“No resulta nada agradable descubrir inmundo a quien se creyó noble”,es una de las primeras frases que se encuentran en el prólogo de una obra que deslumbra por el desencanto que, página a página, vamos descubriendo sobre la realidad del protagonista; un ídolo que a fuerza de tiempo y autoridad se va despojando de su aureola y se nos presenta como un ícono humano lleno de pecados, de flaquezas y vicios. En “Napoleón tal cual”, de ella hablamos, recorremos un escenario colmado de riquezas y un personaje en búsqueda de fama y gloria dentro de un incontenible afán de poder en la que quedan como un mito las intenciones patrióticas, el entusiasmo por el cambio y la misión providencial de restablecer la dignidad nacional pisoteada por la revolución Francesa.
Luego de deambular por la novela histórica de Henri Guillemin se pierde el derecho de sorprenderse con la actitud de los hombres y de las entidades públicas; se tiene la certidumbre sobre el destino del hombre; y más del hombre colombiano; aquel ciudadano corriente o egregio,a quien en tantos años de ser títere de fuerzas poderosas económicas, políticas y religiosas, se le han impuesto odios, miserias y mutilaciones físicas y espirituales sin cuento ni compasión.
Desde la época de la colonia, cientos de prohombres como Juan Francisco Berbeo ó un Juan Manuel Corzo han recurrido a acciones sólo buscando un beneficio propio; beneficio que también cubra a su familia para abastionarla con imponderable abundancia. Un Prócer que a la par con el honor de ser considerado como el “El Hombre de las Leyes” se apropió para sí de tierras de vencidos; generales del siglo XIX que recurrieron a acciones alucinantes de guerras para crear un estado a imagen de los europeos, avergonzados de nuestra propia realidad, y sentir el orgullo de verse retratados en cuadros acartonados de héroes falsos y ridiculizados en frases de suma ignorancia: “Los generales de Colombia se visten como los mariscales de Francia”. Excelentísimos presidentes de la altura de Laureano Gómez que lograron desangrar hasta tres veces al país en diferentes momentos de la historia patria: obtuvo la renuncia del presidente Marco Fidel Suarez por el único “delito” verificable: ser humilde y pobre hasta el punto de comprometer su sueldo a un “prestamista” extranjero; responsable del amplio poder que tomaron las fuerzas armadas civiles secretas ( masacres de la década de los años cincuenta ), y autor del vacío ideológico llamado Frente Nacional.
Y en tiempos más recientes, hijos de presidentes que en su afán de hacer empresa se escudaron en la voz recia de su padre, que preponderaba su espíritu emprendedor, pero no tenían la varonía de responder por sus propios medios ante la inquietud del pueblo por la trasparencia de sus negocios. Un hombre que no le tembló el pulso para quemar libros de una biblioteca municipal, por la audacia de controvertir sus principios resguardados en una santa fe y ahora convertido en vigilante de los servidores públicos de un país laico. Un candidato a alcalde que se ampara en la prosapia de su padre mártir y a cuya tumba ni el fuego perenne ya ilumina. Un pseudoperiodista cuya columna le era manejada por un oscuro Salvatore; y un sinfín de perdones, sin convencimiento, de asesinos y hombres de poder político, por hechos de dolor y muerte, en un triste show mediático sin el asumo de su propia responsabilidad
Napoleón, esgrimiendo argumentos de gobierno cesáreo, marcial y piramidal conquistó a una sociedad entera; manejando todas las instituciones de la nación, logró que ésta le obedeciera ciegamente hasta hacerla enfrentar a toda Europa en una continua y sangrienta batalla. Una pérdida del sentido de la propia misión como país, donde se reemplazó la codificación legal por el desorden y el caos. Situación parecida a la que ha estado viviendo Colombia desde hace muchas décadas atrás; un pueblo que no controla su propio destino y donde dominan sobre él los egoísmos personales y las ambiciones grupales; un estado que pone a marchar a sus fuerzas del SMART sobre operarios de empresas petroleras, estudiantes universitarios o ciudadanos de la calle que buscan ser escuchados mientras que pandillas callejeras asolan las calles de Cali y son enfrentadas por simples patrulleros.
Regiones donde han muerto de inanición 13 infantes, tienen agua dos horas al día y el 44% de la población vive en la miseria mientras el señor alcalde reviste a Puerto Gaitán de un horroso arco de entrada con un costo de $ 2.500 millones de pesos. El pulmón del mundo ad portas de perder una quinta parte de su selva por el boom de las licencias para explotar oro y petróleo que en el último año sumaron 48.00 hectáreas. Ministerios que propagan leyes económicas de crecimiento que resultan insuficientes frente al atraso de carretas, puertos y aeropuertos. Adalides de la gratuidad de la educación, alto número de egresados del SENA y becarios del Icetex sin importarles que el 10% de los estudiantes en la ciudad de Bogotá crean que El Quijote de la Mancha sea una obra escrita por un colombiano y el 60% no sepan quien escribió Cien años de Soledad.
Una indiferencia de todos, porque todos, héroes y hombre llanos, obran más por intenciones inconfesables y ocultas que con la generosidad que se les atribuye. Una verdad que resulta cierta en Napoleón y con tristeza en la gran mayoría de nosotros, los colombianos.
Alberto salazar castellanos
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