Hace unos momentos, tal vez días para cuando usted lea esto, estaba en Internet. En la monotonía de mensajes cotidianos de redes sociales, sitios de música y demás, me encontré con el dibujo de una niña, Anna, hija de Mizzi. Se trata de un sencillo paisaje, con personas ubicadas en determinados puntos del espacio, y con una anotación central que creo es tema sobre el cual gira el dibujo: “all you need is love”, todo lo que necesitas es amor. Aquella sencilla y esperanzadora canción de los Beatles inmortalizada en el “our world” en junio de 1967. El dibujo es bueno, en el sentido de lo que caber en los términos de talento y trabajo.
Las obras de arte visuales se caracterizan por dos cosas: el quehacer y el qué hacer. El primero corresponde a la forma y el método manual como se desarrolla y ejecuta la obra, y depende en gran medida del ritmo y la dedicación del artista en cada tarea: algunos trabajan simultáneamente con varios cuadros, como Klimt, otros con uno, como Picasso, otros en fases. En fin, es el cómo lo que define el quehacer. El segundo punto, el qué hacer, es quizás la parte más complicada para un artista. Porque se trata del tema, de la propuesta sobre la cual gira la obra. Los temas son como un torrente de ideas que hay que saber escoger y una vez seleccionadas, darles el tratamiento correspondiente y justo para que el resultado sea una obra única y significativa. Esto es, claro, una meta que requiere años y mucho tiempo de dedicación. Y es, sin duda, el aspecto que más cuesta a los artistas. Qué mensaje transmitir con el cuadro, qué se quiere mostrar. Porque, son más bien pocos los temas de la pintura: la mujer, temas de religión (La Crucifixión, el Diluvio, las Vírgenes, los Mártires de la Iglesia), los paisajes, el desnudo, el cuerpo del hombre y de la mujer.
Por eso las obras mantienen una semejanza, una ligazón, el hilo conductor de la historia del arte en el abordaje de un tema, por ejemplo: ¿por qué se emplean las mismas posturas en el estudio del cuerpo humano? Son repetidas, y aún así, auténticas, únicas, precisamente por el quehacer, el desarrollo manual de la obra, que es eminentemente subjetivo. Al contrario de qué hacer, que como he señalado, ha permanecido, no inmutable, pero sí con un grupo de contenidos homogéneos en la historia del arte. Es un doble proceso lo que conlleva a la creación de una obra: la convierte en síntesis de la historia del arte con un componente que la hace nueva, renovadora. Lo que Hegel denominó el “espíritu del tiempo objetivo contenido en la obra subjetiva y contemporánea”.
Tal proceso de aprender la técnica y el trabajo manual comienza en la niñez. Todos en los primeros años pintamos, dibujamos, ya fuese en alguna clase de artes o de talleres de pintura y cerámica. Con crayones, temperas, acuarelas, lápices de colores, que son los materiales recomendados para esta edad. Y el lápiz, claro está. Si miramos tales dibujos, veremos formas elementales, composición básica, estereotipos claros (casa, carro, árbol, pasto, animales), algunos desordenados, otros, más claros en la espacialidad de la hoja. Lo realmente importante de esta etapa es la capacidad de expresar, más que un mensaje claro sobre lo que se hace. Por ejemplo, recuerdo una exposición bella y terrible, diría que traumática en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, hace unos años. Se trataba de los niños víctimas de la guerra en Colombia. Las imágenes expuestas eran descabezamientos, tiroteos, asesinatos de padres, hermanos o algunas veces de la madre. También fragmentos de cuerpos tirados a algún río o quebrada. El tema de la violencia y de quien la padece se refleja de una manera tan clara, directa, concisa, que es imposible ignorarlo, o analizar la obra en términos de composición, uso del color, etc. Ya que, al evitar la parte formal de la obra, ésta se hizo más delicada y sencilla, a la vez, que más compleja y dotada de sentido.
Pues de eso se trata el dibujo de los niños, o esa es su ventaja sobre los trabajos de la adultez: transmitir el mensaje sin barreras ni ataduras de ninguna índole. Y no es gratuito que grandes pintores como Picasso, Mondrian, Miró, Khalo, hubiesen hallado en sus trabajos de infancia una clave para sus obras de adultos. La niñez determina la etapa adulta, es imposible dejarla a un lado, pues como lo han señalado tantas veces los estudios de psicología, es la etapa más importante de la vida, pues es la que demarcará la personalidad—con sus defectos y virtudes, así como con sus limitantes y aciertos—del ser humano. Eduardo Caballero decía que “hay saber y comprender tan bien un tema, que la final debe ser capaz de explicarlo a un niño”.
Es un proceso largo, se parte de la ignorancia del tema, para luego documentarse, conocerlo, interpretarlo, al final dominarlo y comprenderlo de tal manera, que ya se reduce a un sencillo juego de formas, o de palabras, como la explicación del profesor Alberto Knox a Sofía, en “El mundo de Sofía”, cuando explica la teoría kantiana de los juicios a posteriori con una esfera de lana que el gato de la adolescente persigue. Es un mundo de amor a la sabiduría, no la erudición intelectual, aunque deba conocérsele para llegar a la meta, o al estado más puro del conocimiento. De un modo similar, como lo comentaba arriba, el trabajo manual, el quehacer se aprende y sobretodo, se domina hasta llegar a trazos y líneas sencillas, alejadas de rebuscamientos o de complicaciones. Picasso comentaba a sus amigos, que de adolescente pintaba como Michellangelo, pero al final de su vida sólo buscaba dibujar como un niño.
Como el dibujo de Anna, con un tratamiento admirable del espacio, de los personajes y del tema. Hay en la disposición de las formas humanas un preludio y al tiempo vinculación con el tema del amor compartido, humano, diría yo. La línea, manejada con prudente asociación de espacios y con sutileza en los detalles, atinada para el tema o la representación propia de una canción.
La imaginación de un niño es impresionante, al igual que su libertad y la capacidad de asombro, pues se está descubriendo el mundo: la lectura, los amigos, la televisión. Todo. La clave es no perder el hábito de dibujar, de pintar, y más que esto, no sujetar la imaginación a reglas inexistentes, inventadas o impuestas. En últimas esto conlleva a una conclusión: el arte y la niñez están íntimamente relacionadas con la libertad. Un transcurrir en libertad, en amor. En el arte, de lo más importante que la humanidad, o sea, Anna, puede realizar.
Hace unos momentos, tal vez días para cuando usted lea esto, estaba en Internet. En la monotonía de mensajes cotidianos de redes sociales, sitios de música y demás, me encontré con el dibujo de una niña, Anna, hija de Mizzi. Se trata de un sencillo paisaje, con personas ubicadas en determinados puntos del espacio, y con una anotación central que creo es tema sobre el cual gira el dibujo: “all you need is love”, todo lo que necesitas es amor. Aquella sencilla y esperanzadora canción de los Beatles inmortalizada en el “our world” en junio de 1967. El dibujo es bueno, en el sentido de lo que caber en los términos de talento y trabajo.
Las obras de arte visuales se caracterizan por dos cosas: el quehacer y el qué hacer. El primero corresponde a la forma y el método manual como se desarrolla y ejecuta la obra, y depende en gran medida del ritmo y la dedicación del artista en cada tarea: algunos trabajan simultáneamente con varios cuadros, como Klimt, otros con uno, como Picasso, otros en fases. En fin, es el cómo lo que define el quehacer. El segundo punto, el qué hacer, es quizás la parte más complicada para un artista. Porque se trata del tema, de la propuesta sobre la cual gira la obra. Los temas son como un torrente de ideas que hay que saber escoger y una vez seleccionadas, darles el tratamiento correspondiente y justo para que el resultado sea una obra única y significativa. Esto es, claro, una meta que requiere años y mucho tiempo de dedicación. Y es, sin duda, el aspecto que más cuesta a los artistas. Qué mensaje transmitir con el cuadro, qué se quiere mostrar. Porque, son más bien pocos los temas de la pintura: la mujer, temas de religión (La Crucifixión, el Diluvio, las Vírgenes, los Mártires de la Iglesia), los paisajes, el desnudo, el cuerpo del hombre y de la mujer.
Por eso las obras mantienen una semejanza, una ligazón, el hilo conductor de la historia del arte en el abordaje de un tema, por ejemplo: ¿por qué se emplean las mismas posturas en el estudio del cuerpo humano? Son repetidas, y aún así, auténticas, únicas, precisamente por el quehacer, el desarrollo manual de la obra, que es eminentemente subjetivo. Al contrario de qué hacer, que como he señalado, ha permanecido, no inmutable, pero sí con un grupo de contenidos homogéneos en la historia del arte. Es un doble proceso lo que conlleva a la creación de una obra: la convierte en síntesis de la historia del arte con un componente que la hace nueva, renovadora. Lo que Hegel denominó el “espíritu del tiempo objetivo contenido en la obra subjetiva y contemporánea”.
Tal proceso de aprender la técnica y el trabajo manual comienza en la niñez. Todos en los primeros años pintamos, dibujamos, ya fuese en alguna clase de artes o de talleres de pintura y cerámica. Con crayones, temperas, acuarelas, lápices de colores, que son los materiales recomendados para esta edad. Y el lápiz, claro está. Si miramos tales dibujos, veremos formas elementales, composición básica, estereotipos claros (casa, carro, árbol, pasto, animales), algunos desordenados, otros, más claros en la espacialidad de la hoja. Lo realmente importante de esta etapa es la capacidad de expresar, más que un mensaje claro sobre lo que se hace. Por ejemplo, recuerdo una exposición bella y terrible, diría que traumática en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, hace unos años. Se trataba de los niños víctimas de la guerra en Colombia. Las imágenes expuestas eran descabezamientos, tiroteos, asesinatos de padres, hermanos o algunas veces de la madre. También fragmentos de cuerpos tirados a algún río o quebrada. El tema de la violencia y de quien la padece se refleja de una manera tan clara, directa, concisa, que es imposible ignorarlo, o analizar la obra en términos de composición, uso del color, etc. Ya que, al evitar la parte formal de la obra, ésta se hizo más delicada y sencilla, a la vez, que más compleja y dotada de sentido.
Pues de eso se trata el dibujo de los niños, o esa es su ventaja sobre los trabajos de la adultez: transmitir el mensaje sin barreras ni ataduras de ninguna índole. Y no es gratuito que grandes pintores como Picasso, Mondrian, Miró, Khalo, hubiesen hallado en sus trabajos de infancia una clave para sus obras de adultos. La niñez determina la etapa adulta, es imposible dejarla a un lado, pues como lo han señalado tantas veces los estudios de psicología, es la etapa más importante de la vida, pues es la que demarcará la personalidad—con sus defectos y virtudes, así como con sus limitantes y aciertos—del ser humano. Eduardo Caballero decía que “hay saber y comprender tan bien un tema, que la final debe ser capaz de explicarlo a un niño”.
Es un proceso largo, se parte de la ignorancia del tema, para luego documentarse, conocerlo, interpretarlo, al final dominarlo y comprenderlo de tal manera, que ya se reduce a un sencillo juego de formas, o de palabras, como la explicación del profesor Alberto Knox a Sofía, en “El mundo de Sofía”, cuando explica la teoría kantiana de los juicios a posteriori con una esfera de lana que el gato de la adolescente persigue. Es un mundo de amor a la sabiduría, no la erudición intelectual, aunque deba conocérsele para llegar a la meta, o al estado más puro del conocimiento. De un modo similar, como lo comentaba arriba, el trabajo manual, el quehacer se aprende y sobretodo, se domina hasta llegar a trazos y líneas sencillas, alejadas de rebuscamientos o de complicaciones. Picasso comentaba a sus amigos, que de adolescente pintaba como Michellangelo, pero al final de su vida sólo buscaba dibujar como un niño.
Como el dibujo de Anna, con un tratamiento admirable del espacio, de los personajes y del tema. Hay en la disposición de las formas humanas un preludio y al tiempo vinculación con el tema del amor compartido, humano, diría yo. La línea, manejada con prudente asociación de espacios y con sutileza en los detalles, atinada para el tema o la representación propia de una canción.
La imaginación de un niño es impresionante, al igual que su libertad y la capacidad de asombro, pues se está descubriendo el mundo: la lectura, los amigos, la televisión. Todo. La clave es no perder el hábito de dibujar, de pintar, y más que esto, no sujetar la imaginación a reglas inexistentes, inventadas o impuestas. En últimas esto conlleva a una conclusión: el arte y la niñez están íntimamente relacionadas con la libertad. Un transcurrir en libertad, en amor. En el arte, de lo más importante que la humanidad, o sea, Anna, puede realizar.
