Me llama y me pregunta ¿qué opino sobre Petro?

16 de diciembre del 2013

Me llama un amigo y me pregunta que ¿yo qué opino de la destitución del burgomaestre de Bogotá Gustavo Francisco Petro Urrego?

Me llama un amigo y me pregunta que ¿yo qué opino de la destitución del burgomaestre de Bogotá Gustavo Francisco Petro Urrego? Le respondo que por qué es tán güevón. Que por qué demonios me llama a las siete de la mañana a preguntarme severa pendejada, interrumpiendo los poquitos minutos de sueño, antes de que me toque levantarme a sentarme frente a un computador a hacer rico a otro. Mi amigo, un poco apenado, me dice que soy o fui periodista, y que quería saber yo qué tenía que  decir al respecto. Le digo que yo no soy un gran analista político. No soy una de las grandes plumas de este cochino país. No soy de esos cabrones que la gente espera que tengan alguna opinión decente y con fundamentos sobre algún tema en específico. Que no soy de esos que alguna vez, cuando por primera vez leí la sección de colaboradores de la revista SoHo, pensé que podría llegar a ser. De esos que miles, e incluso millones de colombianos, idolatran y cuyos escritos son compartidos en las diferentes redes sociales o en las charlas de peluquería o el club campestre de su ciudad.

Mi amigo guarda silencio por unos segundos. Otro ser humano más al que he decepcionado. Entonces tomo aire, cambio mi postura y finalmente le respondo: “yo nunca he votado por un político de este país; ese exguerrillero me cae hasta mal, le cogí rabia cuando le dio por acabar con una de las pocas diversiones que tienen los que quieren parecer ricos en este país –leáse las corridas de toros–, pero no estoy de acuerdo con la manera tan arbitraría en la que fue destituido. Eso no puede ser legal”. Mi amigo suspira agradecido. Mi amigo, al que cuando teníamos cuatro años conocí en el arenero del colegio, se ríe y me dice “Vos si no cambiás”. Luego me toca escuchar, durante quince minutos, todas sus opiniones respecto al caso Petro. Cómo ha seguido el minuto a minuto de la noticia en Twitter y como todo esto lo lleva a concluir que este país cada vez está peor. Luego, durante otros diez minutos, el cabrón de mi amigo me cuenta que está súper feliz con su novia, que es la mujer de su vida, que ambos tienen planeado hacer sus másteres en Estados Unidos, y que desde que el desgraciado entró a trabajar a una multinacional de consumo masivo, donde le pagan cerca de siete millones de pesos, su vida es una maravilla. Yo solo le digo, entre dientes, que qué chévere, tratando de ocultar mi envidia. Le pregunto pausadamente, para que no sé dé cuenta de la ira que está desatando en mí, qué para cuándo la boda con la mongólica esa que lo alejó de mi casa. Mi amigo, aceptando el chiste, pero muy emocionado, me responde que quizás se casen en año y medio, me cuenta que quieren irse de luna de miel a Hawái –no puede ser más cliché-. Si se han dado cuenta,  de un momento a otro, su preocupación por Petro se diluye, se olvida, se esfuma. Cuelgo el celular y ese  día mi amigo es más feliz que nunca. Las pocas preguntas que él tenía esa mañana fueron contestadas.

Cómo este idiota, hay miles, millones de personas que cada mañana se levantan buscando una respuesta. Algunos, simplemente nos resignamos, no llamamos a otro imbécil a que nos hable del tema del día y luego nos haga sentir mejor porque su vida no es tan chévere como la que creemos tener. Esa mañana el estúpido al que llamo amigo realmente no quería mi opinión sobre el exalcalde –hasta el cierre de esta columna– sino que, inconscientemente, simplemente quería un motivo para darse cuenta de que no debía volver a pensar en volarse la cabeza. Que yo no tenga una tipa con la que quiero compartir mi vida, no posea el dinero para hacer un máster y que muchos menos me gane siete millones de pesos era lo que el sapo necesitaba. Al final, cuando salí de la ducha, terminé de vestirme, me amarré mis zapatos Adidas Originals, dejé la ira a un lado y me puse hasta contento. Que mi condición humana hiciera que otro ridículo deseara continuar en este maldito mundo era algo que me motivaba para ese día no coger el cochino bus y simplemente caminar. Caminar hasta que en esta ciudad dejen de maquinar, robar, repartirse la torta y elijan a un político confiable.

@dani_matamoros

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