Los colores de la montaña

26 de marzo del 2011

Qué atrevimiento el mío, pensé, al sentir deseos de escribir un artículo relacionado con el cine. Y qué sorpresa interior cuando el deseo que se inició con algunos comentarios de sobremesa terminó en estos párrafos. Entre el pensar y el teclear pasó más de una semana. Y ese período  sirvió para hojear por ahí comentarios sobre “Los colores de la montaña”  de Carlos Arbelaez en los cuales varios cronistas coinciden en afirmar que se trata de la mirada de tres niños sobre el conflicto en los campos de nuestra patria.

Pues cómo les parece, que a mí no me parece tan convincente esa afirmación. Y no me parece porque la película que aborda un tema violento como el que más,  lo que impone al espectador  es una profunda reflexión especialmente  para quienes no salimos de los centros urbanos sino eventualmente.

Reflexión sobre la realidad de los desplazados de carne y hueso, probablemente diferentes a aquellos compatriotas que parecen conocer la ingeniería de tránsito, pues están al tanto de los tiempos de los semáforos para desplegar sus letreros en cartulinas con tinta inmune a la lluvia. Reflexión sobre el problema de los hacendados que no pueden ir a sus “oficinas” verdes, que deben ser las más placenteras del mundo. Reflexión sobre los efectos de esta violencia tan examinada en sus causas por sesudos pensadores y tan esquiva de dejarse investigar como que sus variadas manifestaciones   imposibilitaran un  diagnóstico acertado.

Reflexión sobre el futuro de la patria. Reflexión sobre la impotencia de los gobernantes para intentar acertar en las políticas de Estado, a pesar de contar con financiación generosa de todos los que quisiéramos que no nos sigamos matando sin razón.

Y aunque el tema del balón en el campo minado mantiene el suspenso hasta el final, la trama también muestra la mirada del padre de Manuel que lo único que ansía es no involucrarse con ninguno de los grupos, buscando como único fin de su existencia que lo dejen buscar el sustento familiar en su parcela, de la cual es aplicado “empresario”. Y la mirada de la joven maestra que ante la intimidación de los letreros en su escuela,  despliega su creatividad y la transmite a sus niños en un hermoso mural  símbolo de lo que ella creía su obligación.

Una producción cinematográfica  en la cual no existe el despliegue del vocabulario soez, ni los mil tiros por acción, ni las escenas macabras que se han vuelto un cliché de los directores nacionales que intentan aproximarse por medio del cine a los problemas de la sociedad. Una película violenta para el espíritu, sin  asomo de  violencia.

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