No deja de asombrarme cómo progresa Colombia. Uno tras otro, los políticos, las instituciones y los funcionarios públicos se las ingenian para robar un poco más. Todos los días, la opinión pública y la «gente de bien» giran sus puritanos discursos salpicados de misoginia y homofobia un poco más a la derecha. Cada segundo, a pesar de la plástica alegría futbolera que a veces droga a los medios de comunicación y al presidente Santos con su estúpido optimismo, la realidad nos da un codazo amistoso en las costillas susurrándonos al oído: «Pssst... todo puede ser peor».
La educación y las leyes también progresan en la República Parroquial de Colombia: sus dinámicas del medioevo llenas de religión, brujas e inquisiciones se nutren con el aumento de iglesias evangélicas en Bogotá y los casos de pedofília entre los curas. Las enseñanzas del Levítico y el Deuteronomio inundan el panorama político del país con el sectarismo y las palabras cargadas de odio del venerable procurador Ordóñez. Alabado sea el Señor.
Quiera Dios que ahora los conservadores católicos logren tumbar la sentencia que despenaliza el aborto en los casos de violación, riesgo de muerte de la madre y malformación del feto. El progreso no debe detenerse: todavía es posible que haya más mujeres abusadas en Colombia, más muertes innecesarias, más niños sufriendo a extremos impensables. «Pssst... todo puede ser peor».
Lo bueno de todo esto es que se desbanca esa insoportable sensación de quietud que a veces parece cernrirse sobre el país. No señor, no todo sigue igual. Puede que la guerrilla siga masacrando campante, puede que la inequidad social siga creciendo como un vientre canceroso y que los congresistas y senadores sigan robando, pero no se puede negar que algunas cosas han cambiado: ahora también hay bandas criminales emergentes, también hay ladrones de corbata en el sector salud, en el ministerio de educación y en la DIAN, y cada vez surgen más escándalos y mentiras en el DAS, las alcaldías y la Iglesia católica. Que no se diga que las cosas siguen igual.
El tumor ha hecho metástasis y, muy pronto, cuando el aborto deje de ser un derecho y se convierta en un crimen ―léase «pecado»: en este caso son lo mismo―, el cáncer infestará las glándulas mamarias y el útero de esta Colombia en estado terminal, adolescente, malformada, tan solo para que los intereses personales de sus gobernantes y la moral hipercatólica de sus legisladores la sigan violando, una y otra vez, una y otra vez.
Gracias a Dios todo puede ser peor. De lo contrario, podríamos desensibilizarnos.
Nota: ¿Ud no se ha desensibilizado? Entonces firme esta carta en rechazo a la reforma que busca satanizar el aborto en todos los casos.
Imágenes por Mia Mäkilä


