

Tener una ideología es bastante práctico, porque hace que sea innecesario confrontar los problemas o los dilemas por sus características y circunstancias individuales. Uno simplemente revisa en su manual ideológico cuál posición tomar, qué acción llevar a cabo, y la ejecuta. La ventaja de las ideologías es que conocen la respuesta a preguntas que aún no han sido formuladas. Es como tener una hoja de fórmulas para un examen. Y lo mejor, ahorra muchísimo tiempo porque no tengo que estar aprendiendo cosas.

Empecé mi búsqueda con el Partido Conservador. Ingenuamente pensé que en Colombia sería igual de fácil que en USA, donde uno simplemente es demócrata o republicano. Y los republicanos me caen bien. Tienen claro el no rotundo al aborto, el no a los derechos homosexuales, el sí a la guerra, ayudan a los ricos y pueden ser un poquito racistas siempre y cuando lo nieguen en público. Eso me sonó conservador, así que me acerqué a sus filas. Luego caí en cuenta de que uno de sus manuales, el manual que tanto necesito, es la biblia. Y el problema de la biblia es que te obliga a pensar, porque si uno la toma literalmente, tiene que apedrear niños, violar vírgenes, matar primogénitos y despreciar a las mujeres. Se necesitan principios para sacar conclusiones ideológicas del libro sagrado, y yo ya había botado los míos. Además, me daría vergüenza decir alguna vez que pienso como José Galat.

Entonces giré al otro partido tradicional: El Partido Liberal. En un principio sonaba bien. Derechos civiles para todos, igualdad, respeto, participación, autonomía, libertad. Conceptos bastante modernos, con presencia de jóvenes vestidos de rojo, color que me gusta. Me empecé a entusiasmar, pero indagué un poco más y me enteré de que no han logrado mucho de lo que se proponen y que han perdido muchos de sus miembros más valiosos en los últimos años. Preocupante, porque uno sólo salta de un barco que se está hundiendo, y no soy suicida como para montarme en una lanchita condenada. Entonces me fui.

Traté con el Polo por cinco minutos, pero ¿quién diría con orgullo que pertenece a este partido? Es como ser fanático del bazuco. Podrás disfrutarlo en privado, pero pocos son capaces de aceptarlo en público. Rápidamente me quité el amarillo.

El año pasado conocí el Partido Verde. Me encantó la novedad, la juventud, la ilusión, el cambio. Además Mockus me parece un tipo chévere. Entonces empecé a hacer campaña por ellos, a tratar de convencer a mis amigos y familiares, a vestirme de verde y hasta participé en un flash mob. Me dejé llevar por el sentir colectivo del cambio, pero un día desperté. Leyendo los ideales del partido, vi que buscaban honestidad, transparencia, legalidad, debate y argumentación. ¿Argumento va, argumento viene? ¿En serio, Antanas? ¿Que gane el argumento más fuerte? El Partido Verde no era una ideología, sino una colección de principios. El partido requería pensar, y yo ya no tengo tiempo para eso. Me quité el verde, preocupado. Había recaído en los valores sin darme cuenta, como un adicto.

Finalmente me acerqué al uribismo. Le había sacado el cuerpo porque quería pertenecer a una minoría y sentirme rebelde, pero era la única opción que me quedaba. Entonces empecé a escuchar a José Obdulio, a Yamhure, y al mismísimo Uribe. Y vaya sorpresa que me he dado. Me ha cautivado la seguridad en sus ideales y la convicción en la retórica. La tienen clara. No importa qué digan sus detractores, los expertos o los hechos, las cosas simplemente son porque ellos las dicen. Sus ideales son inquebrantables, inmodificables, fáciles de entender. Ellos los hacen verdad, cada vez que los defienden con vehemencia y volumen, a veces con tintes de indignación y patriotismo. Además actúan como uno sólo, como camaradas, y siempre he querido tener amigos fieles. Miren lo que pasa con la negación del conflicto armado, con la aniquilación del paramilitarismo, con la honorabilidad de los amigos y con la transparencia de sus instituciones. Se mantienen inmutables en sus posiciones y las defienden con valor y fuerza, sin importar que digan “los hechos” o “la realidad”.

Me encanta eso. Me hace la vida muchísimo más fácil. Puedo salir a un bar, verme con mis amigos, y defender con convicción la tesis de que en Colombia no hay conflicto armado y ya no hay paras. Ya he puesto en práctica algunas estrategias, y cuando me refutan, alzo la voz y digo “terroristas!” y “patria!”. No tengo que leer, buscar distintas opiniones o pensar. Lo único que me preocupa es seguir a Alvarito en Twitter, estar pendiente de Yamhy, y leer las columnas y ver el programa de Obduly, mi nuevo héroe. Él aplica el uribismo a cabalidad, y es periodista desde hace un par desde semanas simplemente porque dice que es periodista. Hermoso. Me encanta eso de poder crear la realidad con palabras. Vamos a ver cómo me va con esto del uribismo, de todas formas es la única posición política que el tiempo y la pereza me permiten tener.

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