A propósito del documental en cartelera por estos días, Pina del director Wim Wenders, es sin duda un tributo a la grandeza de la gran bailarina y coreógrafa alemana de Wüppertal, con la espectacularidad innovadora que le permitió el formato 3D.
En suma, una experiencia muy vivencial no solo en el encuentro directo con el espíritu de la gran bailarina y coreógrafa, “por sus obras los conoceréis”, como pareciera decir Wenders, quien no se adentra en mostrar la vida cotidiana de la Bausch y sí sus más representativas creaciones a través de las cuales transmite el gran amor, la admiración total de su cuerpo de danza hacia ella y de ella hacia ellos. Una relación que se puede inferir, totalmente simbiótica, intensa, casi sin palabras de por medio, como ellos, uno a uno lo manifiestan.
Wenders nos acerca a Pina en el transcurso del recorrido artístico, a la vez, profundamente humano: cómo bailaba, creaba, dirigía, entregándose en cada coreografía, y como se adentraba en el alma de cada uno de sus bailarines para expresar los sentimientos humanos más intensos y profundos del amor, el dolor, la belleza, la fuerza, cómo insiste en el respeto por sí mismos y por el arte de la danza.
Pina de Wenders, me mostró la genialidad y obsesiva entrega de Pina Bausch a su lenguaje artístico y creatividad sin límites expresados a través de la danza-teatro para el cual vivió, desde el cual creó y construyó su legado.
Al salir, inevitablemente recordé a Isadora Duncan, sencillamente porque ella se atrevió también —en su tiempo—, a concebir la danza libremente, separada de los cánones del ballet clásico, especialmente de los dictados de la escuela rusa, e inspirada en los modelos de esa libertad de expresión que encontró en su recorrido por el mundo de los griegos y que igualmente volcó con pasión en su danza y sus coreografías.
Isadora Duncan Pina Baush
Pina Bausch: “Danzad, danzad o estaréis perdidos...”
Pina de Wim Wenders
Recomendado
Para quienes aman la Danza y no les fue posible asistir a la presentación de Pina Bausch en Bogotá, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, 1983, con un programa que contenía precisamente dos de sus emblemáticas coreografías como muestra el documental de Wenders, Café Müller y La Consagración de la Primavera, va esta sugerencia: ¡No perdérselo!
