ESTAFAS, POLÍTICAS Y VENTAS

Mar, 05/07/2011 - 16:08
Una manera tosca de analizar la relación entre candidatos y electores es la relación oferta-demanda. El candidato le vende un producto a sus electores a cambio de su p

Una manera tosca de analizar la relación entre candidatos y electores es la relación oferta-demanda. El candidato le vende un producto a sus electores a cambio de su puesto. En términos un poco más técnicos, los productos ofrecidos por los candidatos suelen llamarse “políticas”. Ejemplos recientes hay varios: políticas de seguridad, políticas de prosperidad, políticas de paz, etc. Con base en la adecuada promoción de sus productos, los candidatos logran cautivar a sus electores para que los compren. En modus menos tosco, con base en los argumentos expuestos a favor de las políticas, los electores se inclinan por una o por otra propuesta. Pero seamos sinceros. En época electoral reina la versión más tosca. Bogotá, por supuesto, no es la excepción. Mockus nos vendió cultura, Peñalosa nos vendió desarrollo urbano, Lucho Garzón nos vendió seguridad social y Samuel Moreno nos estafó con un metro. Más allá de denominar a las cosas como “productos” o “políticas”, me interesa analizar la continuidad o no de las mismas, en particular en Bogotá. Mi idea es que, si no se vende “continuidad” (o se hace una política de continuidad de políticas), resultaremos estafados.

Según Aristóteles, el hombre es un ser social por naturaleza. La Bogotá de hoy parece un contraejemplo a la tesis del filósofo. Caminar por el centro de la ciudad es una muestra de una hostilidad egocéntrica que se transforma en un derrumbe indiscriminado de transeúntes para ganar el paso; es necesario esquivar vendedores y habitantes de la calle con una arrogancia desmedida. En las calles de Bogotá, en las aceras, hay un odio al prójimo, un desprecio que sirve como medio para llegar pronto al trabajo. El tráfico complica todavía más todo este panorama. Los pitos de los carros, la contaminación y los trancones generan un estrés colectivo el cual, en conjunción con un acto mínimo de provocación, se convierte en una mutua violación de la integridad entre al menos dos agentes o, en términos decentes, en un problema de tolerancia, que en no pocas ocasiones termina en muerte. Surge la pregunta, ¿qué pasó?

Pasó, creo, que no hay continuidad de políticas ciudadanas. El fenómeno es similar a un niño al que le hacen un regalo, lo disfruta por un tiempo, y luego lo guarda o lo bota. Se puede hacer una diferencia entre dos tipos de productos o políticas: permanentes y provisionales. A mí parecer, en Bogotá no hay una garantía para diferenciar entre unas y otras. O mejor, en Bogotá no hay medidas que permitan la posibilidad misma de las políticas permanentes. Detractores y defensores no podrán negar que la promoción de cultura ciudadana y la recuperación del espacio público aumentaron la seguridad de la ciudad. Los índices de homicidios, en las administraciones de Mockus y Peñalosa, se redujeron notablemente. El haber acabado con la famosa calle del cartucho significó la eliminación de uno de los focos de expendio de drogas, homicidios y violaciones más grandes de la ciudad. Sin embargo, políticas de ese corte, digámoslo sin tapujos, jamás se vieron en la administración de Samuel Moreno. Eso, en fin, todo el mundo lo sabe.

Se dice que Samuel Moreno conservó las políticas sociales de Lucho Garzón. Uno se pregunta: ¿no es lo elemental haberlo hecho? ¿Quién pensaría en quitarle la educación y el alimento a las personas que más lo necesitan? Más aún, ¿por qué la calidad de educación y nutrición bajó en la última administración? Es dudoso que la política social de Lucho Garzón se haya mantenido en la administración Moreno Rojas, pero asumiendo que sí se mantuvo, la verdad eso no es algo de exaltar. Es lo que cualquier alcalde debió haber hecho. ¿Qué pasó con el desarrollo urbano y con la cultura ciudadana? Al perderse, se generó el caos colectivo del que hablaba anteriormente. Lo que compramos hace unos años ha desaparecido por completo: ya no queda nada. Sólo problemas de corrupción y una ciudad que a veces parece haber sido golpeada por un desastre natural (al menos la calle 26 y la carrera Décima). Los homicidios aumentaron y, en general, los índices de seguridad bajaron. Hace cinco años, por ejemplo, el parque Tercer Milenio estaba custodiado 24 horas al día y tenía constante aseo y cuidado. Las personas podían caminar por él a altas horas de la noche sin ningún problema. Hoy en día, pasar de la Décima a la Caracas a las 10 de la mañana es un intento de suicidio (por seguridad y contaminación). Las banderas de la cultura ciudadana y el desarrollo urbano se han guardado. Me atrevería a decir que lo mismo está ocurriendo con la política social. ¡Nos estafaron! Las políticas permanentes se convirtieron en provisionales.

No es mi interés hacer una crítica a la administración Samuel Moreno. Como la mayoría de los bogotanos, considero que fue lo peor que le pudo pasar a esta ciudad, así que no quiero aumentar el número de denuncias al respecto (la Fiscalía y la Procuraduría ya se ocuparán de eso). Pero hay que llamar la atención sobre las garantías que las políticas ciudadanas deberían tener. Alguien debería venderle a los electores una política de continuidad real de las políticas permanentes. Se debe asegurar la posibilidad misma de la política permanente. El establecimiento de unos controles para la alteración de esas políticas se hace necesario o el resultado será la estafa a los ciudadanos y, en particular, a los electores. Descalabros como los que ahora estamos viviendo son, al menos en parte, el resultado de la carencia de ese tipo de política. Bogotá debe aprender a manipular de forma adecuada lo estable y lo que fluye, sin confundir una cosa con la otra.

En época de elecciones, hay que estar entonces muy atentos a los productos que los vendedores de turno nos ofrecen. Ojalá alguno de ellos nos ofreciera la estabilidad de las políticas, la posibilidad de políticas distritales reales. Lastimosamente, como en las propagandas de televisión de productos para bajar de peso o cocinar más rápido, los electores se quedan en la superficialidad del producto, en aquello que se ve bonito: finalmente es aquello lo que vende. La dinámica electoral debería parecerse más a la compra o venta de un carro, donde se analiza cada detalle, por dentro y por fuera. Por estos días, se vende al elector cualquier cosa: hasta la ética. En todo caso, si no hay un buen producto, en lo personal preferiría no salir de compras, o comprar un balde de pintura blanca, mientras en los centros comerciales se desbocan por el producto más superficial que, peor aún, posiblemente dure poco.

 

Angel Rivera Novoa

Twitter @Angel_Rivera_N

 
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