Ciudad Invisible

11 de abril del 2011

Basta con salir a caminar, respirar los vapores de la ciudad, sentir todas las pulsiones que genera su ritmo cotidiano, el frenesí de las gentes que la habitan, las miradas que se posan sobre ella, para saberla existente. Basta con recorrer sus calles, su espacio público maltrecho, todos los olores que se mezclan en pociones, y degustar ese sabor inconfundible a ciudad.

Dicen que el universo, fue en un principio, en su origen primigenio, caos. De ese caos, luego vino el cosmos, en su infinita perfección. Las primeras ciudades, quizá se formaron, siguiendo ese principio cósmico, erigidas con la visión a la que ese primer orden incitaba. Las primeras ciudades, fueron pensadas con detenimiento, fueron hechas para ser habitadas, para ser vividas, para ser exploradas. Hoy, las ciudades convulsionan, sucumben ante la explosión de seres, el ruido incesante de los artilugios de fibra y de hierro, peleando siempre por ser los primeros, sin importar lo que se ponga en su camino, el humo que expiden, como vapor de dragón enfurecido, enfermándolo todo. No es posible recorrer la ciudad sin tropezar, sin rozar otros seres, algunos inocentes, ocultándose detrás de sus mascaras de indiferencia, otros despiadados, que la recorren, con metal y plomo, sus armas de pelea, sus herramientas para la lucha. Se sienten malignos, se demuestran que lo son. Se desploma el hombre, el niño, la mujer, el anciano ante tus ojos, cae y de inmediato un charco de sangre espeso, como señal, como preludio de la muerte, como profecía de la vida, de la especie que se extingue, todo te sabe a realidad.

 Caminas, ya no contemplas, no tienes tiempo para hacerlo, sientes frio en los huesos. Recorres de prisa el centro, la periferia aun más rápido (le temes, mucho más). Sientes pánico, te sientes inseguro, confundido. No es la misma ciudad, algo en ella cambió, de niño te sabía diferente, olía diferente y los rostros que la habitaban, se presumían vivos, ahora solo son espectros, seres imperfectos, abstraídos, siniestros. Poco a poco la ciudad se derrumba, escombros y basuras, pestilencia y dolor, hambre y frio, angustia y amor.

 Ves con los ojos empapados de lágrimas, con un nudo en la garganta que te corta la respiración, como la ciudad desfallece. Se pierde aquel vestigio de ciudad, es un holograma que de a poco se desvanece, una realidad paralela, eternamente sola.

 Los brazos del hombre se cruzan, quizá es ésta la señal, el gesto que antecede a la derrota. Todos caminan, hacía donde la luz es más escasa, hacía donde el espacio cada vez es más estrecho. Ya no se escuchan las voces diferentes, aquel discurso inspirador hace rato dejó de serlo, la bandera se ha descolgado de su asta.

Lo más dañino para el hombre, no es quizás, la falta de pensamiento, porque en algún punto de su existencia, cuando ya sus células envejezcan, cuando el tiempo transcurrido sea de verdad, pensará, y lo hará una y otra vez, y tendrá la facultad de poder retroceder el tiempo, aunque solo sea en su recuerdo, y viajará al pasado, y los cuestionamientos, aquellos interrogantes que nunca se planteó, porque estaba ocupado en otras cosas, porque estaba envuelto en trivialidades, porque el tiempo, precisamente el tiempo, esa magnitud que ahora le castiga, no le alcanzaba, y sabrá que todo era una mentira, que el tiempo, existió, que aun existe, pero ahora su cuerpo, ya no tiene tiempo.

 Descubrirá que lo más dañino para él, para la ciudad, para el mundo, fue la falta de memoria, esa aversión enfermiza hacía la historia, hacía los eventos que marcaron los precedentes, que esteban ahí, como un libro abierto, para mostrarnos el camino, para decirnos que el camino se había errado, todavía había tiempo para enmendarlo.

 Pero cuando ya todo se acabe, cuando la ciudad muera, se dará cuenta, que ya es demasiado tarde.

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