Un domingo cualquiera

Mar, 20/11/2012 - 07:04
Un domingo caluroso, como es costumbre en la ciudad fronteriza donde vivo, deambulaban como almas en pena seis señoras con sombrillas en sus manos, biblias debajo de sus brazos y largas faldas que ll
Un domingo caluroso, como es costumbre en la ciudad fronteriza donde vivo, deambulaban como almas en pena seis señoras con sombrillas en sus manos, biblias debajo de sus brazos y largas faldas que llegaban al piso. Su aspecto no era el más agradable. En los niños infundían temor con sus miradas y en las personas adultas causaban una sensación que se movía entre el desprecio y la compasión. Eran incansables caminando. Recorrían largos trayectos en la ciudad propagando su mensaje. Y no eran ellas el único grupo. Así como este, iban de cuadra en cuadra y por manadas, más y más grupos, entre los cuales a veces iban niños vestidos como adultos, con corbatas y zapatos de charol, cargando una vida que no les pertenece. Para desgracia de mi familia, nuestra casa era la primera de una cuadra infinita, cargada de casas humildes estrato tres, donde sus habitantes los domingos no hacíamos otra cosa que embrutecernos frente al televisor. El timbre sonó con insistencia. De nada valió cerrar la puerta cuando era inminente su arribo a nuestra reja. Las señoras, dentro de las cuales había una que era claramente la líder por su edad, se ensañaron con el botón que nos atormentaba con su rugir. Mi papá dio la orden. “Hijo, salga usted a ver qué carajos es lo que quieren”. Al salir, y cuando ellas me vieron, clavé la mirada en el adorno que embellecía nuestra puerta. Era un recuadro de veinte centímetros de ancho por diez de alto en el que estaba consignada la siguiente frase: “Aquí somos católicos, apostólicos y romanos. Amamos la Virgen como a nuestra madre y vemos en el Papa al mensajero de Dios Padre. Señores protestantes, por favor no molestar”. La señora mayor, la que yo creía era la líder, me dijo con voz potente: “niño, tranquilo que ya leímos lo que usted nos señaló con su mirada, pero es que el mensaje que hoy le traemos incumbe tanto a católicos como a protestantes”. Por un momento me desconcertó. Creí que sería suficiente con la indirecta ocular, pero más me sorprendió la fluidez de su reproche. Estaba acostumbrado a pensar, cortesía de mi padre, que los protestantes, sobre todo este tipo de protestantes, eran poco dados a la razón y más bien muy fanáticos del reproche sin argumentos. Por eso, el breve discurso de la señora me tomó por sorpresa. “Bueno señora, es que ustedes siempre llegan cuando uno más ocupado está. Justo nos disponíamos a desayunar. Si gusta, puede pasar más tarde”. La expresión de su rostro me hizo recordar rápidamente lo que había dicho, pensando que quizás había sido ofensivo, pero no encontré nada de malo en mis palabras. “Un minuto a Jehová nuestro padre, vale y alimenta más que todos los manjares de este mundo”. Al parecer, no sólo no iba a poder desayunar, porque en efecto sí íbamos a desayunar, sino que la gran revelación de Jehová para mi vida me iba a tomar descalzo y sin camisa, sudoroso y despeinado. “Señora, yo eso lo tengo muy claro, por eso hoy, desde las seis y media y hasta casi las nueve de la noche, me dedicaré, en la Sagrada Eucaristía, a regalarle muchos minutos a Dios (queriendo ser un poco grosero, corregí inmediatamente), perdón, a Jehová”. Todo mi discurso y mi proceder en estas situaciones eran producto de muchos domingos observando a mi papá sin camisa, descalzo y malhumorado, tratando de ahuyentar a nuestros hermanos separados. No había un solo gesto mío que no fuera una réplica idéntica del suyo. Lo que sí no había previsto es que al parecer ni mi papá había tenido que lidiar con una señora como la que me miraba a través del enrejado con ojos inquisidores. Ella, pues su séquito sólo sostenía biblias y sombrillas, hizo caso omiso a mi comentario e inmediatamente empezó a proferir una serie de palabras en un idioma inteligible para mí. Pensé que me estaba maldiciendo. Pero no, estaba orando. Contra todas las fuerzas que su en su interior le gritaban que me insultara, la señora, muy respetuosa y con ojos llorosos, me dijo: “Hijo, no se lo regale a Jehová entonces, regálemelo a mí”. La forma como su rostro se transfiguró y sus ojos dejaron escapar una lágrima fue suficiente para que yo, el más formado de todos los niños del mundo en la lucha contra el protestantismo, cayera embaucado nuevamente por el mensaje salvador de las señoras con faldas largas. "Hijo, si me permites llamarte así (me estaba tuteando), quiero regalarte esto (la revista Atalaya). Allí encontrarás de una mejor manera y más ampliado lo poco que yo te alcanzaré a decir aquí. Nosotros, como ves, somos unas viejas achacadas y en el ocaso de nuestras vidas (tenía toda la razón) pero aún así, sacamos fuerzas de donde no tenemos para ir propagando casa por casa y persona por persona el mensaje que Yavhé Jehová nos ha revelado".(El séquito, que parecía escuchar con más atención que nunca, respondió al unísono, Así sea). La vida es una sola hijo, no hay segunda vuelta. Sólo tienes una oportunidad para hacer las cosas bien. Solo… Movido quién sabe por qué, me atreví a interrumpirla para preguntarle, ¿qué es el bien para usted señora? Porque para mi papá el mejor bien en estos momentos es que yo me estuviera alimentando… - "Hijo, el mejor bien es oír la voz de Jehová que clama en los desiertos. Seguir sus indicaciones. Acabar con los falsos ídolos, desterrar de este mundo la falsedad y la vanagloria, no dejar que el demonio invada nuestras vidas ni dejarnos tentar por las falacias de su mensaje". Hoy, catorce años después, debo reconocer que fue la primera vez que escuché la palabra “falacias”. La señora cada vez lograba atraerme más hacia ella. Poco a poco y sin ser consciente de ello, fui cayendo en las fauces de esas viejitas ávidas de fanáticos. Sus palabras continuaron con un interrogatorio. Dime hijo, ¿tú lees la Biblia? – La verdad no. No la entiendo. (Mala, muy mala respuesta. Aunque lógica para mi edad) – Pues bueno hijo, si me permites y sin que tus padres se enteren, nos podrías acompañar los miércoles en la noche en la casa de don Diego, tú vecino (uno que ya había caído dos domingos atrás) en las lecturas acompañadas que hacemos de la Biblia. No tienes que llevar la tuya. Nosotros tenemos una que es más bonita - ¿Cómo así, mi Biblia es fea? – No hijo, de ninguna manera, es sólo que está mal escrita. Pero eso no es lo importante. Dime, ¿quisieras asistir? Yo te espero aquí a la vuelta de tu casa y vamos juntos. Podría pasar por ti como a las seis de la tarde y estarías de vuelta a las nueve. Les dices a tus padres que vas a jugar fútbol. Yo fruncí el ceño como si lo estuviera pensando. Y juro que de verdad lo alcancé a pensar. Pero como una revelación más de que Dios escucha nuestras súplicas aún cuando no somos conscientes de que estamos pidiendo, mi santa madre apareció. ¿Qué pasa, por qué no se entra a desayunar? (Mi mamá no me tuteaba) – Mamá venga, es que me están invitando… - Invitando a qué carajos, a nada, éntrese de una vez (Mi mamá, al igual que yo y desde mucho antes,  también era fiel discípula de mi papá y sus tácticas ahuyentadoras de hermanos separados de la fe. Sólo que de una manera más radical). Yo quise correr hacia adentro, pero la señora me retuvo por el hombro. Acuérdate hijo, hay que hacer el bien, hay que escuchar la palabra de Jehová los miércoles, ya sabes… - Él no sabe nada vieja hijuemadre, no venga usted ahora a predicarle a mi hijo lo que es el bien en mis narices. Yo soy su mamá y sé qué es lo que es el bien para él y lo que le hace daño. Faltaba más, que unas viejas desocupadas vinieran a educar a mi hijo como si no tuviera una mamá que lo hiciera – Señora no se ofenda, no se altere, pero su hijo nos estaba diciendo ahora unas cosas de ustedes que francamente, Yavhé los perdone… La mirada de mi mamá casi me hace orinar. Sin embargo, no fue tan horrible como la que le propiné a la vieja de falda larga que minutos antes me había empezado a convencer de que debía escuchar la palabra de Dios o Yavhé, los miércoles en la noche. No sea mentirosa, vieja desgraciada, (sí, le dije desgraciada y supe con ello que la formación de mi padre había llegado a su fin. Estaba oficialmente graduado) que yo no le he dicho un carajo. Mientras le decía esto, alternando mi mirada entre ella y mi madre, el séquito parecía no existir, la rabia que me invadía me llevó a pensar que quizás yo podría ser la reencarnación de algún inquisidor o de algún soldado cruzado. La cara se me enrojeció y la sangre me hervía a borbotones. Estaba a punto de caer fulminado por un infarto, pero gracias a Dios, no a Yavhé, mi papá apareció con un baldado de agua tan frío y tan potente que no sólo apaciguó mi furia sino que logró lo que el viejo aviso en nuestra puerta no había logrado.
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