Y es que toca, porque qué camello organizar un matrimonio. Todo lo que conlleva la unión y el compromiso ante los ojos de la religión que uno profesa parece un contrato por prestación de servicios que obliga a pasar un informe detallado de actividades, todos los fines de mes.
Pues mi trabajo comenzó en agosto cuando, después de dos vinos, mi esposa llamó desde Ibagué y me dijo: “nos casamos en diciembre”. Ese mensaje directo generó una “respuesta – pregunta” inmediata que, pensándolo bien, fue una reacción nerviosa:
-¿y es que acaso ya no estamos casados?
-Por lo civil, sí. Por la iglesia, no.
Pues sin posibilidad de “echar reversa”, porque el embrague de mis decisiones en la casa está averiado, dije: “hagámosle”. Ella, con total manejo de la situación y de lo divino, afirmó: “listo; la fecha es el primero de diciembre, en la capilla del conjunto donde vive mi papá; el cura ya dijo que sí y ya averigüé en dónde hacemos el curso prematrimonial”.
Creo que han sido los dos vinos más efectivos en la historia del consumo de alcohol moderado y no moderado; en menos de seis horas quedó arreglado el primer paso de la maratón de cuatro meses que había acabado de confirmar, con una respuesta a distancia, y que fue recibida cual préstamo de libre inversión sin importar el reporte en Datacrédito o el castigo por no haber pagado alguna deuda.
Terminando la llamada volví a preguntar: ¿seguro que sólo fueron dos vinos? El silencio sepulcral a través de la bocina me hizo entender que el concubinato iba a ser legalizado.
Tras lo decidido llegó la pensadera, la planeadera, la peleadera y la invitadera, que dieron paso al análisis del tipo de papel para las tarjetas, el número de flores a comprar, el sitio del brindis, las palabras del suegro, las de mi papá, la entrega en la iglesia, en fin…
Las sorpresas, motivadas por la emoción del matrimonio de la niña de la casa y del soltero más cotizado de mi mamá, no se hicieron esperar. La logística de este maremágnum de emociones fue liderada por quien debía liderarla; yo, la verdad, cumplí con cuatro o cinco tareas de las más fáciles, entre ellas, un par de madrugadas y unas jornadas de mensajería.
Listos los detalles, lista la convocatoria, lista la autorización y nos fuimos.
El primero de diciembre marcó la historia de mi vida, de manera radical. Les voy a contar algunos detalles que fueron característicos de la jornada y que no se me van a olvidar nunca:
- Mi esposa llegó a la iglesia en una carroza, tirada por un caballo; por lo agreste de la entrada le tocó devolverse y, en ese momento, la expresión de los invitados fue: ¡uy, se arrepintió!
- Dentro de la capilla yo la esperé en compañía de mi hermana y mi padrino; estuve envuelto en un saco de dril color azul y soportando una temperatura de 30 grados Celsius. Bajé tres kilos.
- Superado el recorrido ella entró cubierta en llanto; no sé si de alegría o de arrepentimiento. El que hasta este día haya permanecido a mi lado me deja intuir que las lágrimas fueron positivas.
- Después de la bendición, los aplausos y las felicitaciones, subimos a la carroza para que nos tomaran unas fotografías. El brioso corcel exacerbó mi temor por su existencia y, más o menos, obligué al cochero a parar; me bajé temblando, raudo y veloz; y me alejé de ese animal que, con mirada intimidante, parecía estar listo para atacar.
- Superado el susto entramos a un coctel engalanado por un ceviche y acompañado por una cerveza fría, para el calor. Elementos que nunca probé porque la jornada de fotos no lo permitió.
- No obstante, pensé: en la rumba me desquito. “Muerto del hambre” recorrí las mesas de los invitados para las fotos protocolarias. En ese trasegar fue servida la entrada de la comida; alimento que nunca recibí porque mis amigos, siempre tan considerados, decidieron hacerlo suyo para que no se enfriara.
- Llegó la segunda sesión de palabras, que incluyó la bienvenida de mi suegro; los agradecimientos de mis suegras (porque ahora tengo dos); y los chistes de mi papá. ¡Sin palabras!
- En la fiesta la pasamos bueno. Serenata, bailarines de salsa, coreografía que destruyó el efecto del whisky, tanda de rock en español y un conjunto vallenato hicieron parte de las sorpresas.
- Mi hija mayor consiguió un parejo ‘de lujo’, con el que ganaron el concurso de baile. Todavía me está reclamando el premio prometido por el triunfo. Al parejo, la esposa lo tiene en acuartelamiento de primer grado porque los efectos del alcohol le facilitaron un par de golpes de más, por la pérdida del equilibrio, pero salió victorioso de la prueba. No me imagino ‘la lora’ que le dieron…
- En medio de la euforia mi padrino, después de cierto número de tragos exclamó: “cierren la puerta, que en esta fiesta no cabemos más ricos”.
