Dios no tiene oídos

19 de marzo del 2011

En el panteón griego los dioses atendían a sus mortales devotos y sus peticiones eran escuchadas y hasta veces complacidas de manera compartida: Zeus descendía del Olimpo y atraía a Leda en forma de Cisne, a Europa en forma de Toro y a Ganimedes como Águila.  De tal manera que siempre había una forma de concubinato celestial entre los dioses y sus mortales adoradores.

En el principio, Homero en la Ilíada nos entretiene con dioses crueles y perversos que toman a los hombres a merced de sus caprichos y entretejen la guerra de Troya: ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? Luego en la Odisea son los hombres los que se burlan de los dioses. “¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde.” Ulises en la Odisea manifiesta la picardía que nos hace tan humanos y se burla de los dioses para llegar a su Ítaca añorada después de la guerra de Troya. De nada valieron los conjuros y estratagemas urdidos; su inteligencia y sagacidad fueron superiores a los poderes abusivos de sus dioses caprichosos. Igual él era un hombre de espíritu burlón y debía llegar hasta donde Penélope y Telémaco: «Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, contente, abandona la lucha igual para todos, no sea que Zeus se irrite contigo.» Ulises nunca hizo caso.

Desde que esos dioses complacientes, fornicadores y mamadores de gallo fueron desterrados de nuestra devoción y de nuestra herencia universal y a cambio nos impusieron unos más serenos, asexuados y permisivos, las cosas cambiaron. Tengo a una amiga querida que se ha desgastado toda su vida de solterona implorando a su Dios por un marido perfecto (ahí está el problema, pide lo imposible y su Dios es mamador de gallo y yo le digo: amiga, su Dios no tiene oídos).

Las diferencias espaciales entre el Olimpo griego y el cielo monoteísta de los hebreos, vaya que paradoja, traducido por los griegos, son tan amplias como su distancia en años luz como dirían los astrofísicos del universo. Si bien en ambos hay intermediarios terrenales bastante dudosos, la tramitomanía para llegar a ambos es diferente. Un destino fatal digno de Edipo Rey nos espera con los griegos y un final de resurrección (casi nirvánico) con los cristianos. Igual, ambas herencias no veo yo la forma de tener que ser excluyentes: ¿por qué no invocar a los unos y a los otros? ¿Por qué no recurrir en distintas situaciones al que mejor nos convenga? En este caso,  que bien nos convendría Poseidón para reclamarle lo del terremoto y tsunami en el Japón. Un panteón como de supermercado y otro de tienda de barrio: para peticiones al por mayor los primeros y para las urgencias de la noche y del rato día los últimos.

Será que el dios de la guerra, Ares para los griegos o Marte para los romanos,  se ha ensañado para con esta tierra de impuros y no dan tregua por las muchas picardías humanas que nos pintan los seudo dioses mitificados por la política –la nueva religión- o será que las maldiciones que llegaron de la Iberia antigua o de la indomable africanía con sus expatriados ancestros (¿me oyes Changó?) se mezclaron  con el pánico amerindio y encendieron la flama de la cobardía para siempre. Los dioses jugando con los dados de nuestra existencia y apostando por un brote de locura humana que los relegue a cualquier sepulcro en el olvido.

Un profesor a quien admiro mucho me hace caer en cuenta que gracias a esos dioses –de cualquier pelaje- es como hemos podido sobrevivir en medio de tanta impotencia y de tanto abandono. Ellos no necesitan programas de gobierno para cautivar a sus devotos, tampoco falsas promesas por cumplir,  como tampoco abusar de sus buenas relaciones para inmortalizar a su familia en el poder. No, ellos prefieren hacerse los sordos y que sus rogadores inmortales jamás se enteren que su autismo decimonónico es la mejor manera de justificarse ante esta horda de hombres de mucha fe y poca convicción.

¿Llegará el día en que podremos inventar dioses a la medida de nuestras necesidades o debemos conformarnos con estos dioses traídos de otra parte? Una especie de clonación con genes de desconfianza y un tris de picardía, para que regresen esos dragones del pasado y nos alienten con su fuego perpetuo. Requerimos dioses más contemporáneos, virtualmente compatibles con los “twitter e in box de las nuevas red–ligiones sociales” y que se queden con nosotros para siempre. Dioses que tengan oídos para escuchar las súplicas puritanas de mi amiga solterona, de mi lotero mala suerte, de mi otra amiga a punto de jubilarse y que no le alcanza el sueldo de empleada pública, de mi tía solterona en su patio casi extinguido, de mi amigo periodista que quiere ser concejal  y de mi amigo político que nunca ha ganado una. Así si estaría contento yo con esos dioses certificados en calidad y que atienden las rogativas de sus clientes con los mejores estándares del servicio. Dioses que nos hagan olvidar los sufrimientos y a cambio planten juegos y divertimentos para hacer de estos escasos tiempos una eternidad en la lúdica y el gozo. Más dioses que atiendan ruegos y menos aplazamientos de paraísos en otras esquinas. Solo eso pido. Amén.

Coda: Constantine Cavafis (1863-1933) nos recuerda sus consejos a Ulises (Odiseo)  en su regreso a Ítaca que “Los lestrigones y los cíclopes/ y el feroz Poseidón no podrán encontrarte/ si tú no los llevas ya dentro, en tu alma, / si tu alma no los conjura ante ti.”

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