Recorriendo Latinoamérica en carro

11 de diciembre del 2015

Los turistas deben caminar por sus calles y sus campos sin rutas fijas.

Me sorprendí cuando vi la placa argentina de un vehículo en la sabana cordobesa de Colombia, mis ojos no daban crédito, me acerqué, espeté con gesto afable sobre la procedencia y luego de una serie de sucesos imprevistos, no calculados y muy amenos, resulté invitando a los viajantes a mi casa; sentí la obligación de atender a los foráneos como si fueran hermanos venidos de tierras lejanas; cuando se marcharon me pregunté el significado de lo que había vivido y no pude dejar de pensar en lo grande, lo diverso y aunque parezca contradictorio lo homogéneo y disímil que es América Latina. Ese viejo sueño de recorrer el continente en carro tomó nuevamente forma, ya sospechaba lo grande del continente, cuento con el conocimiento de un neófito en geografía, sabía de su diversidad por un par de viajes, entendía algunas de sus diferencias y sus homogeneidades por conversaciones que he sostenido. Sin embargo, la sensación del vacío que solo produce el desconocimiento se apoderó de mis divagaciones, era el vacío y la tristeza; lo único claro una sospecha, pocos vislumbran lo grande, lo diversa, lo disímil y lo homogénea de América Latina.

Aludiendo a William Ospina en su libro América Mestiza (Ospina, 2000): vivimos en un continente del que se puede saltar de un pico nevado como lo es el de la Sierra Nevada de Santa Marta a una playa exuberante como la de Palomino en la Guajira o a un desierto tan triste y furioso como el del Cabo de la Vela en el lugar conocido como Cuatro Vientos – nombre asaz significativo y apropiado -. Los contrastes, la diversidad y la biodiversidad hacen de este no un solo continente, sino muchos continentes, tan solo se tendría que contemplar la posibilidad de encontrar en la misma parte del mundo a las playas de Rio, la planeación de Brasilia, la arquitectura maya, la fiereza del océano Pacífico – que no tiene nada de pacífico -, la estática y viva imagen de las cataratas de Iguazú, y ni qué hablar de los desiertos al norte de Chile o de la dureza del frío en los Andes entre Chile y Argentina o del esplendor del Titicaca que desde la altura se ve más grande que la ciudad de Buenos Aires y así, y así… podría seguir la lista, quedarme en las maravillas naturales y arquitectónicas o en la disparidad de los climas. Y lo mejor de esos lugares si de diversidad se trata: la gente, una mezcla histórica que ha refugiado a todas las culturas, a todas las razas, ha refugiado a la mezcla de lenguas de todas las partes del mundo. Aquel que se aventure a recorrer Latinoamérica o venir a visitar lo que más debe evitar es la comodidad de los buses turísticos, debe caminar por sus calles y sus campos sin rutas fijas, debe deambular ya que más de una conversación le esperará. ¿Los temas? Los mismos, parecieran calcados de esquina a esquina: la corrupción de los políticos, la inseguridad, el desempleo, el alto costo de vida.

Y todo ese esplendor está ahí, esperando, conservándose, desperdiciándose. Esperando porque lo veamos y lo vivamos. Conservándose a pesar de las inclemencias del tiempo de la perfidia de los políticos y sus políticas, cercándose en barreras burocráticas y comerciales, por ejemplo: ir a las ruinas maya de Machupichu hasta los años noventa  era económico y fácil, se llegaba a una montaña monumental como quien llega a una playa cualquiera o como cuando un hijo de vecino se pasea por nuestra casa, ahora los papeleos y los costos para respirar el aire a esa altura de los Andes cuesta tanto que solo pocos pueden y se osan ir. Ese esplendor desperdiciándose porque se ha venido a menos todo, la biodiversidad que ya no es tan diversa, la enemistad infundada por líderes políticos que prohíbe que veamos al extranjero como hermano, hijo de una misma tierra y de unas mismas circunstancias históricas.  Prima el desconocimiento geográfico y la ignorancia, las barreras políticas y burocráticas del continente para el libre tránsito de personas; en Mercosur hay políticas de tránsito libres, tan solo con una cédula de ciudadanía o un registro de identidad, en Merconorte no dejamos de pensar en el pasaporte, documento que inevitablemente nos hace creer que si vamos a un país hermano estamos asistiendo a la antípoda, y en gran parte se debe a que dividimos nuestro continente, nuestra casa. Hay desconocimiento de ideas, de arte, de política y de ciencia; en los demás países latinoamericanos están en las calles los habitantes de esta gran casa esperando a que los visitemos, están prestos a servirnos o ubicarnos, a invitarnos un mate, un café, una chicha morada, una caipiriña y contarnos las cuitas que los obnubila, cuitas tan humanas como las nuestras. Difícilmente podremos entender las diferencias que tenemos si no somos capaces de encontrar lo que nos une, de ver que el continente está unido, más que por una lengua por un mismo devenir histórico.

Esa utópica idea de Bolívar que pretendía una Latinoamérica unida es considerada un despropósito, pero en la práctica el continente se resiste a fragmentarse, lo que pasa es que prima el desconocimiento. Le pregunté a mis amigos viajeros qué era lo más difícil del viaje y aún retumba la respuesta: Tomar la decisión. ¿Y para cuándo tomaremos la decisión de vernos como hermanos continentales? ¿Para cuándo acabaremos con las barreras fronterizas de papeles y exclusas y de excusas? ¿Qué debemos vivir para entender que hay biodiversidad que nos espera? Sin duda es una decisión personal, ese ver y vivir el continente solo es posible cuando se inicie la empresa, la aventura. Como países somos frágiles y vulnerables como continente seríamos fuertes y autónomos, en lo cultural, en lo político, en lo fraternal, en lo igualitario.

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