-Mi vagina está de luto.
Esa fue la frase que despertó la pantalla de mi computador una mañana en que ni siquiera yo podía asumir que estaba despierta.
El mensaje había atravesado el mundo, mi amiga desde China había terminado con su novio y este se regresó a su país, porque “no quería estar en esa relación”.
La frase saltó al centro de la pantalla como una sentencia y yo sin poder decir nada en voz alta y cuidando el decoro de mi imagen personal, en una oficina llena de anónimos, solo pude darle consuelo desde mis pensamientos, asintiendo y diciendo mentalmente: yo sé lo que se siente.
El problema no era que el hombre en mención se hubiera ido a otro continente, el lío es que con él se había llevado, como es lógico y natural, a su pene.
Esa parte del cuerpo que siempre es tema de conversación entre los aquelarres de mujeres ebrias, quienes entre carcajadas destruyen, en Pro de la justicia de género, las pobres acciones de los hombres, que en su animal esfuerzo de saciar las necesidades de esa misma parte, pierden toda la fuerza mítica de su condición entre el cuchi cuchi de un grupo de mujeres siempre mordaces.
Y es así como muchas no tenemos ni idea si existe o no la media naranja, pero algunas hemos pasado por la experiencia de encontrar un hombre cuyo miembro se vuelve un glorioso motivo para complementar nuestros sentimientos. Es como una epifanía, la sensación de que como piezas de esos rompecabezas de paisajes famosos, encajan perfectamente en una combinación de colores, es parte de la esperanza de que esos otros 4.998 pedazos den forma a algo grande y perfecto.
En momentos como esos, cuando una vagina está de luto, en medio de una depresión, enfrentando una perdida que de momento se asegura irremplazable, no sirve de nada las promesas de fálicas cascadas en medio de un paraíso viril. Uno no quiere un pene desconocido, por más sorpresas que traiga debajo del forro, uno quiere ese que tantas veces se ha llevado hasta el último aliento, ese pequeño pero firme puente a la felicidad.
De nada sirve un remplazo, que siempre termina en incomodas comparaciones y, como somos las mujeres de patéticas, culpas innecesarias que lo dejan a uno por el piso, pues al final no se hacen las cosas con las mismas ganas y por lo tanto con la misma destreza. Somos agradecidas, buenas pobres como dice mi abuela, por lo que no la gozamos y llegamos con las mismas ganas de siempre, pero falta la cereza al final de la torre de crema chantilly, aunque el helado es el mismo, todo es mucho mejor con esa cereza que cierra con broche de oro ese gustito que nos dimos volándonos de la dictadura de contar calorías.
Al parecer, así como hay momentos que cara a cara y mirándose a los ojos los seres humanos se prometen cosas desde la fe en la eternidad y esas ridiculeces llenas de almíbar; de genital a genital la fascinación crea ese cariño que después se vuelve nostalgia, cuando el cerebro, sin razón comprensible para ambos miembros, decide alejar a la pobre vagina de ese compañero de aventuras con el que todo el tiempo se había llevado bien.
El dueño de la causa de las penas de la vagina de mi amiga del otro lado del mundo se llamará Bluejean, un nombre asignado por puras coincidencias idiomáticas y porque como una determinación del destino, esta pareja de forma horizontal (ignorando las n mil posiciones más de un Kamasutra remasterizado) había funcionado tal cual que ese par de jeans consentidos que toda mujer tiene en su closet.
Esos jeans que uno nunca alcanza a prestarle a las amigas, porque ni siquiera logra lavar, esos que calzan perfecto, como una segunda piel, que paran el culo hasta el infinito, no sacan ningún gordo, se ven bien con camiseta y tenis o con blusón, blazer y taconazos, son perfectos como sea. Esos que cuando se rompen sin posibilidades de remiendo y la mamá los bota a la basura, porque del uso y el abuso no dan ni para obra de caridad, uno queda sin qué ponerse así el armario se vomite de prendas hermosas y nuevas.
Así fue, como ese par de jeans que no tienen arreglo, el Bluejean se fue y después de dos días de mails insultantes, borracheras en la calle, consejos de otras féminas solidarias y todo el ritual de desenamoramiento, mi amiga ya estaba del otro lado, se estaba curando pero dejó a su vagina con toda la responsabilidad del duelo.
Ahí es cuando uno agradece que la vagina no tenga Facebook, no tenga Twitter, para salvarla de que a través de 140 caracteres se entere de cualquier manifestación de firmeza generada en otros senderos, y eso no lleve a la pobre por el bajo mundo del despecho etílico o peor aún que en un arranque de celos opte por el camino de la frigidez, suicido en casos vaginales, pues aunque se le respeta el sufrimiento, no se le puede olvidar que de su dicha depende la felicidad de una individua que necesita quemar esas calorías y romper la rutina laboral con unos buenos días de revolcón sin calzones.
Es por eso justo reconocer las cosas como son, en respeto a los hombres que a veces se esfuerzan por ganarse nuestro corazón y es así como uno llega a saber que el mundo esta lleno de machos divertidos, que saben cocinar, comparten el control del televisor, planchan, escuchan, se visten bien y son cariñosos, pero por más que queramos tapar el sol con un dedo, no todos nos cogen como Dios manda, como nos gusta y como todo depende del afamado feeling, no todos tienen un pene media naranja que haga feliz a nuestras vaginas.
Mi vagina está de luto
Jue, 21/07/2011 - 05:58
-Mi vagina está de luto.
Esa fue la frase que despertó la pantalla de mi computador una mañana en que ni siquiera yo podía asumir que estaba despierta.
El mensaje había atr
Esa fue la frase que despertó la pantalla de mi computador una mañana en que ni siquiera yo podía asumir que estaba despierta.
El mensaje había atr
