Gracias señor conductor. No me demoro más de 5 minutos.
Buenos días, ¿cómo están? – ¡Jum! Otro desgraciado vendedor – Bueno mi señora gracias por ese cordial saludo, pero lamento tener que informarle que tal vez, aunque sí soy un desgraciado, no soy un desgraciado vendedor, sencillamente porque hoy no tengo nada qué venderles. Solamente quisiera invitarlos a conversar un poco, no más de 3 minutos y después me bajo, lo prometo.
Bueno y si usted no vende nada, entonces ¿qué carajos hace? - ¿Cómo es su nombre caballero? – Iván Darío – Ok, Iván, primero me presento. Mi nombre es Jhon Jairo Jácome Ramírez, lo doy con apellidos y todo porque Jhon Jairo’s hay muchos, pero Jácome’s quedamos pocos. Estudié Filosofía en la Universidad Javeriana y una vez terminé quise apostarle todas mis energías a un proyecto literario que no resultó por las múltiples ocupaciones de los que conformaban el equipo editorial. Yo creía y estaba seguro que ese era el proyecto de mi vida, pero al ver que no funcionó, pues, bueno, ya se pueden imaginar qué pasó. Una fumada va por acá, otra por allá y desde entonces me dedico a vagar por las calles.
Y, ¿qué pretende, que le demos plata para vicio? – Pues bueno don Iván, la verdad es que esa era la idea inicial esta mañana, pero como espero hacerles ver, creo que hoy he tomado la decisión de ejercer mi profesión. Voy a dedicarme a la filosofía – O sea, se va a seguir muriendo de hambre – Ya veremos cómo solucionamos eso. Pasemos a lo que vinimos. Como les venía diciendo mi nombre es Jhon Jairo. Y estudié filosofía. Hoy voy a ver si de algo me sirvió. Mentiras. Sólo quiero invitarlos a que me acompañen a hacer algo, una reflexión. O mejor dicho, a que pensemos un momento mientras este bus avanza. Los que quieran. Al fin y al cabo no es delito no querer pensar.
Bueno empiece de una vez que ya casi me voy a bajar y quiero ver con qué es que va a salir usted – Gracias caballero, ¿su nombre? – Jorge Esteban – Bueno Jorge, arranco con usted. Puede decirme ¿quién fue Santo Tomás de Aquino? – Creo que un filósofo, pero no estoy seguro, por lo pronto le podría decir que hizo algo bueno, pues es Santo ¿no? – Pues Jorge, lamento decirle que no hizo nada extraordinario, sólo pensó - ¿Cómo? – Pues sí, sólo pensó, nada más. Ahora, lo importante es que pensó grandes cosas. Ya van a ver una. Sigamos.
Saben ustedes ¿quién es Álvaro Uribe? – No jodás, qué tiene que ver ese hijuemadre en esta reflexión filosófica – Vaya, ya vamos en reflexión filosófica, ¿cómo es su nombre? – Vilma – Bueno Vilma lo pregunto por una razón fundamental. Viendo cómo van las cosas en nuestro país, si Santo Tomás y Álvaro Uribe nos fueran a decir algo, ¿a quién le creeríamos más? Digo, algo como una exhortación, si nos fueran a decir y a dictar una norma de comportamiento, ¿a quién le creeríamos más? – Ay joven, qué bobadas dice usted – Sí, lo sé mi señora, soy filósofo – Es obvio que al menos yo, le haría más caso a Santo Tomás, es santo y los santos siempre dijeron cosas santas. Además yo a ese otro ya no le creo nada – Me regala su nombre mi señora – Rita Cecilia mijo – ¡Uy! como mi mamá. Perfecto. Estamos de acuerdo en que le creeríamos más a Santo Tomás o hay alguien que no. Vamos esto es una democracia, todo podemos opinar. – Pues yo diría que depende de qué es lo que me vayan a decir – Muy bien, ehhhhh – Juliana, filósofo – Jhon Jairo está mejor. Muy bien Juliana, para allá vamos.
¿Qué nos rige a nosotros los colombianos como ciudadanos en nuestro proceder? Es decir, ¿bajo qué normatividad nos regimos independientemente de nuestras creencias personales? – Por la Constitución, eso es obvio – Muy bien señor, eso es verdad. La Constitución nos rige como Carta Magna. Pero y volviendo a nuestro Álvaro, ¿no nos hemos dado cuenta que esa Constitución a veces se puede manipular para lograr intereses muy personales o en su defecto, de un reducido grupo que, para no herir susceptibilidades, podríamos llamar dirigentes políticos? Si es ella la base de nuestros derechos y deberes, nuestra Carta Magna, nuestra prenda de garantía frente al mismo Estado, nuestro derrotero a seguir, respetar y venerar, ¿cómo es posible que pueda ella misma servir a los intereses de un pequeño grupo que no representa la mayoría de esta nación? No sé ustedes, pero una Constitución que se prostituye al mejor postor, no me representa. – A mí tampoco. Es una Constitución de injusticias. Allí sólo están consignados los ideales de algo que no es ni podrá ser nunca: una Colombia justa y equitativa. – Eso es verdad, esa Constitución la han tomado los que han querido y la han vuelto mierda.
Para este momento del relato los ánimos en aquel bus estaban caldeados, y Jhon Jairo sólo observaba el escenario cada vez más propicio para lograr su fin.
Bueno, bueno, calmémonos que el interés no es discutir, es pensar. Vamos despacio. Puedo concluir de lo que ha pasado que hay cosas que no creemos de Álvaro y nuestra Constitución, ¿cierto? – Pues sí, no ve que eso es lo que está pasando en este país. Se montó y ahora nadie lo baja. Ya decía yo que a ese man no había que creerle mucho – Me regala su nombre señor – Manuel Andrés – Muy bien Manuel, usted ha dado en el punto. Si no le creemos a don Álvaro, ¿podríamos entonces creerle a Santo Tomás? - ¿Por qué lo dice, por qué lo trae a colación a él? – Lo digo porque como él es santo y fue un gran filósofo, podría tener mayor autoridad que don Álvaro en estos momentos ¿o no? – Pues vea don filósofo, yo toda la vida he sido creyente y siempre me he regido por lo que la Iglesia y sus santos han dicho y hecho, porque los políticos que hacen las leyes son unos corruptos y la misma ley es reflejo y amparo de su corrupción. - ¡¡¡Eso!!!! Gritaban los pasajeros en aquel bus, y don Manuel Andrés se sintió el caudillo liberador de toda esa masa de inconformes que a las 7 de la mañana viajaban a sus trabajos.
Entretanto, Jhon Jairo había conseguido el escenario ideal, y arremetió con toda su ignorancia aquella masa de inconformes que como siempre, habían sido seducidos una vez más por un mal discurso que tocaba sus corazones.
Si yo les preguntara aquí, ¿quiénes creen más en lo dicho por Santo Tomás que lo dicho por su Presidente, cuántos alzarían la mano? – De los 46 pasajeros que iban en aquel bus no faltó ninguno por alzar la mano, hasta el conductor dio un par de golpes a la bocina para reafirmar lo que los ojos de Jhon Jairo veían estupefactos. Fue en ese momento cuando nuestro filósofo sacó de su bolsillo interno de la chaqueta un libro muy bien cuidado, pues sabía que con él algún día iba a lograr comer. Era la Suma Teológica de Santo Tomás.
Muy bien mis queridos amigos, hemos llegado a una conclusión sorprendente. Tienen más validez en este momento las palabras proferidas por Santo Tomás, que los mil y un discursos amparados en nuestra obsoleta Constitución brindados en cualquier plaza de pueblo por nuestro querido presidente - ¡Síiiiiiiiii!!!!! – Gritaban los pasajeros. Doña Rita decía, “la voz de un santo es la voz de Dios y Dios siempre quiere lo mejor para sus hijos”. Otro señor afirmaba, “pues si es Santo es porque siempre dijo e hizo el bien con sus palabras”. Y uno aún más convencido gritó, “ojalá viviera Santo Tomás para que ayudara a estos corruptos a escribir una buena Constitución”.
Tan pronto llegaron estas palabras a los oídos de Jhon Jairo, alzó su voz por encima de la de los demás pasajeros que yacían inmersos en un sinfín de arengas subversivas para este momento que iban desde la destitución del presidente hasta la quema pública de la Constitución como un acto de rebeldía frente a lo que sentían era un conjunto de letras vacías que sólo servían a los mismos de siempre.
Jhon Jairo, el filósofo, alzó su libro a la vista de todos y afirmó con potente voz: aquí está lo que nuestro santo nos dijo, lo que nuestro santo afirmó. – En medio de la euforia que cada acto y cada palabra conllevaba por el éxtasis que pululaba en aquel bus, doña Rita, la señora que iba sentada al fondo, gritó: “léenos algo, por favor, señor filósofo”.
Jhon, que aquella mañana había amanecido con un hambre atroz, consecuencia de infinitos días de mendigar sin encontrar nada a cambio de su súplica, y que veía en aquel bus repleto de trabajadores su última salvación, sólo atinó a leer con potente voz lo consignado por el santo Dominico en su Suma Teológica, segunda parte, segunda sección, capítulo 32, artículo 7 (Sum. Teol. II, II, c.32, a.7 a3): “Hay que decir que en caso de extrema necesidad todas las cosas son comunes. De donde es lícito a aquél que padece tal necesidad, tomar de lo ajeno para su sustento si no encuentra quien quiera dárselo”.
Uno a uno, todos los pasajeros de aquel bus, dieron de lo que tenían a Jhon Jairo, y el único que se rehusó a hacerlo libremente, le dijo: “yo no le voy a dar nada por mí mismo, pero lo dejo tomar lo que quiera de mis pertenencias”. Un Iphone que le significó trescientos mil pesos aquella mañana fue lo último que el filósofo se guardó en su bolsillo al bajarse del bus después de haber sido aplaudido por todos mientras cada uno iba depositando en su mochila lo poco que tenía.
El filósofo
Mié, 14/11/2012 - 14:24
Gracias señor conductor. No me demoro más de 5 minutos.
Buenos días, ¿cómo están? – ¡Jum! Otro desgraciado vendedor – Bueno mi señora gracias por ese cordial saludo,
Buenos días, ¿cómo están? – ¡Jum! Otro desgraciado vendedor – Bueno mi señora gracias por ese cordial saludo,
