Peligro: Gente opinando

2 de junio del 2011

Tengo en este blog un espacio para opinar  y nadie me lo prohíbe. Tengo acceso a Internet y puedo opinar, a favor o en contra de lo que yo quiera, y nadie me lo prohíbe. Puedo salir a la calle y protestar pacíficamente sobre aquello que aborrezco, y nadie  me lo va a prohibir. Cualquier colombiano puede hacer lo mismo.  Discutir es una práctica permitida en este país, cosa que alabo y agradezco.  El problema es que somos una raza tan violenta que opinar se nos volvió un problema.

No pido censura. Pido moderación. No pido callar. Pido que pensemos antes de emitir a un juicio.  Pido un poco de cordura.

En Colombia opinar se volvió un peligro. Somos un país tan radical que no permitimos que el otro refute lo que decimos o lo que pensamos. Así, quien está en desacuerdo conmigo “me está faltando al respeto”. Quien no comparta mis convicciones políticas “es un mamerto o un facho” (bien decía una vez un amigo que a ambos hay que tenerles miedo por igual). Quien se atreva a contradecirme, en resumen, es mi enemigo, no alguien que quizás pueda enseñarme algo que no he podido comprender en años o décadas de búsqueda intelectual. No. Es el acérrimo rival.

Me pasó dos veces. Hace tres meses, un amigo que ocasionalmente pone como foto de perfil en Facebook  la imagen de Álvaro Uribe y en su muro público las transmisiones completas del programa de José Obdulio Gaviria, me preguntó una noche entera si yo era comunista. ¿La razón?  alguna vez, él posteó en su muro algún video refrito sobre “Hitler y el comunismo alemán”. Sobra decir que me opuse verticalmente a sus argumentos.  Aunque no recuerdo muy bien el debate (suelo olvidar fácilmente las discusiones que no llevan a ninguna parte),  recuerdo que yo misma borré las opiniones que ya había escrito, por mi propia seguridad. Muchos meses después, aquel amigo, para mi sorpresa, recordaba mis palabras con lucidez. Y no sólo las mías, sino también las de quien a su vez me había refutado en ese mismo debate.  No pude explicarle mis argumentos frente a frente. Preferí callar de nuevo. La conclusión (su conclusión) de todo ello, y que por fin lo dejó satisfecho, es que yo llevo “una pequeña, muy pequeña, comunista en mi corazón”.

Meses después, una amiga que ocasionalmente pone en su Facebook como foto de perfil la imagen del Che Guevara y en su muro las transcripciones completas de las asambleas de estudiantes de una universidad pública, me echó en cara mi “formación académica en una universidad privada, fascista y católica” cuando opiné que yo aprobaba el hecho de que la Fuerza Pública ingresara a una universidad cuando los encapuchados de siempre arrojaran bombas y agredieran a los demás en una de sus tantas revueltas estudiantiles. No pude convencerla tampoco de que yo no era aquello que ella pensaba que era. Después entendí sus porqués. Y entendí que mi causa estaba perdida.

Con meses de diferencia, pasé de comunista a facha. Mis puntos de vista, aunque documentados y respetuosos, sólo fueron un eco negro en ambos debates. Mis posiciones no fueron violentas, mas sí firmes. Mis amigos no dudaron en agredirme, en endilgarme adjetivos violentos, sólo porque les salí adelante en sus causas. Sin embargo, no los culpo. Cuando veo que los políticos salen en televisión a insultarse unos a otros, a escupir al que les dio la mano en el pasado porque ahora  “piensa diferente”; cuando veo que el mismo político les dice mafiosos y vendidos a quienes no votaron por él; cuando veo al presidente de una nación intentando pegarle a otro; cuando veo en el Congreso a los que vociferan sin saber de qué están hablando, los entiendo. Aquellos a quien deberíamos aprenderle, sólo nos educan con su mal ejemplo.

Los colombianos no opinamos, agredimos. Nos encapuchamos detrás de un computador y escupimos insultos (muchas veces en mayúscula sostenida) al político de turno, al torero muerto, a la modelo de moda, al que metió el gol y al que fracasó al no taparlo. Somos infames. Vomitamos nuestro propio fracaso burlándonos de los demás. Y somos tan pero tan poco inteligentes que no refutamos con argumentos, sino criticando al otro: por su condición sexual, su aspecto físico, su estrato social, sus debilidades o su postura política.  No aprendimos a no estar de acuerdo. No aprendimos a que nos contradigan.  Aprendimos a tener siempre la razón y a que la gente nos alabe nuestra cursi brillantez, basada en Wikipedia y uno que otro video de Youtube.  No aprendimos a perder. Nuestro ego no permite detractores, solo fanáticos de nuestra verdad revelada. Sólo aceptamos seguidores, groupies, apóstoles.  No opinamos. Discutimos. Vomitamos odio y vergüenza. Y al final, al cerrar el computador, ya ni nos acordamos ni siquiera de qué era lo que estábamos hablando.

Twitter: carito97

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