Cómo aburre el Barcelona

10 de febrero del 2011

Mientras Uribe madruga a revirar como los varones, a darle en la cara a quien ose meterse con su magna obra de gobierno; mientras eso y mientras las hilachas de la seguridad democrática se deshacen en el baño de sangre de Córdoba por la nueva arrogancia armada, mientras todo eso, la bola va rodando.

Y el Barcelona sigue ganando. Todos los récords caen batidos por esta tejedora fantástica y los cronistas deportivos, tan rococós, agotan adjetivos para referirse al equipo que han llegado a describir, con una precipitud adolescente, que es el mejor de todas las épocas del fútbol, incluido aquel Brasil de 1970 que en el mundial de México de 1970 destelló y encandiló por siempre.

Que le mermen al entusiasmo. Es cierto que a su juego sin duda brillante, el Barcelona le ha sumado varios golpes de opinión que lo han encaramado hoy a la cumbre más alta no solo como equipo de fútbol sino como empresa comercial. Como grupo deportivo, ha sido socorrido por el azar de haber estado en el cruce de caminos de Andrés Iniesta, de Lionel Messi y de Xavi Hernández. Ni el más utopista de los directores técnicos habría soñado poder reunir en un mismo equipo y en un mismo instante a tres talentos tan desaforados y tan generosos que juegan por jugar y quienes cada partido lo enfrentan con la irresponsable alegría con que se enfrentaban los partidos en los recreos del colegio.

Aunque esta trilogía ha tendido unos vasos comunicantes que los hacen dependientes, cada uno posee virtudes distintas. Messi, el más deslumbrante para la tribuna, el más promocionado de todos, argentino al fin y al cabo, es un duende esquivo muy difícil de marcar porque es casi imposible de ubicar en el campo. Xavi, un trabajador sin desmayos, clave en el equilibrio entre el ataque y la defensa; e Iniesta, el más colectivo de todos, para mí el más completo, el mejor.

Todo eso es así y todo eso –que son aplausos reiterados y exultantes cada vez que el Barcelona juega en estos tiempos– tiene, desde luego, un respaldo defensivo de estupendo nivel con Carles Puyol, con Daniel Alves y con Gerard Piqué, cuyo romance con Shakira ha servido sin duda para aquellos golpes de opinión que han hecho de este equipo una empresa sobre la que caen reflectores no solo futbolísticos. Caen reflectores, por ejemplo y también, sobre Pep Guardiola, el director técnico que usa barba de dos días y trajes a la medida; y es esbelto y es varonil sin proximidades con el macho.

No obstante todo eso y dentro de todo eso las goleadas pronosticables, los finos tejidos que llegan al gol, los oleé que arrancan desde temprano, y los récord que rompe y los campeonatos que gana, a mi no me gusta el Barcelona. Y no porque mis predilecciones estén por el Real Madrid, que las están, sino porque el juego al punto perfecto de los catalanes, mecánico ya casi, se ha tornado aburrido por previsible. Ya se juega a adivinar por cuántos goles ganará el Barcelona y los adversarios se sienten felices cuando el marcador no sube de los tres goles en contra.

Nadie duda –ni yo estoy dudando—de las virtudes de este equipazo. Pero es que, además, los otros equipos ayudan con su impasibilidad. Hay que verlos: algunos se detienen a ver el concierto Iniesta-Messi-Xavi-Villa. Les falta aplaudir. Así pasó hace poco con el Atlético de Madrid cuyo estratega fue tan resignado desde el comienzo que decidió no poner como titular a Diego Forlán para evitar una goleada que de todas maneras se llevó.

Va a ser difícil que el Barcelona encuentre freno a su desenfreno en estos tiempos. Ni en el campeonato de campeones de Europa en donde su próximo rival, el miércoles, será el Arsenal. Y va a ser más difícil aún si los rivales se resignan ante su derroche de lucidez. Pero llegará el momento en el que los otros equipos no se dejen vencer por el pánico escénico. Llegará.

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