Una pequeña puerta, un guardián de baja estatura y un aviso casi hecho para no llamar la atención, es la primera imagen que muestra al público el restaurante los Secretos del Mar. Y es que no hace falta más publicidad, ni alguna decoración de más para entrar a este lugar. Pues aquí los curiosos llegan por dos razones; el azar o alguna voz que lo quiso recomendar. Y esas voces son por lo general sus clientes habituales, que encuentran en este lugar algo más que comida típica, encuentran como acercarse a su hogar.
Jesús es el guardián que cuida de los Secretos del Mar. Y lo hace desde las diez de la mañana hasta la hora indefinida en que se vaya su último cliente. Siempre con una sonrisa - que es su única arma dentro de su oficio - y alguna historia por contar cuando se la pidan. Con esas dos armas es que Jesús logra intimidar a sus clientes para que vengan y conozcan esos secretos que él se a empeñado en revelar. ¿Cuál es ese secreto? Es un secreto con sabores y sazón, es la comida del pacífico colombiano.
De esta manera es que la cocina del pacífico colombiano, intenta hacerse paso dentro de los gustos gastronómicos de los capitalinos. Es una cocina llena de ingredientes singulares, de historias que se cuentan a través de cada plato que se sirve, es una cocina que ejercita la memoria con olores y sabores. Más que una comida para llenar la barriga es comida hecha para recordar.
Conociendo el Pacífico
Son las 12 del medio día y ya empiezan a llegar los primeros clientes. Los madrugadores o los solitarios como los llama Jesús. Estos madrugadores que van a inaugurar otro día más en la historia del restaurante son dos hombres de mediana edad, no sobrepasarán los 40, que suben al segundo piso luego de cruzar la fortaleza desde la cual Jesús recibe a sus comensales.
Esta fortaleza es lo primero con lo que se topa el que entra a los Secretos del Mar. Una barra - que parece estar hecha para ocultar a las personas que están detrás de ella - y un estante con algunas botellas que seguramente están vacías, pero llenan la decoración del lugar. Esta barra es la oficina de Jesús, desde allí dirige todos los pormenores de su negocio, pero últimamente se ha convertido en su escenario político o su sede política.
Saluda afectuosamente a los dos hombres que acaban de entrar y los invita a seguir, pero no sin recordarles que lo ayuden con la publicidad de su candidatura para convertirse en edil del barrio La Candelaria.
Ya sentados los hombres empiezan a conversar mientras los atienden. Uno le pregunta al otro ¿Desde cuando conoce este lugar? Hace cuentas un momento en su cabeza y le responde luego de una pausa, que recuerda este lugar desde que llegó a Bogotá hace más de 22 años. Cifra no muy alejada de la verdadera fecha de fundación de los Secretos del Mar. Piden el plato del día - pescado frito o en salsa, con arroz con coco o blanco y hay limonada o borojó, dice ya de memoria el mesero -.
Abajo Jesús empieza a preguntar por celular cuando le va a llagar su encargo. Luego de lo que parece una respuesta dice que espera que no se demore más de cinco días.
Esta conversación lleva 24 años repitiéndose cada 15 días. 24 años desde que Jesús vino desde Buenaventura para estudiar Derecho en Bogotá. Sin embargo su situación económica y otros factores que prefiere no recordar le impidieron terminar su carrera. Prefiere, eso sí, recordar que lo motivó a montar el restaurante. La lejanía con la casa, la falta de un sitio para reunirse con sus amigos, parientes y conocidos, fueron las causas que hicieron que Jesús tratara de montar en pleno centro de Bogotá un lugar donde toda su comunidad pudiera recordar su hogar.
Una de la tarde
Y el restaurante empieza a llenarse de tal forma que su pequeña capacidad tarda poco en verse rebosada. En la mesa junto a los dos hombres que fueron los primeros en llegar, se sienta una joven estudiante de derecho - pues deja los pesados códigos de carátulas verdes con títulos de color blanco - que espera al mesero para pedir su plato favorito o por lo menos el plato que más le recuerda a su madre.
A Jesús se le escapa una mirada triste cuando habla de las pianguas. Empieza a contar que le entristece que las pianguas sean ya una especie en vía de extinción. Pero su tristeza es porque las pianguas son como el retrato de la comunidad afrodescendiente en Colombia o por lo menos eso es lo que él cree. Habla de ellas como si estuviera hablando de personas de carne y hueso, habla que las pianguas han estado siempre olvidadas, siempre desconocidas pero paradójicamente siempre en peligro de desaparecer. A la joven que pidió las pianguas por el contrario se le escapa una sonrisa cuando llega su plato.
Al otro lado del restaurante llega una pareja de extranjeros que parecen estar bastante curiosos frente a lo que venden aquí. No dejan de mirar todos los rincones del lugar como queriendo guardar una imagen fotográfica en su memoria. Finalmente se sientan y esperan como todos los clientes a que llegue la “carta” o el menú parlante

- Almuerzo del día?
- No, hoy quiero que me traigas unas pianguas bien hechas
- Con limonada o borojó?
- Borojó
A Jesús se le escapa una mirada triste cuando habla de las pianguas. Empieza a contar que le entristece que las pianguas sean ya una especie en vía de extinción. Pero su tristeza es porque las pianguas son como el retrato de la comunidad afrodescendiente en Colombia o por lo menos eso es lo que él cree. Habla de ellas como si estuviera hablando de personas de carne y hueso, habla que las pianguas han estado siempre olvidadas, siempre desconocidas pero paradójicamente siempre en peligro de desaparecer. A la joven que pidió las pianguas por el contrario se le escapa una sonrisa cuando llega su plato.
Al otro lado del restaurante llega una pareja de extranjeros que parecen estar bastante curiosos frente a lo que venden aquí. No dejan de mirar todos los rincones del lugar como queriendo guardar una imagen fotográfica en su memoria. Finalmente se sientan y esperan como todos los clientes a que llegue la “carta” o el menú parlante
- Pescado frito o en salsa, hay arroz con coco o blanco y de tomar limonada o borojó. Repite nuevamente el mesero.

