Un archipiélago sin mar

Mar, 20/11/2012 - 13:14
Otra tragedia anunciada en Colombia: el país -esta vez en la Corte de La Haya- vuelve a perder territorio como lo viene haciendo desde 1810. Cien mil kilómetros de mar perdidos en el archipiélago d
Otra tragedia anunciada en Colombia: el país -esta vez en la Corte de La Haya- vuelve a perder territorio como lo viene haciendo desde 1810. Cien mil kilómetros de mar perdidos en el archipiélago de San Andrés que pasan a manos de Nicaragua por la incuria, abandono e ignorancia de los políticos del interior, gentes preocupadas sólo por sus miserables rencillas partidistas, por sus trapicheos leguleyos, por los chascarrillos de club bogotano. Qué entiende un político del interior lo que es el mar, esa inmensidad que abre las mentes a otras gentes, a otras culturas, a otras costumbres. Aquí está el resultado de ese espíritu tan colombiano de dar la espalda al mar, un país con dos litorales en donde no se come pescado “porque tiene espinas muy peligrosas que se te pueden atragantar”. Al día siguiente de perder tanto mar como el territorio de un país centroamericano, las emisoras de radio sí se animan poner música sanandresana y entrevistan patrones de pesca isleños; los diarios amanecen dando lecciones de geografía para que los colombianos sepan que ahora tienen algo tan exótico como un archipiélago sin mar y los políticos pronuncian una de sus frases favoritas: “tenemos dolor de patria”. El jefe negociador de Colombia en La Haya, Julio Londoño, que se negó durante años a incluir sanandresanos en su equipo para que pudieran explicarle a él, típico político del interior, qué es un obenque o un palo de mesana,  pronunció una frase que requiere mármol inmediato: “Colombia no es hoy un país más pequeño; es más grande, porque se nos ha engrandecido el alma”. Un diplomático español a quien reproché un día el que los españoles hubiesen puesto la capital de Colombia en un altiplano gélido, aislado y distante del mar me replicó: “y vosotros habéis hecho peor dejándola aquí”.  El hombre pasó dos años acoquinado por el frío, harto del tráfico caótico y el provincianismo de sus gentes, pero como buen profesional lo disimuló de manera elegante. Siempre he pensado que ahí radica, en buena medida, el origen de los problemas de esta nación, única del subcontinente americano a la que no le importa el mar. Todas tienen la capital o una ciudad fundamental para su economía y su cultura junto a un litoral, menos Colombia. Y las dos que carecen de mar, Bolivia y Paraguay, añoran sus aguas; la primera mantiene su reivindicación frente a Chile de salida al Pacífico y en Paraguay están tan orgullosos de su salida al Atlántico por el Paraná que ostentan una embarcación en sus billetes de curso legal. Lo tengo claro hace tiempo, ¡qué diferente sería Colombia si en su momento hubiese optado por poner la capital en Barranquilla! Cuando uno ve hoy esos barrios bogotanos de casas estilo Tudor con ladrillo a la vista, piensa inevitablemente en la clase política que los habitó en otras épocas y en la “anglosanijonización” de la capital colombiana a partir de las primeras décadas de 1900. Piensa en el nacimiento de ese personaje que es el “cachaco” de abrigo, sombrero y paraguas, tan british él y también tan lejano en distancia física y actitud vital a las gentes de la costa. El presidente Marroquín no vivió desde luego bajo esos techos inclinados, que se mantienen en pie esperando unas nieves que no caerán nunca, pero es fácil imaginarlo abúlico, indolente; ensimismado en entretenimientos literarios, ajeno a quienes le advertían que en Panamá se hablaba de separatismo. Cuentan las crónicas que ni siquiera interrumpió la lectura de una novela francesa cuando el general Ospina lo visitó alarmado para ofrecerle sus servicios en vista de lo que ocurría en el istmo; más bien nombró a un gobernador abiertamente separatista y éste, a un jefe de guarnición que vendió el istmo a Roosevelt por 25.000 dólares. Los historiadores del futuro, mirando este expolio de mar como hoy vemos aquella amputación del territorio panameño, dirán que mientras los colombianos estaban entretenidos viendo como engañaba Tirofijo a Andrés Pastrana y embelesados con los tres huevitos y la encrucijada en el alma de Álvaro Uribe, Daniel Ortega había llevado a Colombia a una Corte internacional y ésta había acudido como va un corderito al degolladero. Qué ironía, por otra parte, que para juzgar a tanto genocida como hay en este país si no se apliquen las Cortes internacionales en hacer justicia. Los leguleyos bogotanos, siempre prontos a acatar las sentencias porque para eso viven en la “Atenas de Sudamérica”, entregarán seguramente a la mayor brevedad, lo que pidió Nicaragua, como pontificaba que había que hacer -al día siguiente de la sentencia-  un conspicuo “cachaco” asiduo de la radio…, igual que harían Venezuela, Irán, Israel o Estados Unidos, que tienen contenciosos territoriales más o menos parecidos, si la corte de la Haya les ordenara hacerlo. Los análisis que vienen ahora sobre este desastre incidirán -muy en la línea de los tiempos que corren- en los ocho millones de dólares de pesca anual que se pierden, en la reserva petrolífera de la zona, en la plataforma que recibe el narcotráfico y demás. Pocos dirán que perder mar es perder cultura, perder vida, perder naturaleza.  Además de perder dignidad. Y los miles de dramas humanos de pescadores que se plantean ahora recibirán, como siempre, buenas palabras; quedarán abandonados a su suerte, al capricho de Daniel Ortega que, si antes de la sentencia actuaba con ellos como un pirata, ahora les podrá esgrimir su patente de corso. A Juan Manuel Santos esta “sentencia salomónica” de la que habló su canciller hace meses, dando a entender que sabían por dónde vendrían los tiros, debería pasarle factura en las urnas. Pero los colombianos no aprenden y a lo mejor este expolio viene bien al candidato que ponga Álvaro Uribe. En pocas semanas esta vergüenza quedará anegada en el mar de babas de los políticos que en este país siempre tienen una frase para la historia, como la que dijo el presidente que perdió Panamá: “Me entregaron un país y devolví dos”. De momento uno queda más tranquilo sabiendo que, como dijo Julio Londoño, hoy Colombia es mucho más grande.  
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