Fotografía, realidad y ficción en Sebald

22 de enero del 2012

  Cuando comencé a leer “Austerlitz” lo primero que me impresionó no fue la prosa de Sebald sino aquella primera o segunda fotografía que acompañaba el texto. Aquellos ojos de búho o lechuza que se dirigían a mí, acusadores. Como anunciando que estarían vigilándome mientras siguiera la lectura. Luego las siguientes fotografías confirmaban la sensación […]

Cuando comencé a leer “Austerlitz” lo primero que me impresionó no fue la prosa de Sebald sino aquella primera o segunda fotografía que acompañaba el texto. Aquellos ojos de búho o lechuza que se dirigían a mí, acusadores. Como anunciando que estarían vigilándome mientras siguiera la lectura. Luego las siguientes fotografías confirmaban la sensación anterior pero la atenuaban, ya no tanto de vigilancia como de veracidad. Lo que estaba leyendo era real, pues cada cuantas páginas encontraba un evidencia de ello. Si el narrador había estado en determinado sitio, de un momento a otro, en la siguiente página, aparecía una fotografía de aquel lugar tal y como se había descrito. Si el narrador recordaba a aquella persona que llevaba un morral del ejercito suizo, sin pausa, aparecía la imagen del morral colgado de una silla. La fotografía le deba realidad al texto. Me imaginaba a Sebald escribiendo la novela y yendo luego a los lugares en que ésta ocurría para tomar fotografías a diestra y siniestra. Me lo imaginaba construyendo su mundo de ficción hasta el punto de confírmalo por medio de imágenes. Pero aquellas ideas morían, o intentaban morir, cuando de un momento a otro aparecían fotografías precisas de cosas que sería imposible construir, de cosas que sería imposible capturar luego de haber escrito la novela. Fotografías históricas de gente específica. Fotografías donde no sólo aparecían lugares sino objetos o personas de cuya ficcionalidad uno no dudaba antes de verlas plasmadas en el papel. Veracidad, pero más que ella, realidad misma. La sensación de estar leyendo una gran crónica de periódico más que una novela. Más que una ficción.

Comencé “Los emigrados” preguntándome qué función cumplían las fotografías en los relatos de Sebald. Normalmente las ilustraciones de libros, infantiles o no, se hacen con el fin de mostrar gráficamente lo plasmado en el texto. De modo que en ellas se puede observar desde Caperucita Roja hasta el Infierno de Dante avivando la imaginación que cada lector ha construido de aquellos mundos. Pero en Sebald las fotografías no cumplen aquella labor ilustrativa. Es más, su prosa cuidada es en mayor parte realista y describe con detalle los objetos o lugares que aparecen en ella. Es una prosa que podría prescindir de cualquier tipo de ilustración. Entonces, ¿qué función cumplen unas fotografías de las que se podría prescindir?

El periódico, hoy en día, sería imposible de concebir sin imágenes, incluso sin videos. La razón de no poderlo hacer es que el periódico necesita de la fotografía para sustentar su relación con la realidad. Una noticia que sólo se cuenta y no se muestra dará sospechas. Dará lugar a teorías de conspiración. La muerte debe ser confirmada por medio de una fotografía que así lo atestigüe, desde el Che hasta Osama Bin Laden. ¿Por qué? Por la relación que hay entre la fotografía y la realidad. No hay fotografía si antes la luz proveniente de un objeto no se ha impregnado en una película sensibilizada o en un sensor electrónico. A pesar de que ésta pueda ser manipulada en su proceso de edición, queda la sensación de que algo real debió anteceder a la fotografía. Siendo, entonces, ésta evidencia de que lo que se dice es cierto, es real. De que la noticia no fue inventada, de que no es una ficción.

En Sebald parece ocurrir lo mismo. La fotografía, más que ilustrar lo que por sí ha sido ilustrado en palabras, está para dar evidencia de ello. Lo real que se cuela en lo ficticio y lo destruye. La noción de que aquellas diez páginas, en una prosa exquisita, que separan fotografía de fotografía, y de las cuales el lector está seguro hacen parte de un relato de ficción, no son ficcionales sino reales. Que aquellos lugares existen o existieron. De que aquellos personajes, salidos de una mente imaginaria, eran de carne y hueso. Que se botaron, efectivamente, a las vías de un tren o que se quedaron para siempre en un taller de Manchester. La puñalada en el lector de que aquella historia que se cuenta de manera tan elocuente es sacada, en efecto, de un diario real de letra ilegible. Sí, aquellas fotografías matan la ficción. La apuñalan o rompen el contrato ficcional que se ha establecido con el libro. Bofetadas que se dan para recodar al lector que él no está en un mundo inventado, sino en el mundo real. Real con mayúscula, si quiere.

Pero como se sabe, hasta los periódicos son ficción. Porque se escogen unas cosas y se eliminan otras. Porque se usan determinadas palabras y no otras. Porque las fotografías, que unen con la realidad, son susceptibles de interpretación. Porque si bien una imagen vale más que mil palabras, esta imagen, sin un texto o contexto que la acompañe, pasa por nada. Y entonces queda Sebald, cuyos textos parecen tratar sobre la realidad pero no lo hacen.

(Acá está, para mayores referencias, el magnifico ensayo hecho por Sontag sobre Sebald: en inglés o español).

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO