¿Y si le apuntamos a la educación pública?

Jue, 11/10/2018 - 05:26
No me caractericé por ser un estudiante modelo. Hasta el noveno grado de bachillerato fui un alumno dedicado, que cumplió sagradamente con sus deberes escolares y, además, por instinto de conservac
No me caractericé por ser un estudiante modelo. Hasta el noveno grado de bachillerato fui un alumno dedicado, que cumplió sagradamente con sus deberes escolares y, además, por instinto de conservación. Tuve clarísimo que, si perdía materias, el logo de Adidas de la chancleta de mi papá sería sutilmente tatuado en alguna de mis piernas o nalgas, por haber descuidado lo único que me tocaba hacer en la vida, en esos momentos. Al llegar al décimo grado, en el año 1988, mi vida y la de mi hermana Mónica dieron un giro de 180 grados que nos obligó otra vez, por instinto de conservación, a estudiar y tratar de salir adelante, de manera decorosa. Y como “el que es caballero repite”, pues yo repetí décimo grado. Fui el único redundante del Instituto San Bernardo de La Salle, en el año 89; mis compañeros aventajados me instalaron un tierno remoquete que, a grito herido, corearon desde el tercer piso del edificio en el que estudiamos, cada vez que pudieron: REPITONTO. Llegó el grado once y ahí si fue “la tapa”, según mi papá. Me suspendieron dos veces, por “capar clase”; habilité física y química (porque en ese tiempo se habilitaba y no se hacía curso remedial); pasé cálculo, por copia; me echaron de la Banda de Guerra, por no ir a los ensayos; y casito me gradúo por ventanilla. Además, me salvé del ejército. Y como si esto fuera poco, la cereza del pastel fue un horroroso resultado del examen del Icfes que, creo yo, pasé de chiripa. Por fortuna, me dio para estudiar periodismo y, ahora, le agradezco a la vida y a la vagancia el haberme enfrentado a la profesión más hermosa que existe en el planeta tierra. Estudié en una universidad privada. Mi papá pudo pagar los nueve semestres que hice de carrera, al igual que el montón de años que estudié en el colegio. También, los de mi hermana. En esta etapa tampoco fui un estudiante “uno A”. Me preparé para parciales y los pasé bien; perdí un par de materias por jugar voleibol; y no hice tesis. Logré un pregrado en producción de televisión, en el que saqué la mejor nota del semestre. Esos 23 años de estar en aulas de clase dejaron en mi vida grandes amigos, mucho conocimiento, experiencias de diferentes tipos, unas bases educativas sólidas, honestidad, lealtad y recursividad. El oficio del que me enamoré me ha dado para soñar, construir, conocer, aprender, conseguir, cambiar, pensar, opinar, destacar, ayudar y escribir. Todo esto suena, o se lee, muy bien. Pero ¿y qué sucederá con los que no tienen cómo conseguirlo? A pesar de que muchos se la pasan trabajando, de sol a sombra y con toda la responsabilidad del mundo, sus salarios no dan para pagar los monstruosos valores que muchas universidades privadas cobran por una posibilidad de estudio para sus hijos. Entonces, deben apelar a la universidad pública: esa que, por estos días, pide a grito herido que le ayuden a mantener sus plantas de profesores, sus instalaciones y su bienestar, para que aquellos interesados en salir adelante, pero escasos de recursos, puedan cumplir sus sueños educativos. A mi hija mayor le gusta la arquitectura. Por fortuna, en la universidad pública hay posibilidad de estudio. A ella le tocará prepararse mucho para sacar un buen resultado en las pruebas saber (antes icfes), y otro mejor en el examen del claustro. O, dependiendo de su interés, apuntarle a una beca. Es difícil reconocerlo pero mi sueldo no da para estar pagando, cada cuatro meses, 14 o 15 millones de pesos. Y eso que solo estoy hablando de una hija. Cuando la menor decida qué estudiar, el susto será peor. ¿Y si le apuntamos a la educación pública? Mi esposa y mis cuñados estudian en la Universidad Nacional. Viven felices con lo que reciben y la defienden a “capa y espada”. Una de mis tías fue vicerrectora académica de esa institución; mi tío Jorge es un antropólogo urbano del mismo plantel y tiene una tesis laureada que cuenta la historia de un pandillero de Kennedy muy reconocido, por allá en los años 70. El último director que la Unidad de Restitución de Tierras tuvo, Ricardo Sabogal Urrego, es un abogado de la Universidad Nacional que, durante varios años ha trabajado por el regreso de los campesinos a sus tierras; y es reconocido en el país por dirigir la entidad que le ha ayudado a miles de personas a recuperar lo que la violencia les quitó. Y la lista continúa… Sin necesidad de despotricar, criticar o cuestionar, pidámosle al presidente Iván Duque que le ponga más ojo a la educación; que destine más dinero a su desarrollo y que les dé chance a estos centros educativos de seguir graduando a brillantes profesionales. Los estudiantes de centros públicos y privados, que salieron a caminar por las calles bogotanas y llegaron a la Plaza de Bolívar, son la muestra de que Colombia tiene cómo salir adelante sin necesidad de la plata fácil, las trampas, los engaños, los trucos, las guerras o las burlas. Yo quiero que mis hijas sean bien capacitadas en lo que ellas decidan aprender; la “U. publica” les puede dar esa oportunidad; y a miles más. ¿Qué opina, presidente? ¿Le suena la idea? Ojalá y se anime… @HernanLopezAya    
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