Los obreros que trabajaban en una carretera en el centro de Colombia encontraron hace unos días una veta de esmeraldas. La noticia, que es una realidad incontrastable, tenía todos los ingredientes para una buena historia de ficción. Sólo le faltaba algún muerto, cosa que aquí no es difícil, para que tuviese elementos de novela. Puede uno fácilmente imaginar la ilusión de los afortunados, la avalancha de desheredados en busca de fortuna, el riesgo en que queda la vida de los que hallaron algún pedrusco con la preciada gema, la rapiña de los intermediarios, la llegada de la guerrilla a los alrededores siempre tan dispuesta a ayudar a los pobres y necesitados, el cambio que se operará en la vida de los enguacados… ¿Y de la carretera qué? ¡Ah, eso puede esperar!
Dicen las crónicas del acontecimiento que los trabajadores encontraron el filón de esmeraldas cuando perforaban la tierra en un tajo de la montaña que lleva en construcción desde hace tres años. Tres años construyendo una pequeña vía regional, el tiempo que tardaron los chinos en construir 1.300 kilómetros para la infraestructura –estaciones, ferrovías, túneles y puentes- del tren de alta velocidad entre Pekín y Shanghái inaugurado hace un año. Con este hallazgo inesperado de esmeraldas esa modesta carretera boyacense puede esperar. Como espera tanta gente en Colombia a que le llegue una pensión, a que la atienda la EPS, a que se le haga justicia, a que se logre la paz. Porque en este país el tiempo tiene una dimensión diferente. Y el tiempo de las infraestructuras más diferente aún.
Un gran periodista europeo muerto recientemente, buen conocedor y amante de Colombia, me hizo hace años una reflexión. “Fíjate –me dijo- cómo será la corrupción de este país que en México y Venezuela, dos de los países con la clase política más corrupta de Latinoamérica, por lo menos han dejado infraestructuras, autopistas, puentes, puertos. Aquí en Colombia no han dejado ni eso”. Cuando uno le traslada esta inquietud a algún político o a uno de esos personajes folclóricos dispuestos a “defender el nombre de la patria” por encima de cualquier tropelía, esgrimen siempre el mismo argumento: “es que la geografía del país en muy complicada”.
Desde que empecé a tener uso de razón –y eso fue hace muchos años- oigo hablar del macroproyecto de infraestructura colombiana en la cordillera Central, el Túnel de la Línea. Nueve kilómetros que son como una quimera. Lo oigo mencionar en la radio o la televisión o leo algo sobre sus obras en la prensa y me parece estar frente a la leyenda de Eldorado, ante una fe religiosa o ante uno de los tantos mitos de las creencias populares de este país.
Hace algunos meses, durante un viaje a Cali, se me ocurrió ir a Buenaventura, una ruta desde donde vi el mar por vez primera. Era un resplandor gris que apareció entre el verdor de unos desfiladeros imposibles y aquella imagen quedó grabada en mi mente para siempre. El mar, ese sueño de quienes no hemos tenido el privilegio de nacer a sus orillas, merecía aquel pequeño homenaje nostálgico, pero cuando me enteré de que el estado de la carretera permanecía inalterable desde que lo recorrí por primera vez, desistí de la idea.
Ahora comprendo porque mover mercancías desde las ciudades del interior a un puerto colombiano es más caro que enviarlas desde ese puerto a un mercado al otro lado del mundo. ¿Y que decir de la corrupción que envuelve la contratación de obras públicas en este país? Los 576 kilómetros que separan Bogotá de Buenaventura tienen dieciséis contratos diferentes, la gran mayoría con problemas paralizantes. Y algunos de los contratistas de esas obras, como todo mundo sabe, se encuentran actualmente en la cárcel por cargos de fraude y soborno.
Cuando quise emprender aquel frustrado viaje a Buenaventura me hablaron de un tramo, entre Loboguerrero y el puerto sobre el Pacífico, como una trocha intransitable y, al enumerarme los deslizamientos y derrumbes sobre la vía, el nombre de uno de los parajes que apareció para hacerme desistir de la aventura era suficientemente elocuente: la vereda en cuestión se llamaba Tragedias. Los colombianos, acostumbrados como están a los desastres anunciados, no suelen dar importancia a la cantidad de vidas humanas que se pierden en los precipicios y caminos de terracería mal señalizados y abandonados que llaman carreteras en este país y harían bien en detenerse alguna vez a pensarlo porque visto desde fuera es algo aterrador.
Hace unos años, por allá a finales de los años 1990, un grupo de corresponsales de prensa extranjera destinados en Colombia, escribió un libro a varias manos sobre el país en donde el fenómeno del bus que se precipita al abismo “porque se quedó sin frenos” cuando lo que hay es mal estado de las vías, era de las cosas que más llamaba la atención a los periodistas de fuera.
La situación no ha cambiado mucho desde entonces y la ausencia de infraestructuras, creo yo, ha terminado por influir en el carácter provinciano, excluyente, endogámico y ombliguista de los colombianos. Y, por qué no decirlo, a influir en el ambiente de violencia que envuelve al país. El desconocimiento del “otro”, la desconfianza hacia el forastero, la falta de respeto con quien habita la periferia de los grandes centros de población, siempre lejano, aislado, inaccesible, incuba más de una tragedia. A eso se agrega el gran error, en un país con dos litorales, que es haberle dado la espalda al mar. El mundo progresa y los colombianos seguimos esperando el Túnel de la Línea.
¿Y de la carretera qué?
Mar, 06/11/2012 - 14:31
Los obreros que trabajaban en una carretera en el centro de Colombia encontraron hace unos días una veta de esmeraldas. La noticia, que es una realidad incontrastable, tenía todos los ingredientes
