Hace pocos días recibí un e-mail sobre las esculturas del artista hiperrealista australiano Ron Mueck, que he visto expuesto en varias exposiciones en el mundo. La primera vez lo encontré en la colección permanente del Museo Hirshorn en Washington, después en la galería de arte de Londres y, como consagración, en una bienal de Venecia de 1999.
Es un raro artista australiano que nació en 1958 y que ahora, bajo los mandatos de la madre patria, reside en Londres. Su trabajo tiene ese increíble empeño por desentrañar verdades; conocer y mostrar las situaciones de la condición humana desposeída de sentido y verse desde los sentimientos desalmados del hombre en este mundo. La desnudez nos hace vulnerables y por eso, realiza esculturas con seres que, sin las proporciones humanas, son humanos de enormes o delicadas y pequeñas figuras que nos muestran desde la tristeza dormida hasta la desolada indefensión humana.


Sin duda, es y será uno de los artistas de este estos siglos con tiempos intermedios. Así como existen artistas que elaboran el fenómeno de la disolución virtual y el mundo condicionado por lo intangible del espacio, hay otros que nos magnifican la presencia de la vida mientras elaboran, casi fotográficamente, la condición humana. El detalle de cualquier vericueto del cuerpo y de su piel condicionada corresponde a un momento de la vida vivida.
Mueck nos muestra esculturas que remedan desde pliegues de la piel hasta rasgos de los profundos sentimientos y, donde la vida queda suspendida y amarrada a la perfección de una anatomía hiperrealista. Puede llegar a ser el abandono de un rostro, al dramatismo del hombre que se enfrenta al mundo sin el disfraz de la investidura y con cara de la muerte de una anciana.
Con cada obra muestra las reales condiciones con sus aleatorias confusiones mentales, que recorren el mundo sicológico de las sensaciones adversas. Desde el nacimiento hasta la muerte, desde la vejez hasta la juventud, desde el abismo de los años hasta la ambigüedad que existe en cualquier circunstancia.
Sus esculturas de desnudos son realmente impactantes porque con su rigor atávico sobre lo real -sin proporciones-, nos muestra la adversidad del cuerpo a la deriva del mundo sicológicos. Realmente es una experiencia única enfrentarse al cuerpo humano con todas sus situaciones. Conmueve en su desnudez inocente, las adversas desproporciones del despojo de lo cotidiano. La primera desnudez nos muestra la aventura del ser humano sin atuendos. No existe una bella figura a la deriva de la estética del arte solo nos devela la inquietud de la soledad indisoluble, la indefensión de hombre ante el mundo, la crueldad de lo cotidiano ante la ambivalencia de unos principios donde el retrato del ser humano va siempre cargado de circunstancias adversas a la ingenuidad cruel la realidad de sentimientos con sus mentiras aledañas.

Sin duda, Ron Mueck es un gran artista que nos deja a la deriva de nosotros mismos. Las diversas circunstancias del ser desprovisto de argumentos para pensar en los otros retratos de la historia del arte, donde el hombre guarda la confianza de la dignidad humana.
Su temática tiene exponentes como el inglés Francis Bacon o Lucian Freud o, como los últimos trabajos de Fernando Botero. Ellos nos descubren el mundo cruel, nos muestran el desamparo de la situación humana a la deriva de los otros seres del mundo donde cada cual se defiende de la vida misma.
Sin duda las esculturas hiperrealistas de Ron Mueck, son esculturas de relatos sicológicos. Son seres que muestran la inevitable soledad del ser, la indefensión ante la estructura mental del hombre, la inhóspita ambigüedad de los principios ante la realidad de las situaciones, la pobreza de los sentimientos ante la gravedad de los actos cívicos.
