Enrique tienes diez minutos…repito, diez minutos

Vie, 20/04/2012 - 01:46
El espresso se estaba enfriando. Sentado un domingo en un café de Ámsterdam escogido al azar, miraba pasar la vida. Una pareja joven caminaba con sus dos hijos: el peq

El espresso se estaba enfriando. Sentado un domingo en un café de Ámsterdam escogido al azar, miraba pasar la vida. Una pareja joven caminaba con sus dos hijos: el pequeño de unos siete años, inquieto y corriendo delante de los papás,  saltaba  como una liebre entre la gente.  Escena amable que los viandantes —expresión horrible aceptada por la RAE— parecían gozar o no importarles, cuando me di cuenta que estaba en el barrio rojo de Ámsterdam.  O sea, en buen romance,  el barrio de las putas.

Pero  lo extraño es que no podía identificar algo sórdido, empujado de lujuria, vicio o sexo.  Más bien sitios tranquilos, con almacenes, galerías de modistos jóvenes, tiendas de comestibles, librerías  y, lógico, las “vitrinas”.  La mayoría caminaba o se movilizaba en bici, sin percatarse mayormente de las “haditas en las vitrinas”, salvo los turistas curiosos con miradas perspicaces.

Hace un tiempo leí en un importante medio de comunicación español, que alguien relacionado con la alcaldía de Barcelona, iba a acabar con la prostitución.  Pero al leer la noticia me sumergí en el artículo pensando en todos los arrestos que habría.  Vi la oportunidad de recibir respuestas a mis interrogantes. Me imaginé redadas contra: esposos infieles; maridos que posan de ángeles y luego de un almuerzo horizontal se van para la casa a repartirle moral a su mujer; los que  no pierden la cita de las once de la mañana los martes para llegar a casa frescos, relajados y “sin mancha”; borrachitos que después de pasar una velada echando contra el clero deciden ir a demostrar su independencia para pecar en forma, como lo manda la Santa Madre Iglesia cuando es la hora de ganarse el infierno;  solitarios a quienes les queda más fácil pagar que conquistar;  el ejecutivo de viaje que llega cansado al hotel, después de haber oído durante diez horas seguidas al jefe que lo acompaña, y concluye que la mujer que está al otro lado del bar  haciéndole ojitos se ha enamorado de él a primera vista y desea la intimidad para entregarle su corazón “a este alto y ojiazul”, quien luego se sorprende que su dulcinea le pida 400 dólares para pagar el taxi de de vuelta. Hombre, el transporte.

Gente “célebre” como el ex del Fondo Monetario Internacional a quien una de sus “amadas” lo describió como “mico en celo”, para deshonra de los micos. En una declaración de enmarcar, este mismo señor, cuando le preguntaron si había estado en una fiesta organizada por un amigo que manejaba una red de prostitución, dijo: “¿Y como iba a saber que eran prostitutas, si todas estaban desnudas?”.  Obvio y los de los servicios secretos, sobra decir.

En fin, esta variopinta multitud hace parte de quienes solicitan los servicios de las haditas de la noche y por lo que la profesión existe.

En fin, todo eso pensé, pero no. Mi sorpresa fue que el funcionario de Barcelona  ya tenía el  proyecto para sacar corriendo a las prostitutas de cierto sitio y así “limpiar” la ciudad. ¡Háganme el favor, hasta donde puede llegar el populismo!, de verdad que no tiene límites.

En Holanda, un país al que le tengo gran admiración y donde  vivo hace muchos años, este tipo de temas  los manejan cogiendo el toro por lo cachos. Nada de aguas tibias. Vayamos al grano: aquí la prostitución es legal. La trabajadora sexual ejerce un oficio respetado como tal. Tiene derecho a la seguridad social como todo holandés y a los beneficios que el Estado ofrece en salud, etc. Lógico, tienen que pagar impuestos; además existen instituciones para ayudarlas a cambiar de profesión, para ayuda psicológica —algo que también los banqueros necesitan—, en resumen estamos hablando que la Ley está amparando a los suyos sin ambages ni hipocresías.  No se trata de ciudadanos de segunda clase. Aquí nadie está sosteniendo que la profesión es para “Querida hija, después de todos estos años de trabajo me encanta que hayas escogido la profesión de trabajadora sexual”.  No, pero existe y el tema tiene que respetarse y darle una cabida en la sociedad.

Mi señora llegó donde yo estaba y escuchó mis comentarios.

—Tengo una idea investigadora —dije sin mayor fuerza.

—Mira, voy hasta la esquina  y en la vitrina roja que ves allá, a 30 metros, puedo preguntarle a la “hadita”  cuanto cobra. Es sólo material para el artículo, mi alma de reportero está brincándome.

—Muy bien  Enrique  —me dijo mirándome con ojos glaciales, —tú eres madurito y verás lo  que haces.  De mi parte, si en los próximos diez minutos no estas aquí de nuevo puedes empezar a incluir en tu vocabulario cotidiano la palabra divorcio. Sí, divorcio.

Salí con aire muy profesional.  Organicé una serie de preguntas en mi mente: ¿cuánto me cuesta esto, que más ofrece?, etc.

Me acerqué a la “hadita” que estaba en la vitrina en proceso de pintarse las uñas.

— ¿Sorry how much?

—Depende de lo que quiera —me lo dijo en perfecto español.

Y así recibí información con el menú del caso. Me despedí como alguien que iba a seguir mirando.

—Bueno, le dije a mi mujer, diez minutos.

— Y 45 segundos.—Bueno, oye.  Hablé con ella.  El precio varía pues hay diferencias: el griego, latino a caballo, el universal.  Es de familia italiana y ha incluido en el menú: tropo vigoroso, lento appassionato

—¡Por favor, Enrique!

Economista, reside en Holanda. 

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