Instrucciones para aburrirse en Bogotá

Lun, 19/11/2012 - 03:06
La ciudad es tediosa porque es repetitiva. Imagen de Juan Yanés, 2010. Bogotá en una ciudad aburrida. Sobre todo los domingos de lluvia, cuando el cielo se cubre de varias capas de grises y la esperanza de sol se esfuma tan rápido como los amigos de farra o el licor de la madrugada. Ese es drama de Miguel en sus borracheras: está solo y condenando a no poder escapar de esta ciudad. Éste hombre es el personaje principal del cuento “Desencuentro # 3” del escritor bogotano Antonio Ungar, cuya recopilación de cuentos ya dice bastante sobre el contenido del libro: “Trece circos y otros cuentos comunes”. Esa es la característica principal de los personajes del cuento: viven entre la apatía y la desgana, nada vale la pena, salvo soñar con la fuga, perderse en las evasiones de un incómodo recuerdo con el retumbar constante de una resaca bien merecida. La voz de Miguel es la voz de todos y la voz de nadie: muchos hemos pasado por épocas en que andamos sin novia, dinero o un buen trabajo, sin el consuelo de un libro decente para leer; y debemos resignarnos a opciones inhumanas como leer el periódico del domingo o soportar la perorata de los partidos de futbol del rentado colombiano. Cuando se avanza en la lectura una pregunta arremete casi como una reflejo automático ¿No hay nada divertido qué hacer en esta ciudad? Antonio Ungar se anticipa a este tipo de interrogantes con el subtítulo del cuento “instrucciones para un tedio bogotano”. Pero como lector uno insiste, vuelve y se pregunta apelando a las molestas comparaciones: en Macondo un cura puede levitar con tan solo tomar una taza de chocolate, o llega un contingente de prostitutas que despabilan a más de un dormido y sacuden (en un sentido literal) el pueblo con su escándalo. Y la realidad o la ficción nos ponen de vuelta en nuestro cuento: estamos en Bogotá, a mil kilómetros del mar y lejos del Caribe garciamarquiano. La Bogotá de antaño que los relatos y canciones aluden una y otra vez. Archivo Sergio Rozo En este cuento parece que Bogotá es un pueblo perdido en los Andes, o un fragmento de la ciudad que usted y yo conocemos, me atrevería a decir que el apartamento de Miguel –o el de su amigo- queda en la Soledad, sobre el Park Way, un barrio de clase media y profesores pensionados de la Universidad Nacional, que se la pasan tomando café los viernes o haciendo mercado en Carulla. Ese es el mundo que construyó Ungar en el cuento: algunos cines, un par de bares, quizás una librería. Nada más. Y este es una de las primeras respuestas para la pregunta que señalaba unas líneas arriba: en un mundo tan pequeño no pasa nada, todo es repetitivo. Antonio Caballero en su novela “Sin Remedio” sintetizaba la evidencia de esta pesadumbre: “las cosas se parecen a las cosas”. Las personas que viven en esta ciudad envejecen en su rutina, viviendo una y otra vez el saldo negativo de toda existencia, y en dicho fracaso apenas quedan fuerzas para soñar con doradas playas en Cartagena o Santa Martha; o si su situación laboral atrofia su imaginación, le toca imaginarse en Girardot con niños corriendo de aquí para allá, ancianos chapuceando, y muchos jugando billar o tenis de mesa porque la piscina está atiborrada de gente. Así, Miguel no hace sino ensoñar sin consecuencia, repasando su hilo de quejas recordé un poema del escritor Nicolás Suescún: “me agobia esta diaria zozobra/ este querer cantar siempre y no poder cantar nunca”. Aunque a decir verdad todavía conserva la capacidad de ser otro, un otro, o el otro: el mozalbete que pasa en una bicicleta azul bajo la lluvia, el viejo del café o alguna monja de una iglesia cercana. En este punto una segunda respuesta a quien continúa preguntando porque la palabra aburrimiento y sus sinónimos aparecen tanto: Ungar apela a la economía de los medios, sus personajes acuden una y otra vez a la parquedad y la concisión, intentando construir personajes simples en nuestra literatura, un nuevo perfil con algunos puntos de referencia. Pero eso sí, con apertura universal. Los personajes del cuento no pueden ser de otra ciudad sino Bogotá, no hay que leerse todos los libros tipo “Bogotalogos” para descubrirlo. Además, se nos presentan como auténticos seres humanos, con toda la complejidad que nos caracteriza como especie. La otra ciudad en un relato cargado de nostalgia del fotógrafo E. Agnet, Paris, 1911. Porque, qué más humano y universal que el aburrimiento. El filósofo español Miguel de Unamuno escribía “Todos los hombres nos aburrimos, […] el aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor”. Añadiría que el trabajo, el estudio, las novias y todo lo que Miguel anhela poseer para “sentir de verdad la existencia”, no son otra cosa que escapes para el aburrimiento. ¿Qué espera Miguel de la vida?: Nada, porque su vida en sí misma en un resumen de la vida de los habitantes de la ciudad, quizás ricos, clase media como él, pobres, bonitos, feos, bohemios, psicorrigidos. Y cierro esta reseña de “Desencuentro # 3” con una virtud final del personaje central: si no es inteligente por lo menos es sensible a sí mismo, condición que el psicoanalista Erich Fromm señalaban como el inició de un nuevo hombre. Miguel se da cuenta que el aburrimiento no lo percibe en condiciones prósperas en medio de la abundancia, sino en la soledad, en su existencia vacía de contorno, en el transcurrir a secas de sus días. Aburrimiento que quiere llenar con lo que “sí es la vida”. En Twitter @ferchorozzo
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