Aicardo Rodado camina hacia el oriente por la calle 94 desde la Autopista Norte. Siguiendo las sugerencias de su mujer, va en busca de una oportunidad de empleo que vio en algún periódico. La cantidad de gente transitando por la calle a esa hora del día es asombrosa, ¿a dónde va toda esta gente? ¿Por qué no está en sus lugares de trabajo o estudio? ¿Será que todos están desempleados y van o vienen de responder al mismo aviso? Bogotá, y en realidad todos los centros urbanos en Colombia se hacen cada día más sobrepoblados y densos.
Pero eso no es nuevo, los colombianos en general tenemos una forma de pensar que sigue patrones de tugurio superpoblado y abarrotado. Hasta los constructores más elegantes levantan edificios que cubren hasta el último centímetro de tierra disponible, sin dejar ni un miserable milímetro de espacio libre. Utilizan hasta el extremo máximo de sus propiedades para colocar ladrillos y cemento tratando de obtener hasta el último centavo de utilidad sin considerar el bienestar y calidad de vida de los habitantes del sector o de la urbe, y sin tener en cuenta que su propia calidad de vida como habitante de Bogotá va a desmejorar con la falta de espacio.
Barrios donde una casa de dos pisos se vuelve una mole de cemento de muchos pisos, con locales y parqueaderos incluidos. Edificios que tapan las montañas de vista y no dejan que entre el sol a las calles y demás construcciones y lugares del rededor.
Así somos, nos gustan los tugurios abarrotados, atiborrados y asfixiantes. Esta forma de ser se nota hasta en el tipo de mujeres que pasan al lado de Aicardo y que el observa a la vez con admiración y con un sentimiento de pena ajena, mujeres apretadas, con las carnes desbordándose por los bordes de la ropa que parece a punto de estallar de exuberancia y vergüenza. Tenemos que exhibir de manera apretada y escandalosa nuestra superficie, para que no se noten los detalles ni lo que somos por dentro, lo que se ve a la carrera y sin poderse analizar es bueno si es voluptuoso y grosero.
Aicardo entra a tomarse un tinto en una cafetería a la cual le cabrían tres mesas relativamente cómodas para los visitantes, pero que tiene seis pegadas una contra otra sin dejar espacio para que las personas puedan caminar con comodidad o tener un momento de descanso y conversación tranquila. Así somos, nos gusta entrar a restaurantes donde la gente tiene que comer prácticamente en la misma mesa, apenas separados por unos centímetros. Nos encanta ir a bares donde la gente tenga que bailar pegados los unos a los otros, sin casi poder respirar por la cercanía y vapores ajenos, para no tener que vernos los defectos individuales, donde nadie nos note o pueda si quiera ser un poco independiente e individual.
Aicardo llega a una fila frente a una oficina, se para al final sin acercarse demasiado a la persona parada al frente, tratando de dejar unos centímetros entre los dos para que la otra persona pueda respirar y sentirse menos agobiada, pero no pasan cinco segundos cuando otro desempleado optimista se coloca detrás de él, casi tocándolo, presionándolo a moverse más cerca del individuo adelante y acosándolo a que empuje un poco la fila.
—Disculpe, ¿podría dar un paso hacia atrás para no quedar tan apretados? —Le pregunta al que acaba de llegar.
—¿Qué? ¿Es que el doctor no puede estar cerca de la gente porque se ensucia?
—No, solo quiero un poco de espacio para estar más cómodo.
—No pues, el no viene como todos a buscar trabajo, lo que quiere es comodidad como los ricos.
Desafiante el hombre se le acerca aún más. La presión se le hace intolerable a Aicardo y la rabia empieza a invadirlo, lo mejor que puede hacer en este momento para evitar una pelea desagradable e inútil, es abandonar su puesto en la fila. Se marcha, seguido por la mirada de reproche y triunfo del burdo ser humano que lo seguía en la fila.
Se puede decir que es la pobreza lo que nos lleva a construir y vivir apretados y aglomerados. Y es verdad, pero no es la pobreza económica, sino la pobreza de espíritu, la estrechez de mente y la falta de visión e imaginación tanto de los constructores, como de los dueños de lo privado y administradores y usuarios de lo público.
Nos gusta y buscamos lo chiquito, apretadito, oscurito y pobre, ya sea por temor a vernos, por traumas y complejos de inferioridad e inseguridad, o por egoísmo y miedo a dejar que otros disfruten algo que me pertenece y que por ser mío no estoy dispuesto a compartir, no vaya a ser que a alguno se le ocurra quitármelo o invadirlo. Asunto que es enteramente factible en nuestra ciudad sin personas que crean en el respeto y cuidado del bien común, como una forma de llegar al bienestar personal.
Crónica de un tipo cualquiera (8) - Espacio vital
Jue, 14/06/2012 - 01:01
Aicardo Rodado camina hacia el oriente por la calle 94 desde la Autopista Norte. Siguiendo las sugerencias de su mujer, va en busca de una oportunidad de empleo que vio en algún periódico. La cantid
