EL MENSAJE DEL CUERVO

Jue, 21/07/2011 - 14:35
 
En los más de cinco siglos corridos desde la época del descubrimiento y conquista Colombia  es pueblo que se empeñó en borrarse y que se auto elimina a cada moment
 

En los más de cinco siglos corridos desde la época del descubrimiento y conquista Colombia  es pueblo que se empeñó en borrarse y que se auto elimina a cada momento. Todas las generaciones, las de antes y las de ahora, han repetido el mismo esfuerzo por camuflarse, parecerse a otras sociedades y no identificarse con su propia realidad. Nuestro país no puede exhibir por la  índole cultural y económica que signan su vida histórica  de grandes construcciones ancestrales, castillos feudales o palacios imperiales.  Tenemos objetos sagrados o triviales de las culturas indígenas, viejas casonas de gentes sin vanidades, calles empedradas, iglesias de piedra, algunas edificaciones republicanas y nuestros cementerios. Somos diferentes y eso debe constituirse en un orgullo cuando vemos o recorremos historias y pueblos localizados  en otras latitudes.  Ese es nuestro origen y nuestro pasado. Existe, por tanto, la necesidad de conservar todo aquello que puede ostentar valor de monumento de acuerdo a ese mismo contexto y todo acto que lo impida, destruya o desconozca es un crimen contra la patria.

Recorrer el gris blanquecino de pequeños palacios repartidos en callejuelas donde se aspira el olor de la ausencia definitiva para descubrir con asombro, gozo, incredulidad y horror  tantos personajes ilustres o desconocidos, leyendas olvidadas de amor, deslealtad y muerte son trozos legendarios de un pasado real o ficticio que logran hacer del turismo necrológico guiado una experiencia nada indiferente para quien lo realiza.

El cementerio central de Bogotá, enclavado en el polo del desarrollo de los nuevos tramos de Transmilenio de la calle 26 y vecino del popular barrio Santafé y del moderno Centro Internacional, ostenta el título de ser el único ovalado del mundo. Diseñado de esta forma en el año de 1831 para distinguir la  ciudad  terrena de la divina y diferenciar tanto en vida como en la  muerte la lucha de clases: los ricos e ilustres están enterrados  en el ovalo principal cercano a la entrada y a la capilla y los pobres o desconocidos  en las elipses más alejadas. Traspasar su portón de entrada nos enfrenta a mirar la dignidad del suicidio  en el mausoleo de José Asunción Silva. Pasos  más adelante panteones de estilo griego y romano hacen la venia a los monumentos de hombres insignes caídos por las balas de la intransigencia. Un pasto forrado de rosas marchitas acompaña a una simple tumba donde yace un grande de Colombia. En una esquina un monstruoso nicho negro asoma las fauces de la lobería de los nuevos muertos. Criptas anónimas se asoman tratando de buscar atención y de repente, sin buscarlo, se topa uno con la mítica figura del pensador de Leo Kopp a quien decenas de  vivos le hablan al oído en una romería en donde le abrazan, besan, lavan y le reiteran su lealtad siempre que el cumpla sus compromisos pactados, mientras que por el  otro costado las flores azules escoltan las risas de los miembros de la comunidad LGBT que  van hasta  el sepulcro del afamado astrónomo Julio Garavito a replicar las mismas peticiones.  Otras tantas tumbas son testigos irrecusables de nuestros inicios y conflictos: Benjamín Herrera, Gustavo Rojas, el general Santander, Gonzalo Jiménez de Quezada, Marco Fidel Suarez, Rufino Cuervo, Soledad Acosta, Abood Shaio, Oreste  Sindici, León de Greiff y muchos más que nos enfrentan al tema tabú de la muerte como la memoria que no podemos olvidar.

En estos tiempos en que la evasión de responsabilidades, la corrupción, los apetitos materiales, los abusos laborales, el  convertir la ley suprema en teoría supeditable  al tenor de las necesidades del  gobernante de turno, la creencia generalizada que los títulos e influencias lo hacen todo y nuestro carácter esnobista, superficial, vano, inseguro y despótico  son parte del diario vivir, podríamos tratar de de confrontarnos a nosotros mismos a través del rescate de nuestros muertos. Los  imponentes  mausoleos del cementerio están peleando un lugar en el recuerdo de la sociedad.  Se  desmoronan ante la apatía del Ministerio de Cultura, de la empresa que lo administra (Nuevo Renacer) de las secretarias distritales, las organizaciones privadas, los grupos independientes que pregonan la preservación de la cultura, la responsabilidad social de las familias de apellidos ilustres que usufructúan el heroísmo de sus muertos para seguir ostentado el poder, la policía y  nosotros los ciudadanos normales y comunes. El deterioro lo hace cada día un testimonio histórico agonizante. Un museo de sitio a cielos abiertos donde propios y foráneos contemplemos quienes fuimos y de dónde venimos  sin sentir por ello vergüenza es la cruzada para salvar el cementerio de Bogotá. Convertirlo en un centro de información cultural en donde se nos enseñe que tal vez, algún día, para encontrar ciudadanos de buen fuste, valerosos, defensores, honestos y  dignos, no tengamos que ir siempre a buscarlos entre los muertos.

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