Nunca hables con extraños, a menos que sean interesantes - III

Jue, 20/09/2012 - 07:03
Segunda parte

Nuestro siguiente encuentro fue al frente de la librería que me recomend
Segunda parte Nuestro siguiente encuentro fue al frente de la librería que me recomendó días antes, ya había hecho compras en ella así que era fácil para mí usarla como punto de encuentro. Tras una llamada desde un teléfono público, ubicado a pocos metros de la entrada de un museo que acababa de visitar, ultimé detalles y nos pusimos de acuerdo. Al llegar él ya estaba ahí, con su atuendo deportivo gorra negra incluida, había movido unos cartones de la basura para sentarse en ellos mientras tomaba fotografías. Lo saludé y entramos a la librería, yo estaba buscando un título específico para un amigo. Cuando encontramos la sección indicada uno de los empleados intentó guardar un libro que el fotógrafo quería ver, al notarlo chasqueó los dedos para llamar la atención del vendedor, a quien evidentemente no le gustó el gesto, en ese momento comenzó una discusión entre los dos que temí acabaría mal pero me equivoqué, sólo era parte de la personalidad febril de la ciudad. Después pude preguntar por el libro que buscaba pero no lo hallé y me apresuré a salir del sitio que ya no sentía como un ambiente cómodo. El fotógrafo me preguntó si se me antojaba ir a cine, me pareció buena idea, vimos la cartelera de un teatro cercano y no encontramos nada que nos gustara, entramos a una cafetería que estaba cruzando la calle e intentamos pedir algo, en especial para calmar su hambre, pero tras esperar a que nos atendieran él cambió de opinión y me propuso caminar hasta el otro río para ver el atardecer, luego comeríamos algo y quizás entraríamos a un bar. Caminamos con paso enérgico hasta la ribera del río, llegamos justo cuando el sol estaba a punto de ocultarse, yo lidiaba con la memoria casi llena de mi cámara y con las baterías agotándose, pero aún así logré unas buenas fotografías. Como el viento no perdonaba aumentando la sensación de frío fuimos a buscar algo de comida caliente que nos reconfortara. El sitio elegido fue uno nada llamativo, donde servían platos asiáticos bien preparados y económicos. Mientras él hacía su pedido yo me sentía un poco como en medio de esa escena de When Harry met Sally donde ella hace gala de toda su meticulosidad a la hora de ordenar comida, luego fue mi turno para hacerme entender con el muchacho que atendía, él lidiaba con mi fuerte acento. Superados los obstáculos culinarios e idiomáticos nos sentamos a comer. Él fotógrafo me hacía toda clase de preguntas acerca de mi país y de mi cultura, yo respondía con gusto y lo mejor que podía. Al terminar nos dirigimos a un bar que me había mostrado antes, pedimos Coca-Cola, dos cada uno y nos sentamos al estilo de los hombres, muy callados y cada quien un poco lejos del otro. Al final pagó la cuenta, ya era la segunda vez que me invitaba algo, la comida en su casa tampoco quiso que la pagara, me dijo que bastaría con que le gastara una gaseosa al otro día cuando me acompañaría a comprar una cámara fotográfica. Ambos ignoramos el descontento de la mesera, quien muy seguramente esperaba una cuenta más grande con su correspondiente propina. De nuevo llegamos a una estación de tren, entramos y me mostró dónde debería tomar mi ruta, quiso acompañarme pero su ansiedad, rasgo constitutivo en él, se lo impidió, dijo que prefería esperar su ruta desde ya para no perderla, de nuevo me abrazó y quedamos para vernos al día siguiente. @licuc
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