María Carmen, una uruguaya en París

Lun, 17/12/2018 - 07:33
La última vez que estuve en París entré en un restaurante uruguayo en donde conocí a una chica y cuando fuí a pagar los tragos con la tarjeta de crédito el barman me devolvió equivocadamente l
La última vez que estuve en París entré en un restaurante uruguayo en donde conocí a una chica y cuando fuí a pagar los tragos con la tarjeta de crédito el barman me devolvió equivocadamente la de una mujer, una tal María Carmen Ferreyra, que cuando quise localizar ya se había ido con mi plástico. No hice nada para remediar la situación. Pensé que ya se encargaría ella, o que el problema se resolvería solo. Entre tanto, iba a todas partes con la tarjeta de crédito de María Carmen Ferreyra en la billetera, como una identidad falsa, una prótesis, hasta que al tercer día me animé a utilizarla en otro restaurante pero esta vez en los Campos Elíseos. Nadie notó, pese a mi barba y aspecto latino, que era muy improbable que me llamara María Carmen Ferreyra, lo que me animó a continuar usándola, aunque sin abusar, con la misma liberalidad o avaricia, según se mire, con que habría utilizado la mía. Quizá me excedí en una camisa absurda, manga larga, con demasiados colores, un detalle poco austero para mi carácter que no me habría atrevido a perpetrar en mi personalidad de Camilo, que es como en realidad me llamo, Camilo Ferreyra: tengo el mismo apellido que María Carmen, de ahí la confusión del barman. Recibía en el celu a través del app bancario, la lista de gastos de mi tarjeta de crédito y me sorprendió comprobar que tampoco María Carmen había derrochado mi dinero: Cinco o seis restaurantes (todos bastante caros, eso sí), alguna tienda de ropa en Galeries Lafayette, unas cosas en el barrio Saint Germain. Tal vez una relación de gastos no sea una cosa muy íntima, pero mi sensación, mientras la revisaba, era la de observar a María Carmen por el ojo de la cerradura. Ignoraba cómo era su aspecto (no me había dado tiempo a verla pero me la imaginaba como el paisaje más soñado) ni qué edad tenía, aunque mientras revisaba las fechas de las compras, podía rehacer sus itinerarios. Un día entró en la famosa librería: Shakespeare and Company, donde se gastó dos mil euros en música y literatura. Eso me humilló un poco la verdad. Pensé que quizá quería hacerse la culta, o hacerme el culto a mí, si consideramos que todo lo suyo lo pagaba yo. Por otra parte, cuando intentaba imaginar a la mujer revisando la cuenta de gastos de su tarjeta para averiguar mis hábitos de consumo, crecía la humillación, pues éstos eran más bien convencionales. Siempre he aspirado a leer El  coronel no tiene quien le escriba y a escuchar ópera, pero finalmente escuché El coronel no tiene quien le escriba en Youtube y leí un folleto sobre ópera que llegó en un recibo de Codensa para poder opinar en público. Todo al revés. Empecé a esperar ansioso los mensajes del banco y luego analizaba minuciosamente cada objeto adquirido por María Carmen. A veces iba a las tiendas en las que los había comprado para pisar el mismo suelo que ella, y tomar en mis manos los objetos que quizá también habían estado en las suyas. Durante todo este tiempo, María Carmen fue  modificando sutilmente su costumbres. Creo que se volvió más detallista, y en las últimas semanas no era raro que comprara lociones o cremas para manos. Me gustaba  imaginar que hacía todo eso para seducirme y comencé a comprar también como si ella me observará, oculta, desde algún rincón de los establecimientos. Adquirí una colección de música clásica y una pequeña biblioteca de títulos fundamentales, aunque todavía no he leído El coronel no tiene quien le escriba. A veces compraba también ropa interior de mujer para que ella pensara que era un hombre dotado de esa clase de sensibilidad. Fue en lo que más dinero gasté, pero lo compensaba comiendo perros calientes en una esquina de la estación de metro Oberkampf. Podríamos haber pasado así la vida, intercambiando nuestras facturas como si fueran besos, o caricias. Hasta me quité la barba con la idea fantástica de que de ese modo me parecía más a María Carmen. Pero un día fui a pagar un sexy babydoll y aunque nadie se atrevió a decirme que yo no fuera ella, me indicaron que la tarjeta  estaba caducada. Y era verdad. Jamás pensé que una historia de amor tan extraordinaria pudiera terminar por un problema que hasta ese día creí que sólo afectaba a los yogures. Aunque tampoco quiero engañarme con respecto a eso: quizá la existencia no dé más de sí, y ya me quedaban pocos días en Francia. Al poco tiempo, ya en Bogotá, debió vencer también la mía, porque recibí una nueva del banco, que como es lógico estaba ya a nombre de Camilo Ferreyra. Pero no la uso. Ese individuo nada tiene que ver conmigo. Yo me siento más María Carmen, sin que ello implique un cambio en mi dirección sexual o algo por el estilo. Quiero decir que  lo poco que yo tenía de valor se lo quedó ella en París con mi tarjeta caducada. Soy un cuerpo vacío, un traje colgado de una percha en una casa sin dueño. Quizá haya  llegado el momento de leer El coronel no tiene quien le escriba o comprarme un tiquete de avión hacia Uruguay.
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