Un fantasma recorre la campaña política por la Alcaldía de Bogotá: el de la guerra “negra”. O “sucia”. Se atribuye dicho calificativo al uso reiterado y sistemático de la mentira, la calumnia, o las verdades a medias, para descalificar al adversario político. Detestable uso etnofóbico del lenguaje. Como si por oposición, la guerra “blanca” o “limpia” fuera la deseable. Guerra es guerra y a cambio sería mejor la controversia argumentada que eduque al ciudadano y le dé elementos de juicio racionales para definir sus preferencias electorales.
Gustavo Petro es quien más se ha quejado de la guerra “sucia” en su contra. Y tiene razón. Descalificarlo por haber participado en la insubordinación armada que varias generaciones de colombianos protagonizaron contra el antidemocrático y excluyente pacto del Frente Nacional, sería tanto como invalidar la paz que transformó a buena parte de las guerrillas en actores políticos vitales de la sociedad colombiana. O invalidar la Constitución, nuestra Constitución que bebió de esa paz. O tirar la llave de la reconciliación a la profundidad del océano de nuestros odios ancestrales y de nuestras atávicas intolerancias políticas.
Como también es inaceptable la guerra de rumores contra Enrique Peñalosa. Él en cambio ha preferido no victimizarse. Ni ahora ni antes ha demandado al Consejo Electoral que lo proteja. Porque si algún candidato ha sido víctima de una guerra de rumores ese ha sido Peñalosa. Rumores que parecen chistes. Los caricaturistas más agudos asocian su figura con los bolardos. Como si fuera un genial invento del exalcalde. Como si todas las ciudades del mundo no usaran estos obstáculos para garantizar el derecho de los peatones al uso del espacio público. Lo que sí es un calumnioso invento es decir que su familia tuvo una fábrica de bolardos para convertir la decisión pública de recuperar los andenes invadidos por automóviles en un negocio de los peñalosas.
En esta campaña me he encontrado gente que repite calumnias contra el candidato verde. Que va a acabar con los taxis porque tiene una flota de su propiedad lista para sustituirlos. Que es dueño de Transmilenio como si esta no fuera una entidad pública. Acabo de enterarme que una alta exfuncionaria del gobierno de Samuel Moreno y desde hace tres meses furibunda militante progresista, asusta a líderes comunales de la ciudad afirmando sin rubor que Peñalosa cerrará los comedores comunitarios impulsados por Lucho Garzón, presidente del Partido Verde de Enrique. Lo que es más chistoso, afirma que Peñalosa si es Alcalde, acabará con las Juntas de Acción Comunal. ¡Háganme el favor!.
Me dirán que en una contienda política electoral estos rumores y percepciones son inevitables. Que poco importan los medios para alcanzar el triunfo. Que un indicio es suficiente como argumento político. O que la descalificación hace parte del arsenal de los políticos y las campañas. Es maniqueísta quien establece como perverso y malévolo los ataques que recibe, y como legítimo y verdadero los ataques al adversario. Peor, es inocultablemente cavernario. O retrógrado. Y contrario a las ideas progresista.
