Algo está pasando… algo más puede pasar

Mar, 20/03/2012 - 01:03
La agitación que se vio la semana pasada en las estaciones de Trasmilenio  puede ser un preaviso de problemas más grandes.
Mucho

La agitación que se vio la semana pasada en las estaciones de Trasmilenio  puede ser un preaviso de problemas más grandes.

Mucho se desplegó respecto al origen o las razones de protesta  por los problemas del sistema mismo: las fallas de servicio, la limitación de rutas, el costo para el usuario y la utilidad del operador, la inconveniencia de volver privado un servicio público y de entregar así el espacio público, lo absurdo de que además la infraestructura y el mantenimiento tengan que ser pagados por el Distrito, etc.

Fuera de la costumbre inveterada de buscar un culpable y de atribuir la causa a algún ‘malo’ que haya podido generar los disturbios, se asumió que discutir esto era lo importante y se eliminó el interés por entender mejor lo que necesariamente hay detrás. Menos atención aún se prestó a entender el aspecto sociológico del significado de la reacción como se dio. Al respecto lo que Rodolfo Arango describe como “el simplismo de la reacción oficial y mediática ante los hechos” nos distrae de la verdadera gravedad de la sucedido que por supuesto va más allá de unos costos de los destrozos y del castigo a unos actores. En cuanto al trato de estos al poner pancartas casi con ‘cabeza a precio’ no parece ni siquiera legal; es algo de diferente naturaleza a un problema policivo y teniendo esa información se debería buscar analizar cómo o porqué coinciden esas personas en esos actos para así entenderlos mejor.

Algunos interpretan que es la expresión de un inconformismo como el de los indignados, o los de occupy wall street que ya está repitiéndose en Colombia. En todo caso hay algunas señales de que algo puede estar pasando de lo cual esa agitación solo fue una muestra.

A lo largo de las principales avenidas de la ciudad –carrera Séptima o Avenida Caracas- se ven en todos los espacios posibles unas especies de ‘grafitis’ que merecen que se les tenga en cuenta. Parece ser un mensaje de protesta incomprensible  -o incluso invisible- para quienes no prestan atención, pero muy probablemente con bastante significado para quienes los hacen.

En varias partes del mundo se presenta una subcultura que se considera arte callejero donde con dibujos o con letras se manifiesta una expresión de rebeldía.

Están por supuesto los letreros con mensaje, herederos de los slogans del “prohibido prohibir” o “seamos realistas: pidamos lo imposible” de la época de las revueltas parisinas, en las que lo que más se despliega es el sentido del humor y de capacidad de síntesis en una especie de calambour.

Otras ya con colores y formas en las que lo que se busca es hacer presencia con características personales. Ésta es la más desarrollada y usa variedad de letras (tipo marshmellow, o cuadrícula, o tercera dimensión, etc.) y en general busca que se identifique un autor con una ‘obra’. Es tan generalizado este género que existen documentales y estudios  sobre cómo se desarrollan en los diferentes países. Por ejemplo en Brasil una de las modalidades que tiene es una especie de competencia por ver quien deja su obra en el sitio más difícil posible –ya sea por lo protegido o por lo inaccesible–.

Pero lo que se ve en Bogotá no parece responder a ninguna de estas tendencias. Dijera uno que son como garabatos chinos sin color ni mensaje, escrito en algo como un lenguaje críptico o simbólico que podría hacer pensar en los tatuajes de las maras centroamericanas. Sería el peor de los escenarios pero no es de descartarlo.

El hecho es que no hay muro, pared, ventana, puerta, donde se pueda estampar uno de esos signos que no se aproveche. No parece dirigido a o distinguir ningún tipo de establecimiento en particular –ni oficial, ni comercial, ni público o privado– y por lo tanto parece ser que es contra todo. Pero es tan indiscriminada y tan grande esa manifestación que lo menos que invita es a estudiar de qué se puede tratar.

La posibilidad de que sea una organización dirigida o coordinada por alguien o por algún grupo parece altamente improbable. La cantidad de gente necesaria para un ‘trabajo’ tan personal y la ascendencia que se requeriría para ordenar tal labor hacen imposible que esto se diera como una actividad clandestina sin divulgación ni promoción conocida.

La alternativa es que sea una manifestación espontánea que como bola de nieve va captando imitadores y multiplica sin motivación diferente que lo que en el caso del Trasmilenio se ha llamado el vandalismo; parece ser un fenómeno que más que calificarlo y perseguirlo sería bueno entenderlo y prevenir sus posibles desarrollos.

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