Qué está en juego en Hong Kong

8 de octubre del 2014

Lo que pasa en Hong Kong es que el Gobierno central, en Pekín, presentó un propuesta de reforma electoral para 2017 que, aunque prevé el sufragio universal, no permite que los ciudadanos hongkoneses puedan nombrar candidatos y pretende que estos vengan impuestos desde la capital china por el partido Comunista. Una cuestión de autonomía, para usar un término muy de moda en estos días a raíz del pasado referéndum de Escocia y del pretendido referéndum en Cataluña.

Para un observador occidental una simplificación como la arriba señalada sería lo más fácil. Pues resulta que no, que el asunto es más complejo y plantea unas incógnitas muy interesantes en China en este momento. ¿Dará la nomenclatura del partido Comunista en Pekín marcha atrás y dejará que los hongkoneses impongan sus candidatos a gobernador local? ¿O reprimirá a sangre y fuego las manifestaciones callejeras como suele hacer y se ha visto en Tíbet, en Xinjiang o Tiananmen? ¿Y si ocurre esto, qué hará Occidente? Esta última me parece que es la única pregunta que tiene fácil respuesta: nada.

Un poco de historia antes de seguir adelante. Hong Kong es el resultado de una humillación. En el siglo XIX, ante el paulatino desequilibrio en la balanza de pagos entre China e Inglaterra, los ingleses encontraron una fórmula mágica para resolver el problema, introdujeron el consumo masivo de opio en China que mantenía sus puertos cerrados a cal y canto con unas restricciones muy precisas para permitir la salida de las mercancías que deseaba Occidente como el té, las porcelanas y las sedas.

Aquellas mercancías debían ser pagadas con lingotes de plata, de modo que los ingleses encontraron mucho más conveniente atiborrar a los chinos de opio procedente de la India –buena parte de cuyo territorio estaba en su poder– a través de los mercaderes de la Compañía de las Indias Orientales uno de los cuales, William Jardine, fue clave en aquel asunto.

Los chinos se rebelaron contra la agresión que suponía el contrabando de opio, fueron a la guerra contra los ingleses, perdieron, y como consecuencia fueron obligados a abrir cinco puertos al comercio con los occidentales y a ceder, en 1842, uno de ellos en una isla desolada ocupada por pescadores en la desembocadura del río de las Perlas, no lejos de Cantón la gran capital del sur. La isla en cuestión se llamaba Hong Kong.

Así, el contrabando de opio fluyó con más facilidad y una nueva guerra, aupada desde el parlamento inglés por el señor Jardine, terminó en una nueva derrota que supuso esta vez la ampliación de la colonia inglesa por la incorporación de los Nuevos Territorios, parte de la península de Kowloon, y la isla de Lantau que fueron arrendados a Gran Bretaña por noventa y nueve años el 1 de julio de 1898.

En la otra orilla de la desembocadura del río de las Perlas estaba Macao, una posesión de Portugal, país pionero en la navegación de occidentales por Extremo Oriente, concedida por los chinos para facilitar el comercio con el exterior en 1553. De hecho, las familias de los comerciantes occidentales en Cantón debían permanecer en Macao.

Cuando se acercaba el final de aquel contrato casi centenario entre China y Gran Bretaña, en 1982, en vista de que había que enfrentar aquella realidad, Margaret Thatcher inició unas tortuosas conversaciones con el líder chino Deng Xiaoping que culminaron en una Declaración Conjunta en la que se acordaba la trasferencia de Hong Kong a China en 1997. Deng Xiaoping expuso su teoría de “un país dos sistemas” para dar garantías a los hongkoneses de que su vida seguiría, durante cincuenta años, igual a como fue como colonia británica. En teoría esta ley expira, pues, en 2047.

El pánico, sin embargo, se apoderó de mucha gente y hubo una emigración masiva de hongkoneses y de capitales, sobre todo a Canadá. El líder chino, lanzó una oferta igual a la que había hecho a la isla de Taiwán, en manos de los nacionalistas desde que en ella se refugiaran como reducto los perdedores de la guerra civil en 1950, para que se incorporara a la madre China. Lo mismo anunció para Macao después de un acuerdo de devolución por parte de Portugal que se había firmado en 1987, y que debería hacerse efectiva a finales de 1999.

Taiwán, naturalmente, no aceptó la oferta aunque el gobierno de Pekín sigue considerando a “la isla rebelde” como parte integrante de China, y Hong Kong y Macao,  que pasaron a manos chinas con el estatus de Región Administrativa Especial, seguirían como hasta entonces exceptuando lo referente a política exterior y seguridad.

En el caso de la colonia inglesa, Pekín se comprometió textualmente a que “su forma de vida y su condición de puerto libre y centro internacional de comercio y finanzas no cambiará y podrá mantener o establecer relaciones económicas con otros países y regiones… Pekín no asignará funcionarios al Gobierno de la Región Administrativa Especial de Hong Kong. Esta política también permanecerá sin cambios. Estableceremos tropas allí para resguardar nuestra seguridad nacional, no para interferir en los asuntos internos de Hong Kong. Nuestras políticas con respecto a Hong Kong permanecerán sin cambios por cincuenta años, y lo decimos en serio (el subrayado es mío)”.

Como Región Administrativa Especial Hong Kong tiene una serie de singularidades que la distinguen de China. Su bilingüismo, pues se habla inglés y cantonés, dialecto del chino que se escribe en caracteres tradicionales, mientras en China el idioma oficial es el  mandarín que se escribe con caracteres simplificados; su pasaporte, válido para entrar al espacio Schengen libre de visado, mientras los chinos lo necesitan; su moneda que es el dólar HK, emitido por los tres principales bancos establecidos en el territorio y mantiene una paridad fija con el dólar norteamericano, mientras en China circula el renminbi emitido por el Banco del Pueblo.

El coste de la vida es otra de las grandes diferencias. En Hong Kong una botella de agua mineral cuesta 1 euro y un teléfono inteligente de 32 GB cuesta 524 euros mientras esos dos mismos productos cuestan en China respectivamente 0,4 y 632 euros y los productos de marca en China son 20% más caros; y, finalmente, el uso de internet que en Hong Kong no tiene restricción alguna, mientras en China una gran “cibermuralla” impide el acceso a muchas páginas y buscadores y la plataforma está sometida a censura y control de información.

Llama la atención en Occidente que sean los estudiantes los encargados de defender el estatus de libertad del territorio y la característica pacífica de su protesta. Pero no hay de qué sorprenderse. Desde que en 1889  se fundara la Universidad Imperial de Pekín, los estudiantes han jugado un papel fundamental en la historia de China contemporánea.

Ellos fueron los primeros en manifestarse contra el tratado de Versalles, en 1919, que supuso cercenar el territorio chino a favor de Japón. En manos de los estudiantes dejó Mao Tsetung la Revolución Cultural. En 1986 sus manifestaciones fueron un termómetro de las primeras luchas entre conservadores e izquierdistas, y se sabe cómo terminó en tragedia el movimiento estudiantil en 1989 en la plaza de Tiananmen. Aparte el fenómeno caótico de la Revolución Cultural (1966-1976), los movimientos estudiantiles en China suelen  ser pacíficos y orientados claramente a un fin político.

Y las manifestaciones estudiantiles, como todo lo que ocurre en China, están cargadas de simbolismos, de cosmogonías y de interpretaciones que escapan a la mentalidad de los occidentales. Recuerdo, en las protestas de Tiananmen, la postración de tres estudiantes en las escalinatas del Gran Palacio del Pueblo a la manera de lo que ocurría en la época de los antiguos emperadores, para implorar ante la gerontocracia reunida en su interior, que atendiese sus demandas mientras en la inmensa explanada miles de jóvenes aguardaban una respuesta en silencio.

Pues bien, uno de los conceptos más extraños para un occidental con respecto a los estudiantes chinos es su patriotismo y su conciencia de pertenecer a la madre China. El Latinoamérica el patriotismo es un concepto que manejan solo políticos demagogos y en Europa ni se sabe qué es eso (de nacionalismo y mitos pueblerinos sí saben mucho algunos europeos). Así que hablar de separatismo o secesión de Hong Kong o comparar aquello con la “primavera árabe” como se ha leído en estos días, es no saber de qué va aquello.

Bao Tong de 81 años, principal víctima política viva hoy de las protestas de Tiananmen en 1989 como asesor  del fallecido líder Zhao Zhiyang, ha aconsejado a los jóvenes de Hong Kong que “se tomen un descanso” para ganar a largo plazo. “La responsabilidad –dice el señor Bao- recae sobre los burócratas que actúan mirando sus propios intereses y sin servir a nadie”. De aquí a 2017 pueden pasar muchas cosas.

El balón está ahora en el tejado de Pekín. El presidente Xi Jinping de momento está en silencio, ha dejado en manos de algunos editorialistas oficiales que califiquen las manifestaciones de Hong Kong como “ilegales” pero se encuentra entre el mayor desafío político de su gestión. Porque el problema allí no es que Hong Kong tenga tanta libertad con respecto a China sino que en China haya tan poca libertad con respecto al resto del mundo, cosa que ni Xi Jinping ni sus adláteres están dispuestos a cambiar. Por ahora.

Adenda 1. Un dato adicional para lectores colombianos: HK es uno de los pocos territorios en el mundo que no exige visado a su pasaporte, los funcionarios de inmigración no saben ni dónde está Colombia y, además, la cosa no les importa demasiado. No sucede lo mismo en Macao, que sí les exige visado porque  mantiene, como se ha dicho, las normas de la época portuguesa; eso hace que muchos turistas colombianos se llevan una desagradable sorpresa cuando cruzan a la otra orilla del río de las Perlas.

Adenda 2. Los colombianos que viajen a Hong Kong pueden comprobar lo productivo que fue para el señor William Jardine atiborrar a los chinos de opio con la complacencia del gobierno de Su Graciosa Majestad. El logo de su empresa, uno de los grandes emporios del territorio, es aún hoy en día, un bulbo de amapola que exhibe orgullosa en su sede central y en toda su papelería. El caso del señor Jardine  puede servir para reflexionar sobre la inutilidad de lo que hoy se llama pomposamente la “lucha contra el narcotráfico”.

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