Colombia desnuda

17 de mayo del 2011

Cuando los escucho no sé si reír o preocuparme. Dudo si están replicando una parodia o han perdido la más elemental lucidez. Incluso me alcanzan a asustar. Y no hablo de desconocidos sino de la élite del poder colombiano, o cholombiano, como diría Don Sotomayor Silva, personaje de una exquisita columna de la inolvidable Silvia Galvis. Viejo sabio aterrado en dicha historia porque “la más selecta delincuencia patria”  está marcada por la CH: Serrucho, chanchullo y chancuco. La misma que marca la aburrida costumbre de parte de la clase dirigente cholombiana: la charlatanería. Y es que no son más que charlatanes los que se despelucan para “poseer” la verdad mientras sufren de una grave y temporal amnesia.

No me enloquecí, ni escribo en vano. De verdad necesito que alguien me explique el alborote de algunos periodistas y políticos para desprestigiar a los verdes y aniquilar sus posibilidades de supervivencia. Los tratan de inmaduros con facilidad. Quisiera que me explicaran (porque parece que se les olvidó) el nivel de madurez de los partidos que avalaron peones del paramilitarismo, recibieron plata de la mafia para llegar a la presidencia,  tratan las entidades territoriales como el patio de la casa, y manejan las instituciones públicas para enriquecer su caudal electoral. Si los verdes están biches, los partidos “maduros” ya están podridos. Si la división entre visionarios y el sector de Peñalosa por el apoyo de Uribe es factor de desaparición política, entonces los partidos “maduros” debieron esfumarse hace años de la democracia colombiana.

Claro, pero los verdes no han sido las únicas víctimas del vaivén de tanta palabrería. También la memoria de algunos colombianos que se deslumbran por el nuevo discurso de quienes hace algunos años, ocupando las más altas dignidades, fueron la antítesis de lo que ahora predican.

Al expresidente Samper,  con sus trinos en defensa de la transparencia y la oposición, se le olvida su ofensiva a Hernando Santos para evitar editoriales que solicitaran su renuncia en medio del escándalo del Proceso 8000. Episodio que confiesa Enrique Santos en el libro de María Isabel Rueda, y que deja mucho que desear sobre el respeto a la libertad de prensa por parte de Samper. No sé si era la costumbre de la época, pero trayendo a Silvia Galvis otra vez, opino, como ella lo afirmaba, que para la labor periodística no hay nada más detestable que la llamada de un Presidente o de cualquier poderoso, para obstruir una nota.  Lo anterior sin contar, según cuenta María Isabel, la disposición del expresidente a callar el noticiero QAP. Definitivamente carece de sensatez  dictar cátedra de moralidad pública, cuando ocupando la mayor posición de poder se actuaba en contra del libre desarrollo de la  verdadera fortaleza de una sociedad democrática: la prensa.

Con los que ridiculizan el Verde, y los reencauchados de la cosa pública, se nutre ese carnaval de la demagogia, al que asisten con frecuencia algunos de los protagonistas de este 2011: los candidatos a alcaldías y gobernaciones. Esos que a pocos meses de las elecciones, se empiezan a ver más en las iglesias, muy devotas, muy atentos al sermón. Los mismos que en época preelectoral, especialmente en las regiones, pretenden alcanzar el poder tocando pasito al establecimiento, recurriendo a una diplomacia bastante politiquera y renunciando a la crítica necesaria para corregir el rumbo de tantas entidades territoriales invadidas por la incompetencia. Esos que comparten tarima pública a quienes critican en privado para lograr “voticos de más”.

Y así de “prohombres notables”, y de supuestos propietarios de la verdad revelada, me llegan comentarios, mensajes, y opiniones, que me divierten mientras me causan gran preocupación. Que me hacen vivir una total confusión, en medio de esta paradoja de nación, en la cual creo profundamente, pero a la cual debemos desvestir. Desvestir para dejar a un lado tanta hipocresía, y acabar tanta complicidad y convivencia, con esos compatriotas que tanto daño le hacen a la patria, con sus palabras decorosas, y sus acciones u omisiones desastrosas.

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