Imagínese que usted es importante

3 de diciembre del 2012

Imagínese que, un día, se le quedan las llaves dentro de su casa y no puede entrar. Llamará entonces al cerrajero, y él llegará en bombas a solucionar el infantil problema en el que su torpeza lo ha metido. Mirará trabajar a este hombre humilde, que llegó a la hora que le dijo que llegaría, en cosas que usted probablemente no podría hacer bien ni siquiera si se le propusiera. El hombre cambiará con sus manos recias las guardas de su casa y lijará un par de llaves nuevas en una labor que es técnica y artesanal a la vez. Usted lo admirará por un momento, le pagará y le dará las gracias, y, luego, se preguntará qué habría hecho sin su ayuda. Entonces él se irá y usted lo olvidará.

Aquí en Colombia, ese cerrajero es un don nadie. Y a usted lo acaba de sacar de un hueco de arenas movedizas.

Imagínese ahora que lo invitan a asistir a una charla de la canciller Maria Ángela Holguín. Una mujer importantísima ella, tanto, que llegará casi dos horas tarde al auditorio. Sin inmutarse, se sentará en su pedestal de inutilidad y comenzará a escucharse hablar a sí misma. Lógicamente, no se disculpará por haber hecho esperar dos horas al despreciable colectivo de gente tan poco importante que ha asistido a verla hablar. Por varias horas, hablará y hablará, sobre todo y sobre nada. La diplomacia es una labor gelatinosa: entre más aparente decir mucho sin decir absolutamente nada, mejor será el diplomático. Usted se aburrirá escuchándola pero pensará, sin quererlo, «Es una persona importante».

De hecho, en Colombia la canciller Holguín es una persona importantísima. Y a usted le acaba de hacer perder varias horas de su vida.

Ahora imagínese que está clavando una puntilla en la pared de su casa para colgar uno de sus cuadros preferidos y, sin quererlo, perfora un tubo de agua. Un potente chorro sale disparado en su cara y sus ojos, mojando luego sus muebles, empapando su tapete y emparamando el cuadro que se disponía a colgar. Maldiciendo, corre y apaga el registro y llama al Acueducto. Pero después será el plomero quien reemplace el tubo que usted, en una suma de mala suerte y ―otra vez― torpeza, ha perforado. Como al cerrajero, observará al plomero cambiar el tubo con destreza y se preguntará, sin responderse, cuánto tiempo le tomaría a usted aprender a hacer una cosa así. Luego se dará cuenta ―con algo de vergüenza― que no conoce su nombre, pues olvidó preguntárselo.

¿Y qué importa? En Colombia, el nombre de un plomero nunca será algo importante.

Imagínese ahora que, ya cansado por el estrés de haber olvidado las llaves dentro de su casa, el aburrimiento de haber tenido que escuchar a la aburridísima canciller y la decepción de haber arruinado su cuadro preferido (digamos que todo le pasó el mismo día), se sienta a relajarse un rato frente al televisor. Están pasando las noticias: el arzobispo de Bogotá, Rubén Salazar Gómez, ha sido nombrado como uno de los seis nuevos cardenales que rodearán al Papa en sus absolutamente inútiles labores cotidianas. Este hombre importantísimo que se gana la vida diciéndoles a las personas todo lo que no deben hacer en su vida sexual (irónicamente, este hombre también es virgen) y rezándole a un amigo invisible trepado en una nube, es la gran noticia del día en Colombia. Eso, y la posibilidad de que un grupo de venerables diplomáticos desacaten la sentencia de La Haya con respecto al mar que rodea a esas islitas del Caribe cuyo nombre a nadie le importó conocer hasta hace unos días.

¿Y en todo caso, a quién le importa el nombre de unas isluchas? Claro, a menos de que ponga en vilo el estatus de cierta gente muy importante, por ejemplo, de la canciller. ¡No toleraremos que nos quiten ese pedazo de mar que rodea a nuestras amadas Islas… ejem… a esas islas! ¡No lo permitiremos! Mil y mil gracias honorable canciller, su labor es invaluable; no tiene ningún valor.

Para terminar la historia, imagínese que lo llaman de su trabajo para ofrecerle un ascenso. Usted no lo podrá creer, se sentirá alagado, aceptará sin dejar de asegurar que hará una excelente labor, que dará lo mejor de sí. Colgará el teléfono y se sentirá feliz por unos segundos… luego desconfiará. Ahora usted es una persona un poco más importante que ayer. Felicitaciones. Procure administrar su recién ganada inutilidad con prudencia. Recuerde que usted no es nadie, ni aún porque le digan que es alguien. Y cada vez que se le suba a la cabeza esa inusitada sensación de autosatisfacción que suele acompañar a los títulos de importancia, piense en la canciller o en el cardenal.

Entonces aterrorícese con la idea de llegar a parecerse a ellos. Saque una cerveza de la nevera. Siéntase como un imbécil.

Imágenes:
Andy Denzler

http://hoynoestoymuerto.com
@nykolai_d


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