Esta semana, la premio Nobel de Paz birmana Aung San Suu Kyi (léase an san suchi) puso la cereza a un pastel que sus admiradores de otro tiempo (entre los que me cuento) no quisiéramos haber visto servido en la mesa; pero no hay de otra, ha vuelto a decepcionar. Y es que el Nobel de Paz no es necesariamente garantía de virtudes. La Dama, como es llamada Suu Kyi por sus compatriotas, ha defendido la condena a siete años de cárcel dictada contra dos periodistas de la agencia de noticias Reuter, acusados de espionaje por investigar la matanza del Ejército entre la minoría musulmana rohingya de su país, mayoritariamente budista.
Wa Lone y Kyaw Soe Oo fueron detenidos el pasado diciembre tras recibir presuntamente de sus fuentes en la policía, documentos confidenciales sobre la matanza de rohingyas en una aldea en el estado Rakáin, al oeste del país. La líder birmana ha justificado una medida que atenta contra la libertad de expresión escudándose en una Ley de Secretos Oficiales que rige en el país. Lo paradójico del caso es que ella misma pasó quince años bajo arresto domiciliario por oponerse a la dictadura militar, una de las más crueles y sanguinarias del pasado siglo en el sudeste asiático.
Con la paulatina vuelta a la democracia en Birmania (rebautizada Myanmar por los militares), el partido de Suu Kyi ganó las elecciones en 2015 y ella se convirtió en “jefa de facto” del Gobierno. Bien es cierto que su estatus como mandataria es bastante exótico y lo que ostenta es algo así como el cargo de “consultora suprema” (entre otras cosas por tener sus hijos nacionalidad británica, pues estuvo casada con un inglés, se ve condicionada para ejercer plenamente la jefatura del país).
Como quiera que sea, Suu Kyi es la cabeza visible de un gobierno cuyo ejército ha sido acusado por Naciones Unidas de provocar el éxodo de 700.000 refugiados rohingyas al vecino Bangladés. Durante décadas, esta minoría musulmana ha sufrido persecución y, según los expertos de la ONU, han sido víctimas del Ejército por la “comisión de crímenes atroces con sus actos y omisiones”, y señalan directamente a Aung San Suu Kyi por “no haber usado su posición, ni su autoridad moral, para impedir los graves hechos”.
Hace ahora un año, el Ejército birmano lanzó una brutal ofensiva contra la minoría rohingya después de que una guerrilla musulmana, el Ejército de Salvación de Arakán, atacara una base militar. La respuesta de los militares birmanos fue entrar a los pueblos y aldeas de esta etnia (por cierto, no reconocida en un país en donde pasan del centenar los grupos étnicos oficiales), quemar sus casas, matar a los hombres y violar a las mujeres. Y Aung San Suu Kyi, la Nobel de Paz 1988, permanece callada.
La Dama se refiere a los rohingya solo como delincuentes y terroristas. La imagen de budista compasiva que proyectó mientras estuvo aislada en su casa junto al lago Inya, en Rangún, se ha deteriorado con el tiempo, y otros ganadores del Nobel de Paz que han visitado los campos de refugiados rohingya han terminado por criticar también la pasividad de Suu Kyi.
Tengo como una de mis experiencias personales inolvidables una entrevista a Aung San Suu Kyi durante su aislamiento domiciliario. Fue en julio de 1989, yo acababa de vivir en primera persona la tragedia de Tiananmen de aquel año en Pekín, que supuso centenares de muertos. Se la relaté y me impactó la frialdad de su reacción. Lo atribuí a que el año anterior, el Ejército birmano había dejado en las calles de Rangún un número superior de víctimas mortales, con la diferencia de que allí no hubo periodistas para testimoniar la matanza como los centenares que estuvimos en la capital china.
Hoy, viendo su indiferencia, incluso la tácita aprobación de las barbaridades de sus militares con los rohingyas, se me ocurre que a lo mejor no le importó demasiado.
