Entre Gustav Mahler y Bogotá

27 de julio del 2011

Mahler fue un gran director de orquesta y compositor en su tiempo. Sin embargo después de su muerte en 1911 se dejó de escuchar en el mundo; pronto comenzaba la I Guerra Mundial, escenario de los grandes imperios, en donde la música de Mahler no tenía lugar. Sin embargo, a mediados de siglo XX Leonard […]

Mahler fue un gran director de orquesta y compositor en su tiempo. Sin embargo después de su muerte en 1911 se dejó de escuchar en el mundo; pronto comenzaba la I Guerra Mundial, escenario de los grandes imperios, en donde la música de Mahler no tenía lugar. Sin embargo, a mediados de siglo XX Leonard Bernstein, director de la Filarmónica de New York, sacó a la luz grandes interpretaciones de Gustav Mahler haciendo que su papel en la historia de la música tomara peso. A pesar de esto, Mahler no es uno de los compositores más conocidos en la vox populi. Sólo hasta hace muy pocos años, en pleno s. XXI se empezó a escuchar de nuevo su nombre. ¿A qué se debió esto?

Algunos teóricos afirman que los desarrollos de la música están ligados a los desarrollos sociales de la época. La música académica no es la excepción. Las formas de música barroca, clásica, romántica y del s. XX han estado ligadas, por ejemplo, a diferentes formas de Estado. Las cortes del siglo XVIII se reflejan en la música clásica de Mozart con la forma sonata. En el s. XIX se consolidaron los Estados Nacionales, en los que, por ejemplo, Alemania vio la necesidad de consolidarse como unidad política  para contrarrestar la fuerza política y militar de Francia, fomentando a su vez el nacionalismo que encontró fuerza en expresiones con la de Wagner y Beethoven. El siglo XX, por otro lado, rompió las estructuras anteriores, pues su música fue experimental ligada a la caída de los grandes imperios del siglo pasado.

Ahora bien, también es posible relacionar una interpretación del siglo pasado con la sociedad actual. De esta manera, se pueden establecer vínculos entre las interpretaciones de Mahler que actualmente se realizan en Bogotá tomando como ejemplo la Orquesta Sinfónica de Venezuela Simón Bolívar que presentó la Séptima sinfonía de Mahler en el Teatro Mayor.

Gustav Mahler estaba en una encrucijada: su nuevo desarrollo musical lo anunció al empezar el siglo que aún no se despedía de pasadas ideas. Las pasadas ideas de los grandes imperios, de los nacionalismos, de la patria. Y sin embargo él estaba allí haciendo música en una época que aún no se entendía. En otras palabras, Mahler se adelantó a su época. Se podría explicar no sólo por su vida trágica (como todo buen romántico) en la que murieron su hermanos, su hija y fue engañado por su esposa; sino también por los dilemas con su identidad de hombre en sociedad. Su identidad, en pleno furor nacionalista no era unívoca como el nombre de un solo estado. Lo que vivía Mahler es el resultado de ser incluido y excluido a la vez, reconociendo: “soy tres veces extranjero: un bohemio entre austriacos, un austriaco entre alemanes y un judío por el mundo”. Mahler nació en 1860 cuando Bohemia hacía parte del Imperio Austro-Húngaro en un seno de familia judía en la que vio morir a sus 9 hermanos. Sin embargo, el Imperio se derrumbó tras la I Guerra Mundial y se creó Checoslovaquia en 1918 en el que Bohemia pasó a ser una provincia más. Mahler viaja a Viena (Austria) para ser Maestro de Capilla de la Corte de Viena que se le exigió convertirse de judío a católico. Sin embargo, él siempre se afirmó como agnóstico de convicción. Puede llamarse al problema de Mahler como un problema de identidad que acompañó a su música, no entendida en su tiempo -porque en su tiempo sólo existía la persistencia de ser hombre de Estado, de una Nación, de una patria- pero del que sí se adelantó a su tiempo, porque como nunca después de lo que implica la caída de las grandes naciones en nuestra época se vale y se  necesita reconocer y llamarse con más de un nombre, con más de una identidad. En donde son cada vez más los extranjeros, viajeros y hombres sin patria. Mahler vivió esta etapa de transición. Y es esta etapa la revolución de una nueva forma de hacer sinfonías.

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Algunas personas que conocen la música de Mahler afirman que ésta no es ni lo uno ni lo otro. No es propiamente del s. XIX, música nacionalista, pero tampoco es propiamente música del nuevo siglo que sí se materializó en la segunda escuela de Viena con  Arnold Schönberg, Alban Berg y Anton Webern; éste primero alumno de Mahler. Sobre esto se puede decir que es correcto. Propiamente Mahler no instauró el nuevo siglo, pues el gran avance, el dodecafonismo fue posterior, y también abandonó la tradicional forma bethoveniana de concebir una orquesta. Propiamente Mahler fue una transición, que en palabras del sociólogo Norbert Elias son los momentos en que realmente se encuentra la esencia del cambio. Un cambio que expresa la realidad social de un momento, en el caso del s.XX, la necesidad de abrir camino a una nueva configuración de la política internacional, donde la denominación social, civil, religiosa y nacional de un hombre tiene derecho a tener más cabida.

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Mahler expresó un sentimiento de la época que aún la mayoría no veía. Él la vio por su condición, por su relación con la muerte. Lo que hizo Mahler fue pronosticar los valores y la estructura de una nueva época, de la nuestra. Y es por eso, que existe una tradición de directores de orquesta no se cansan de promulgar estos valores con Mahler: Bernstein, director de la Filarmónica de NY, judío; Daniel Baremboin  músico argentino de familia judía de origen ruso, nacionalizado israelí y con la ciudadanía palestina y Gustavo Dudamel reconocido director de orquesta de los Ángeles y Venezuela quien se educó bajo el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela. Dos judíos y un latinoamericano a la batuta.

Cuando la Orquesta Simón Bolivar realizó su presentación en Bogotá debido a la conmemoración del bicentenario de las independencias, no pudo haber traído mejor repertorio que Mahler. Con su música se entiende que no es necesario escribir para unos instrumentos por aparte, como estados aparte, sino que se puede escribir como un todo para una orquesta. Esa fue la visión. Es la música que lleva consigo el reconocimiento de una identidad múltiple con su obra, la muerte, el dolor y también la alegría; todo esas impresiones en una sola puesta. Algo así, como la puesta en marcha de Naciones Unidas en su plano más ideal.

Cuando se dice que las sinfonías fueron una forma de entender la política desde el diálogo hasta que apareció la democracia, es cierto. Hay diálogo entre instrumentos, hay momentos para hablar, en los que si no se escucha hay caos. Pues bien, una característica de la música nacionalista es que tenían un discurso para las sinfonías e inclusive todas las sinfonías de Mahler tenían un “tema” (esa narración en la que se inspiró el compositor), excepto la quinta, la sexta y la séptima.

La Séptima Sinfonía fue escrita en los momentos más felices de la vida de Mahler, la vida y la muerte en un mismo lugar sin compromiso. Es música absoluta. Música por la música en sí misma.  Sin nacionalidades, sin religiones, sin fanatismos. En la que se superaron las formas individualistas de los instrumentos y en la que se pensó en orquesta como un todo. Venezuela trajo con el concierto el 4 de Julio un mensaje de alegría en un mundo de caos, en un mundo de las múltiples identidades y que, por tal, no nos permite pensar unidos. El mundo en el que Bogotá también tiene que disfrutar por la independencia, sin dejar de reconocer sus identidades -que hoy en día se juega con el desarraigo de desplazados, diferencias regionales, antipatía política, y en general, una ciudad que en su siglo pasado no albergó a los inmigrantes europeos y judíos de las guerras españolas como sí otras ciudades del continente, y que por tanto no sabemos qué es vivir con la diferencia de identidades-. En el que a pesar de las muertes de tus hermanos, de tus familiares, de las personas con las que habitas un territorio mueran, de la violencia misma, habrán momentos para la alegría de poder encontrar belleza en un sonido.

Por: Marcela Pardo @fejamode.

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