Dios y yo

6 de julio del 2012

Hace poco se quedó un amigo en mi casa con el que podíamos hablar de casi todo, salvo de Dios. Yo no tengo una idea clara sobre Dios y él estaba seriamente preocupado por ello. Yo no esperaba ponerme de acuerdo con él ni convencerlo de nada. Yo tengo una pregunta sin solución y él […]

Hace poco se quedó un amigo en mi casa con el que podíamos hablar de casi todo, salvo de Dios. Yo no tengo una idea clara sobre Dios y él estaba seriamente preocupado por ello. Yo no esperaba ponerme de acuerdo con él ni convencerlo de nada. Yo tengo una pregunta sin solución y él había escogido una de las respuestas posibles. Yo decía que su respuesta tenía lógica, tanta como si me hubiera dicho que no creía en Dios. Había resuelto su fe, que no es poco, y ya. Él, en cambio, como buena parte de la gente que ha escogido creer, estaba preocupado por mis dudas sobre Dios y me miraba con la condescendencia de una tía religiosa. “Tenés que creer en Dios,” me decía y, al ver que no reaccionaba, “Tenés que creer en algo…” Finalmente, como un argumento incontrovertible, soltó: “¡Cuando tengás hijos entenderás!” Aunque el argumento no me parecía en absoluto convincente, pensé que si yo estuviera en la posición de mi amigo, con 34 años y 3 niños, no solo creería en Dios: seguramente sería politeísta.

Le intentaba explicar que a mí me parecía tan lógico que Dios existiera como que no y que era más una cuestión de días, como una especie de ataque hormonal metafísico. Así pues, unos días me digo que cómo no va a existir un Dios si existe tanta belleza en el mundo, como una especie de San Francisco que ve el pájaro y dice, “Oh, ¡mirad qué Dios más grande!” con sonrisita a lo George Clooney –de hecho, esos días me confunden con George Clooney, hasta raro– luego veo cualquier árbol y, lo mismo, “Oh, ¡mirad qué Dios más grande!” y así, con todo, con el pez y la viejita y la secretaria y el portero y el perro de la calle, el busetero, el sol, un reflejo en el vidrio, todo.

Pero otros días me parece que no tiene mayor lógica que exista algo más. “¿Por qué habría de existir?” me digo y, sin asomo alguno de conmiseración, “Dios no es más que una respuesta a nuestro miedo a la muerte.” Hace poco pensé en ello porque a otro amigo, papá solo de una niña, su hija le preguntó si ella se iba a morir. Mi amigo le respondió sin dudar: “Sí.” Entonces la niña le preguntó: “¿Cuándo?” Y mi amigo: “Cuando te toque.” Yo intuía la angustia con la que debió quedar su hija, porque yo obtuve una respuesta parecida de mis padres. Recuerdo, particularmente, la respuesta de mi papá, un biólogo, respecto a la vida después de la muerte. En mi colegio se impartía clase de religión (católica, la única, cómo no) y aunque yo quería creer en el cuento del cielo y demás, le pregunté a mi papá para reafirmarme: “Papá, ¿tú crees que Dios existe?” “No.” “¿Y crees en el cielo?” “No.” “¿Y qué crees que pasa cuando uno se muere?” “Nada, que nos volvemos tierra,” respondió. De mi mamá, por otra parte, cuando le pregunté si ella también se iba a morir, lo más tranquilizador que logré fue que dijera que no pensara en eso, que igual eso seguramente iba a pasar dentro de mucho tiempo. Así pues, heredé la angustia –o el placer– de la pregunta, no la angustia o tranquilidad de las respuestas.

“¿Pero entonces cómo puede ser eso de que todas las religiones hablan de algo después la vida?” siguió mi amigo de los tres hijos. Le respondí que esa era la función de las religiones: dar una respuesta a quizás el aspecto que más miedo nos da a los seres humanos: saber que vamos a morir. A veces creo que reencarnamos como personas o árboles, unos van al cielo, otros, al infierno, nos volvemos tierrita y ya. Para él, por su parte, la posibilidad de ser solo tierrita simplemente no existe.

Después de haber leído más de cosmogonías de diferentes partes del mundo, a mí lo que me sorprende es la capacidad del ser humano de dar tan variadas respuestas a la mismas preguntas. Más sorprendente aún es nuestra fuerte inclinación por inventar o, si se quiere, “recibir” sistemas religiosos que nos brindan suficientes excusas para sufrir… como si no hubiera suficiente material acá en el terreno físico.

Yo por mi parte tengo claro que, en caso de que exista algo, no necesito de intermediarios de ningún tipo. Ni siquiera de un amigo de mirada condescendiente que trate de instruirme. Meterse con el lado espiritual o la ausencia de aquel de alguien, especialmente cuando ese alguien no ha pedido opinión alguna, es exactamente como empezar a indicar cuál es el color que se debe utilizar para los calzoncillos.

¿Quieres ir a la Iglesia cada domingo, oír a un padre cantando de las buenas nuevas? Bien por ti. ¿Es más llevadera tu vida porque dejas de comer cerdo para renovar tus votos con Dios? ¡Házlo, me tiene sin cuidado! Creo que sabes tanto o tan poco de Dios como yo.

Mi amigo, que es un buen tipo, se dio cuenta que ya yo estaba un poco molesto con su perorata. “Quiubo, Manu, ¿estás que me tirás por la ventana?” me preguntó. “O de tirarme,” respondí. Debí haberle pedido que se lanzara a ver si Dios lo recibía, pero… ¿y luego quién se hace cargo de sus tres hijos? ¿Yo y una bandada de dioses?

PD: escribí esta entrada en gran medida estimulado por la última entrada del blog de Julia Londoño en El Espectador.

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