Carne. Carne para el almuerzo. Parece elevarse sobre la bandeja, jugosa, chispeante.
La mesa es larga e indiferente. Sus esquinas son ángulos rectos, está ligeramente inclinada hacia la derecha. Y allí estás tú, al otro extremo, del mismo color que los vapores aromáticos de esta carne insinuante. Respiras, sonríes, pero nada es certero todavía. Tu tamaño es el mismo de la copa de vino en mi mano izquierda y creo que no entiendo lo que me dices. Me resultas oscura, lejana e incomprensible, y un poco tergiversada con el paso de cada minuto.
Sirvo la carne en el plato y le hablo. Le digo palabras agrias, dulces, picantes. Le echo un poco de pimienta sincera conservada en hierbas concisas y frases frescas. Ahora hay que esperar un poco antes de tocarla. La carne solo será tierna si ha seguido un cuidadoso protocolo: condimentos lentos, vocales ligeras y adobo seguro. Me asombra verte allí parada con tus ojos fijos en el plato... no sé bien cómo contestar a tus preguntas.
La carne aún no está lista pero tú estás más cerca ahora. Me tocan tus palabras salteadas con picaresco ají guatemalteco, quiero hablar contigo toda la noche. Pero cuidado: el vino se ha regado en un intento por enderezar la mesa. Está carcomiendo la madera y amenazando los platos que esperan. Entonces nos unimos para limpiarlo todo. Hay que cuidar la carne, no debe perderse. Tocándola con timidez me doy cuenta de que la deseo; nos es difícil contenernos.
Ya no hay señal de manchas de vino, con excepción de nuestras lenguas. Nos miramos y, por fin, sin decir nada, nos sentamos juntos a degustar del plato fuerte. Yo doy el primer bocado. Tú no puedes resistir el gesto en mi cara y te abandonas al mismo placer. Es bueno empezar por la parte alta para luego bordear la tajada lentamente hasta llegar al centro, su porción más jugosa, densa, abrasadora. No hay duda de que los dos preferimos el centro.
El vino resbala por nuestras gargantas, el plato se moja con los jugos de la carne. El disfrute es supremo, estamos sincronizados, cada uno sabe qué movimientos realizar. Solo nos queda un bocado y con él todo se vuelve negro por un instante. Un último sorbo de vino y todo se habrá consumado.
Nos miramos satisfechos y entonces me acuerdo de cuánto te quiero. La carne solo se disfruta realmente con tu compañía.
Imagen: Karim Hamid, Intersomnia (2010)
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