De la filosofía del derecho a hacer el amor en el techo

Jue, 22/09/2011 - 16:23
Con el objetivo de ir a algo raro cada semana para consolidar mi proyecto de encontrar esposo,

Con el objetivo de ir a algo raro cada semana para consolidar mi proyecto de encontrar esposo, y mientras tanto aprovechar y buscar sobre qué escribir, empecé a hacer una maestría. Tal como leen. Y así es como a un salón de saco y corbata yo llego en chanclas y uñas de muñeca: Filosofía del derecho contemporáneo; no mi pinta, así se llama la carrera. Obviamente la comunicadora no podía pasar desapercibida; luego de darme la bienvenida los diez abogados que están en la clase, incluido el doctor profesor, me preguntaron qué estaba haciendo allí. ¡Y adivinen qué! Pues me tocó decirles que quería ser periodista de las Altas Cortes y, por qué no, analista política. ¿Quién iba a hablar de matrimonio ahí si todos parecen mis papás? (Y así me tratan. ¡Más bonitos!).

Pero eso sí, todos hablan y dan por entendidas muchas cosas que a larga me toca imaginármelas porque si no, la clase no avanzaría por mi preguntadera. Pero no hay de qué preocuparse: con la precisión de la que carezco he aprendido que hay que hablar… así sean bobadas, pero hablar.

Siguiendo la misma consigna de vida (no la de hablar bobadas) llegué al Taller Habitar la cubierta, ofrecido por la Universidad de San Buenaventura, Cali. Y cuando decía en un comienzo que me busco algo “raro” es literalmente raro y, por ende, nunca sé dónde me meto (solo sabía que era el auditorio más grande de la universidad, que mi cuñado abría la conferencia y que yo estaba sentada detrás de Papo… y que, ¡trin!, lo que estaba proyectado en la pantalla del auditorio yo lo había corregido). Hablaban y hablaban de habitar la cubierta y yo solo pensaba y pensaba en un pastel de chocolate; luego, habitarla sería hacer real el ideal de Hansel y Gretel. Eso creía yo.

¿Ustedes tampoco saben qué es una cubierta? Los entiendo; incluso los que saben creen que saben mucho y aún piensan que es un plano que solo cierra una edificación y nos protege. Lo bueno de mi súper proyecto es que algo se aprende y eso sirve para hablar con la suegra que no tengo, por ejemplo. Y, entonces, señora suegra, ahí está la cubierta: representa la vida del paso del tiempo, de la luz y de la sombra. Una lejanía; quizás un cementerio de máquinas. ¿Quién puede conferirle otra clase de sentimientos a un simple techo? ¿Pero saben por qué? (Me lo dijeron en el taller). Porque hay un temor constante de que no se puede hacer nada más a costas de un conjunto disgregado, que no tiene equilibrio y proporción. Todos podemos coincidir en algún momento que para qué habitar la cubierta si “allá arriba” solo hay objetos sueltos que parecieran fuera de lugar. ¿O no? ¿O uno ve un techo y qué dice? De hecho, cuando se está buscando esposo, ¿quién se molesta en mirar para arriba al ver alguna edificación? ¡Pero qué mundo nos falta! ¡De qué ojo arquitectónico carecemos! ¿Conocemos si acaso a Le Corbusier?

Bueno, equis, pero cómo les parece,que tras miles de imágenes que me mostraron de unos arquitectos loquísimos (más bien era uno), me convencieron de que resulta tan atractivo pasar de una ciudad pegada al suelo a una puesta en pié y convertir esos elementos disgregados en piezas aquitectónicas que ya no sean puestas por necesidades técnicas, sino que representen una suma de singularidades que terminen por hacer una composición bastante atractiva y sobre todo útil.

Esta obsesión de subir a los tejados (que hablen sus amigas las gatas) ha hecho de la cubierta un espacio arquitectónico autónomo: donde vivir, habitar y soñar más cerca del cielo. Aprovechar la azotea y su estructura y soporte para darle nuevos usos e interpretaciones significa que ya no se trata de enterrarse para disfrutar de la intimidad, sino de elevarse para disfrutar el horizonte y, por qué no, hacer el amor en el techo.

¿Ven que de lo extraño salen nuevas experiencias? Sí. Ese es el motivo por el cual estoy viajando permanentemente al Ecuador a asesorar un paro nacional de alpacas. Y será el mejor paro de la historia de las alpacas, ¡se los juro! ¿Y quién quita que me case con un AlpacO?

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