Para nadie es un secreto que existe una relación entre dos mundos paralelos que consiste básicamente en que el de las imágenes que se proyectan en los medios trata de que lo que se presenta como información incida y se vuelva una realidad acorde con los intereses que cada uno defiende.
Esto era más evidente cuando solo existían los periódicos afiliados a los partidos políticos y lo que llegaba al lector eran los puntos de vista respectivos; ejemplo es que si se toman los informes de épocas electorales, tanto antes de los comicios como después con los resultados, pareciera que solo hay ganadores y nunca perdedores.
Ese ha sido tema reciente por la compra de El Tiempo por parte de Luis Carlos Sarmiento.
Pero esa característica puede haber disminuido en cuanto al uso de ese poder para beneficios personales o aún partidistas; hoy el público ya no ‘traga entero’ y es difícil que no se note cuando se está tratando de manipular algún dato para influenciar al ciudadano hacia algo que no coincida con su realidad o con su interés verdadero.
Donde aún subsiste en forma destacada esta ‘función’ de las diferentes formas de prensa, es en la relación entre el gobernante y los gobernados. En forma permanente las autoridades están enviando mensajes contrarios a la realidad pero que pueden acabar incidiendo en ella o por lo menos en la forma de actuar de la ciudadanía que actúa creyendo en ella. Por supuesto lo que se intenta es vender la idea que lo que hace el gobierno es lo mejor y sobre todo que está produciendo los mejores resultados. A su turno los opositores y los críticos destacan los problemas y muestran un mundo diferente.
Podría hablarse de una confrontación mediática para ver quien convence más al público y a quien se le cree más.
Lo estamos viviendo en este momento respecto al manejo e implementación del modelo económico en Colombia. El mejor ejemplo por lo ilustrativo pero también por el peso que tiene es la situación petrolera.
El Gobierno proclama el ‘pacto del millón’ para decir que nos dedicaremos a producir un millón de barriles diarios y que con eso atenderemos las necesidades sociales de las regiones. Sostiene además que con eso nos convertimos en país petrolero e incluso que podríamos llegar a formar parte de la Opep. La contraparte lo que ve y lo que divulga es que esto no es así pues somos un caso muy diferente a Venezuela que tiene cien veces más reservas o los países árabes que las poseen en billones; que lo nuestro no nos alcanzaría ni para diez años de depender de esto; que lo que vendría después sería una especie de abismo económico; que de ese petróleo el Estado apenas se queda con la mitad porque el resto es de las compañías extranjeras y de los particulares socios de Ecopetrol; y que esa ‘mermelada’ no da para esa tostada.
La política de confianza inversionista tiene entonces esas dos facetas, la que muestra el gobierno de cómo llegan los recursos extranjeros y cómo de ello depende la actual ‘bonanza’ que nos diferencia de la crisis que afecta al mundo; y la que no le ve porvenir y cuestiona las gabelas que se dan al capital al extranjero y la tolerancia ante los abusos de los Pacific o de los Petrominerales y otros que además de extraer nuestra riqueza abusan de nuestra población. En los medios aparecen tanto las noticias del maltrato a los trabajadores en el Llano como la publicidad en que con la mano en el corazón algunos de ellos afirman su amor por la compañía. También –aunque con mucho menos despliegue– la confrontación que pueden tener por la liquidación de regalías.
Pero las referencias a la dualidad de la confrontación real y lo que muestran los medios se aplican a un campo que puede ser mucho más grave, como sucede en el tema del conflicto armado.
Existe un enfrentamiento militar en el que cada una de las partes trata de golpear al contrincante. La guerrilla ataca guarniciones y da golpes a las fuerzas armadas produciendo muertos y lisiados porque lo consideran el desarrollo normal de la guerra –lo que del otro lado califican de terrorismo-; y las fuerzas oficiales bombardean con aviones los reductos que encuentran donde estén reunidos o escondidos cualquier número de insurgentes.
Paro al lado de estas ‘batallas’ también se desarrolla la guerra mediática: para el Gobierno estamos avanzando hacia la victoria final y se destaca que se han creado no sé cuantos batallones de ‘alta montaña’ que se internarán en las ‘madrigueras’ donde aún es fuerte el enemigo; pero en los mismos medios los críticos supuestamente defensores de la ‘seguridad democrática’ y simpatizantes del uribismo señalan que lo que hay es un retroceso porque se siente menos seguridad, y que no es solo cuestión de percepción sino que el nuevo gobierno es timorato y contemporizador y está dejando revivir la ‘víbora’.
La razón por la cual esto es más grave no es solo que a diferencia de una confrontación sobre economía o sobre política en los medios de comunicación, en este tema la guerra es concreta con víctimas, muertos, heridos y lisiados de ambos lados (todos colombianos); ni tampoco que las dos partes enfrentadas no buscan salidas alternas sino insisten en las mismas actitudes; lo que más duele y más pesimismo genera es que la posición de los dos sectores que tienen el poder en los medios de información para orientar a la población, coinciden en el deseo de más guerra, de continuar y reforzar las mismas políticas, siendo la divergencia únicamente sobre el cómo hacerlo.
