El odiado fanático del fútbol y los intelectuales

10 de marzo del 2015

No hay nada de malo en que a buena parte de la población, sobre todo masculina, nos guste el fútbol, al fin y al cabo, nada es perfecto. A quién le importa si Borges dijo que «el fútbol es estúpido y es popular porque la estupidez es popular». Borges también dijo sobre Cien años de […]

No hay nada de malo en que a buena parte de la población, sobre todo masculina, nos guste el fútbol, al fin y al cabo, nada es perfecto. A quién le importa si Borges dijo que «el fútbol es estúpido y es popular porque la estupidez es popular». Borges también dijo sobre Cien años de soledad que le parecía una «larga anécdota y hubieran bastado con cincuenta». Pero Gabo tampoco merece una defensa: felicitó al argentino Valdano por hacer el gol que excluía a la selección Colombia de clasificar al mundial de México 86. También odiaba al fútbol.

Es indudable que el fútbol tiene un regusto que no tienen otras artes más delicadas, o refinadas, dependen desde el lugar donde se miren. Artes como el ballet o la opera o el canto u otros deportes igual de encantadores como el ciclismo, que no tienen la dosis de fanatismo que despierta el fútbol.

El delirio del gol del equipo del que se es afecto provoca una estimulación cerebral muy parecida al mayor de los éxtasis, que también tiene que ver con las motivaciones alrededor del fútbol, como nacionalismos, regionalismos, o simples votos pertinaces y disparatados por una camiseta.

Este último, es el tipo de aficionado odiado por quienes no entienden de la pasión que genera el fútbol y, su vez, por quienes lo ven como algo más allá de una simpatía y explican el juego desde múltiples supuestos y no desde una mirada simplificadora y reduccionista.

Estos seguidores fanatizados son quienes tendrán que ser excluidos de los estadios ―en Inglaterra lo hicieron con los temibles hooligans―. La dificultad estriba en que se traslada el problema, que antes se generaba dentro de los campos, a las calles. Dejó de ser un problema exclusivo del fútbol para convertirse en un problema social y que las autoridades deben enfrentar.

Normalmente la conducta del fanático obcecado del fútbol corresponde a la del extremista de cualquier actividad, que aviva su entusiasmo con un fervor inusitado. Sea la de un exaltado religioso para quien los que profesan otros credos son infieles o mundanos; o los mismos latosos que dividen el mundo entre capitalistas y comunistas, derecha e izquierda, uribistas y antiuribistas, y ven a los demás como su enemigo a excluir.

Así también son los fanáticos del fútbol, son ciegos y trastornados. Saltan en las graderías todo el tiempo, inquietos por todo, menos por el fútbol. Por lo general su cultura deportiva es nula y salvo las barras organizadas y no violentas no ven el espectáculo del fútbol como un fin, más lo ven como un medio para manifestar sus miedos e inseguridades, por tanto andan en grupos, y sus conductas son más acordes con la agitación social.

A un verdadero fanático no le preocupa lo que piensa intelectuales de la talla de Borges o Gabo, hay otros, como Albert Camus y Javier Marías, que vieron contenidos más profundos y afilados alrededor del juego. Pero sí preocupa el individuo violento que expresa su odio a través del fútbol.

@juancuellarp

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO