El (des)concierto de Paul McCartney en Bogotá

21 de febrero del 2012

La emblemática sociedad Lennon-McCartney revolucionó la música y la cultura del siglo XX Colombia es un país para morirse de la rabia o de la risa. Comentaba el escritor Héctor Abad en un intento por explicar la realidad del país. Frases como esta han llenado los libros de anécdotas: “somos 24 millones de chambones”, “aquí […]

La emblemática sociedad Lennon-McCartney revolucionó la música y la cultura del siglo XX

Colombia es un país para morirse de la rabia o de la risa. Comentaba el escritor Héctor Abad en un intento por explicar la realidad del país. Frases como esta han llenado los libros de anécdotas: “somos 24 millones de chambones”, “aquí no pasa ni ha pasado nada”, “país de cafres”, “el poder para qué”, “hombre con hombre, mujer con mujer”. Cada una ha creado una situación histórica a partir de momentos sin importancia o respuestas dichas a la ligera. Hace unos días el Secretario de Gobierno de Bogotá, Antonio Navarro escribió en su cuenta de twiter que “Se está proponiendo de nuevo que el estadio El Campín se pueda prestar para traer a Paul McCartney, Madonna y Lady Gaga, ¿Qué opinan?” (El Tiempo).

Todo está dispuesto para que Paul McCartney venga y cante en Colombia. Salvo un detalle: la gramilla de El Campín no se toca. Es decir, el concierto no se hace sin que el IDRD y la Secretaría de Cultura autoricen que la grama del estadio capitalino puede emplearse para eventos masivos diferentes al paupérrimo espectáculo semanal de los equipos capitalinos. Olvidando que en ciudades como Buenos Aires, Barcelona, México o Londres, se realizan conciertos sin que se afecte la calidad de la grama o traiga consecuencias para quienes de uno u otro modo viven del fútbol, (eso sí, con la ayuda de la empresa privada).

Los empresarios interesados en el concierto no han perdido tiempo en intentar resolver este impase. El pasado viernes Fernán Martínez dijo en La W que ya existe la tecnología para proteger las gramas, “…los pisos para proteger la grama están inventados hace 20 años o se alquilan o se traen del exterior” (La W). En otras entrevistas señaló los enormes beneficios para la ciudad en materia económica, el positivo impacto mediático y publicitario, y por supuesto poder ver en vivo a un músico de la trayectoria e importancia de McCartney.

Lamentablemente las cosas no pintan bien: están en un limbo administrativo. La secretaria de Cultura espera la autorización del IDRD, éste debe evaluar primero las condiciones de la gramilla por lo que contrató a un grupo de expertos extranjeros para que realicen una exhaustiva investigación, a su vez, estos expertos aguardan el visto bueno de otra jurisdicción, y por si fuera suficiente, cuando lleguen a Bogotá la operación tortuga de los operadores aéreos de El Dorado o el drama del tráfico capitalino dilatarán aún más la espera por la disposición final. En tanto el representante de McCartney se mostró impresionado por “la cantidad de problemas y obstáculos que tiene la ciudad para realizar conciertos…” (La W). Fue enfático al decir que la decisión debe tomarse ahora, en cuestión de pocos días.

Las secretarías de la Alcaldía estiman que en sólo unas semanas habrá una respuesta. Que no hay afán, que el señor Paul McCartney puede esperar un momento a ver qué pasa. Como colofón a este enredo (más bien mal chiste), si la prueba de los expertos resulta positiva y los permisos de la Alcaldía se dan, será un juez quien determine si es viable revocar o no, la ley que impide utilizar la grama de El Campín para conciertos u otros eventos públicos.

Tal como está la situación, el concierto del exbeatle, al igual que el de la banda irlándesa U2 o los Rolling Stones no podrá realizarse por vericuetos administrativos. Cerrando de tajo la posibilidad de poder verlo en un futuro: ya ronda los 70 años y aunque anunció que dejará el cannabis, su retiro no demora. Dejar pasar esta magnífica oportunidad por trámites o impedimentos oficinescos sería imperdonable, irrisorio, patético. Pero muy posible en este país.

Paul McCartney cantaba junto a Lennon en 1967 “todo lo que necesitas es amor”. Si el alcalde Petro tiene como bandera la política del amor, debería darse la pela por este concierto. Porque lo opuesto al amor no es el odio, sino la apatía. O la burocracia administrativa bogotana.

El “Concierto de conciertos” en 1988. Cerca de 20 bandas tocaron durante 20 horas en El Campín

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